Tu cuenta

Iniciar sesión Registro

Login

Usuario
Password *
Recordarme

Crear una cuenta

Los campos marcados con un asterisco (*) son obligatorios.
Nombre
Usuario
Password *
Verificar password *
Email *
Verificar email *
Captcha *
Reload Captcha

Buscar

Redes y RSS

Facebook Twitter

 RSS

Suscripción e-mail

Recibe el Boletín Diario del Portal

E-mail:

Traducir

Política de cookies

Esta web utiliza cookies propias y de terceros para mejorar la navegación de sus usuarios y obtener información estadística. Saber más

Acepto

[Libro] Nacionalismo y cultura - Rudolf Rocker

Prólogo

Esta obra fue escrita originariamente para un núcleo de lectores alemanes. Tenía que haber aparecido en Berlín en el otoño de 1933, pero la espantosa catástrofe que sobrevino en Alemania —y que actualmente amenaza convertirse cada día en una catástrofe mundial—[1] puso allí punto final repentino a toda discusión libre de los problemas sociales. Que una obra como ésta no podria aparecer en aquel momento en Alemania es comprensible para cualquiera que conozca, aun cuando sólo sea superficialmente, las condiciones políticas y sociales del llamado Tercer Reich; pues la orientación mental que expresan estas páginas está en la más aguda oposición con todos los postulados teóricos en que se basa la idea del Estado totalitario.

Por otro lado, los acontecimientos ocurridos en los últimos cuatro años en mi país nativo han dado al mundo una lección que no puede ser fácilmente mal interpretada, confirmando hasta en los más minimos detalles todo lo que se ha dicho previamente en este libro. El propósito insano de poner toda expresión de la vida intelectual y social de un pueblo a tono con el ritmo de una máquina polltica, y de ajustar todo pensamiento y toda acción humana al lecho de Procusto de un cartabón prescrito por el Estado, tenia que conducir, inevitablemente, al colapso interno de toda cultura intelectual, pues ésta es inimaginable sin la completa libertad de expresión.

La degradación de la literatura en la Alemana hitleriana, la cimentación de la ciencia sobre un absurdo fatalismo racial, que cree posible reemplazar todos los principios éticos por conceptos etnológicos; la ruina del teatro, la mistificación de la opinión pública; el amordazamiento de la prensa y de cualquier otro órgano de la manifestación libre de la voluntad y del sentimiento del pueblo; la coacción de la administración pública de la justicia por un fanatismo brutal de partido; el sojuzgamiento despiadado de todo movimiento obrero; la medieval caza al judio; la intromisión del Estado hasta en las más intimas relaciones de los sexos; la abolición total de la libertad de conciencia en lo religioso y en lo político; la indescriptible crueldad de los campos de concentración; los asesinatos políticos por razón de Estado; la expulsión de su tierra natal de los más valiosos elementos intelectuales; el envenenamiento espiritual de la juventud por una propaganda estatal de odio e intolerancia; la constante apelación a los más bajos instintos de las masas por una demagogia inescrupulosa, según la cual el fin justifica todos los medios; la constante amenaza para la paz del mundo por medio de un sistema militar y de una política intrínsecamente hipócrita, calculada para la decepción de amigos y enemigos, que no respeta ni los principios de la justicia ni los convenios firmados, tales son los resultados inevitables de un sistema en que el Estado lo es todo y el hombre nada.

Pero no nos engañemos; esta última reacción, que está ganando terreno constantemente en las condiciones económicas y políticas existentes, no es uno pe aquellos fenómenos periódicos que ocurren ocasionalmente en la historia de cada país. No es una reacción dirigida simplemente contra fracciones descontentas de la población o contra ciertos movimientos sociales y corrientes de pensamiento disidentes. Es una reacción como principio, una reacción contra la cultura en general, una reacción contra todas las realizaciones intelectuales y sociales de las dos últimas centurias, reacción que amenaza estrangular toda libertad de pensamiento, y para cuyoa dirigentes la fuerza brutal se ha convertido en la medida de todo. Es el retroceso a un nuevo período de barbarie, al cual son ajenos todos los postulados de una más alta cultura social, y cuyos representantes rinden pleitesia a la creencia fanática de que todos los propósitos y decisiones en la vida nacional y en la internacional han de ser alcanzados sólo por medio de la espada.

Un nacionalismo absurdo, que ignora fundamentalmente todos los lazos naturales del ambiente cultural común, se ha desarrollado hada convertirse en la religión política de la última forma de tiranía con el ropaje del Estado totalitario. Valoriza la personalidad humana sólo en tanto que puede ser útil al aparato del poder político. La consecuencia de esta idea insensata es la mecanización de la vida social en general. El individuo se convierte simplemente en un tornillo o en una rueda de la máquina estatal niveladora, que ha llegado a ser un fin en sí y cuyos directores no toleran el derecho privado ni opinión alguna que no esté de acuerdo incondicional con los principios del Estado. El concepto de herejia, derivado de los períodos más tenebrosos de la historia humana, es actualmente llevado al reino político y encuentra su expresión en la persecución fanática contra todos aquellos que no pueden entregarse incondicionalmente a la nueva religión política, y contra todos los que no han perdido el respeto a la dignidad humana y a la libertad de pensamiento y de acción.

Es error y engaño funestos creer que semejantes fenómenos sólo pueden manifestarse en determinados países, que se adaptan a ellos por las características nacionales peculiares de su población. Esta creencia supersticiosa en las cualidades intelectuales y espirituales colectivas de pueblos, razas y clases, nos ha producido ya muchos daños y fue un pesado obstáculo para un conocimiento mds profundo del desarrollo de los fenómenos y acontecimientos sociales. Donde existe un estrecho parentesco entre los diferentes grupos humanos correspondientes al mismo circulo de cultura, las ideas y los movimientos no están reducidos, naturalmente, a los limites políticos de los Estados diversos, sino que surgen y se imponen donde quiera que son favorecidos por ciertas condiciones económicas y sociales de vida. Y estas circunstancias y condiciones se encuentran actualmente en todo país influido por nuestra civilización moderna, aun cuando el grado de esa influencia no sea en todas partes el mismo.

El desastroso desarrollo del presente sistema económico, que lleva a una enorme acumulación de riqueza en manos de pequeñas minorías privilegiadas y al continuo empobrecimiento de las grandes masas del pueblo, allanó el camino a la actual reacción política y social y la favoreció por todos los medios y en todas las formas. Sacrificó el interés general de la humanidad al interés privado de ciertos individuos, y de esta manera socavó sistemáticamente las relaciones entre hombre y hombre. Nuestro moderno sistema económico ha separado el organismo social en sus componentes aislados, obscureció el sentimiento social del individuo y paralizó su libre desarrollo. Escindió en clases hostiles la sociedad en cada país, y externamente ha dividido el común circulo cultural en naciones enemigas que se observan llenas de odio recíproco y, por sus conflictos ininterrumpidos, destrozan los verdaderos cimientos de la vida social.

No se puede pretender que la doctrina de la lucha de clases sea responsable de ese estado de cosas en tanto que nadie se mueve para suplantar los pilares económicos que sirven de base a esa doctrina y para conducir el desarrollo social por otros derroteros. Un sistema que en toda manifestación de su vida está listo para sacrificar el bienestar de vastos sectores del pueblo o de la nación entera a los intereses económicos egoístas de pequeñas minorías, ha aflojado necesariamente todos los lazos sociales y conduce a una continua guerra de uno contra todos.

Para el que haya cerrado su espíritu y comprensión a esa perspectiva, tienen que serle enteramente extraños e ininteligibles los grandes problemas que nos ha planteado nuestro tiempo. Sólo le quedará la fuerza brutal como último recurso para mantener en pie un sistema que hace mucho tiempo ha sado condenado por la marcha de los acontecimientos.

Hemos olvidado que la industria no es un fin en si, sino sólo un medio para asegurar al hombre su subsistencia material y para hacerle aprovechar las bendiciones de una más alta cultura intelectual. Donde la industria es todo y el hombre nada, comienza el dominio de un despiadado despotismo económico, que no es menos desastroso en sus efectos que un despotismo político cualquiera. Estos dos despotismos se fortifican mutuamente y son alimentados por la misma fuente. La dictadura económica de los monopolios y la dictadura política del Estado totalitario, surgen de los mismos propósitos antisociales; sus directores procuran subordinar audazmente las innumerables expresiones de la vida social al ritmo mecánico de la máquina y constreñir la vida orgánica a formas inanimadas.

Mientras carezcamos de valor para mirar este peligro cara a cara y para oponernos a un desarrollo que nos conduce irrevocablemente hacia la catástrofe social, las mejores constituciones no tendrán validez y los derechos de los ciudadanos legalmente garantizados perderán su significación original. Esto es lo que tenia presente Daniel Webster cuando dijo: «El gobierno más libre no puede resistir mucho tiempo cuando la tendencia de la ley lleva a crear una rápida acumulación de propiedad en manos de unos pocos y a empobrecer y subyugar a las masas».

Desde entonces, el desenvolvimiento económico de la sociedad ha adquirido formas que sobrepasaron los peores temores del hombre y que constituyen actualmente un peligro cuya gravedad apenas puede ser concebida y calculada. Ese desarrollo, y el crecimiento constante del poder de una burocracia politica incapaz de razonar, que dirige, regimenta y vigila la vida del hombre desde la cuna a la tumba, han suprimido sistemáticamente la colaboración humana voluntaria y el sentimiento de la libertad personal, y han mantenido de todas maneras la amenaza de la tiranía del Estado totalitario contra la cultura.

La gran guerra mundial de 1914-18 y sus espantosas consecuencias (que son, simultáneamente, los resultados de la lucha por el poder económico y político dentro del sistema social actual) han acelerado poderosamente ese proceso de anestesia y destrucción del sentimiento social. La apelación a un dictador que ponga fin a todas las perturbaciones de la época es simplemente el resultado de esa degeneración espiritual e intelectual de una humanidad que sangra por mil heridas, una humanidad que perdió la confianza en sí misma y espera de la fortaleza ajena lo que sólo puede obtener por la cooperación de sus propias fuerzas.

El hecho de que los pueblos contemplen hoy con escasa comprensión ese estado de cosas catastrófico, demuestra que las fuerzas que un día liberaron a Europa de la maldición del absolutismo y abrieron nuevos caminos para el progreso social, se han debilitado de una manera alarmante. Los actos vitales de nuestros grandes predecesores son honrados y festejados solamente por tradición. El gran mérito del pensamiento liberal de las anteriores generaciones, y los movimientos populares que surgieron de él, consiste en haber quebrantado el poder de la monarquía absoluta, que había paralizado durante siglos todo progreso intelectual, y había sacrificado la vida y el bienestar de la nación al ansia de poder de sus jefes. El liberalismo de aquel periodo fue la rebelión del hombre contra el yugo de una soberanía insoportable, que no respetaba los derechos humanos y trataba a los pueblos como rebaños, cuya única misión consistia en ser ordeñados por el Estado y las clases privilegiadas. De ese modo los representantes del liberalismo pugnaron por un estado social que limitase el poder estatal a un mínimo y eliminase su influencia de la esfera de la vida intelectual y cultural, tendencia que encontró su expresión en las palabras de Jefferson: «El mejor gobierno es el que gobierna menos».

Ahora, evidentemente, estamos frente a una reacción que, yendo mucho más allá que la monarquía absoluta en sus pretensiones autoritarias, aspira a entregar al Estado nacional todo campo de actividad humana. Lo mismo que la teología de los diversos sistemas religiosos aseguraba que Dios lo era todo y el hombre nada, así esta moderna teología politica considera que la nación lo es todo y el ciudadano nada. Y lo mismo que tras la voluntad divina estuvo siempre oculta la voluntad de minorías privilegiadas, así hoy se oculta siempre tras la voluntad de la nación el interés egoista de los que se sienten llamados a interpretar esa voluntad a su manera y a imponerla al pueblo por medio de la fuerza.

La finalidad de esta obra consiste en describir los senderos intrincados de ese desarrollo y en poner al desnudo sus origenes. A fin de poner de relieve, claramente, el desarrollo y significación del nacionalismo moderno y sus relaciones can la cultura, el autor se vió abligado a examinar muy diferentes campos que tienen una relación intima con el tema. Hasta qué punto ha logrado salir airoso en esa empresa puede juzgarlo el lector mismo.

Las primeras ideas sobre esta obra nacieron en mi pensamiento algún tiempo antes de la guerra de 1914-18 y encontraron su expresión en una serie de conferencias y en articulos que aparecieron en diversos periódicos. El trabajo, fue bruscamente interrumpido, por un internamiento durante cuatro años en un campo de cancentración en Inglaterra como ciudadano alemán, durante la primera guerra mundial, y por varias labores literarias; hasta que, finalmente, pude terminar el último capítulo y preparar el libro para la impresión muy poco antes de la ascensión de Hitler al poder. Luego se extendió rápidamente por Alemania la revolución nacional-socialista, que me abligó, como a tantos otros, a buscar refugio en el extranjero. Cuando sali de mi país, no pude llevar conmigo más que el manuscrito de esta obra.

Desde entonces no podia contar como posible la publicación de un volumen de esta magnitud —para el cual, además, habia sido cerrado el circulo de los lectores de Alemania— y abandoné toda esperanza de que este libro se publicase un día. Me había adaptado a ese pensamiento, como tantos otros que están limitados por las dificultades de la vida en el destierro. Las pequeñas decepciones de un escritor carecen por completo de importancia en comparación con la terrible penuria de nuestro tiempo, bajo cuyo yugo gimen hoy millones de existencias humanas.

Luego, repentinamente, se produjo un cambio inesperado. En una jira de conferencias por Estados Unidos entré en contacto con viejos y nuevos amigos que se tomaron vivo interés por mi obra. Debo a su desinteresada actividad el que en Chicago, Los Ángeles y después en Nueva York, se organizasen grupos especiales que tomaran sobre si la tarea de hacer pasible la traducción de mi libro en inglés, y posteriormente la de su publicación en este país.

Me siento especialmente agradecido al Dr. Charles James, que cooperó en la traducción con celo incansable y emprendió desinteresadamente una labor cuya ejecución estaba lejos de ser fácil.

Me siento además obligado a expresar mi gratitud al Dr. Frederik Roman, al Prof. Arthur Briggs, a T. H. Bell, a Walter E. Hallaway, a Edward A. Cantrell y a Clarence L. Swartz, que interesaron a un vasto circulo de gentes dando conferencias acerca de mi libro y adelantaron la aparición de esta obra, cooperando también en otras direcciones.

Tengo una deuda especial con Mr. Ray E. Chase, el cual, no obstante serias dificultades impuestas por su condición física, se ha consagrado a la traducción de mi obra y a la revisión del manuscrito y ha llevado a cabo una tarea que sólo puede apreciar justamente el que sabe lo difícil que es traducir a un idioma extranjero pensamientos que están fuera de las rutas cotidianas.

last but not least, tengo que recordar aquí a mis amigos H. Yaffe, C. V. Cook, Sadie Cook, su mujer; Joe Goldman, Jeanne Levey, Aaron Halperin, Dr. I. A. Rabins, I. Radinovsky, Adelaide Schulkind, y a la Kropotkin Society de Los Angeles, quienes, por su actividad abnegada, han procurado los medios materiales para que la obra viese la luz. A ellos y a todos los que han cooperado con sus esfuerzos y cuyos nombres no pueden ser mencionados aquí, mis más sinceras gracias por su leal camaradería.

Extranjero en este país, encontré al llegar a él una recepción tan bondadosa, que no habría podido imaginarla mejor, y un hombre en el destierro es doblemente sensible a esa generosidad. ¡Ojalá esta obra contribuya al despertar de la conciencia adormecida de la libertad! ¡Ojalá estimule a los hombres a hacer frente al peligro que amenaza actualmente a la cultura humana y que tiene que convertirse en una catástrofe para la humanidad, si ésta no se resuelve a poner fin a esa plaga maligna! Pues las palabras del poeta tienen válidez también para nosotros:

El hombre de alma virtuosa no manda ni obedece.
El poder como una peste desoladora,
corrompe todo lo que toca;
... y la obediencia,
veneno de todo genio, virtud, libertad y verdad,
hace de los hombres esclavos, y del organismo humano
un autómata mecanizado.

Rudolf Rocker
Croton-on-Hudson, N.Y., septiembre de 1936

Descargar Libro [PDF]

Fuente: https://es.theanarchistlibrary.org/library/rudolf-rocker-nacionalismo-y-cultura

Submit to DeliciousSubmit to FacebookSubmit to Google PlusSubmit to StumbleuponSubmit to TechnoratiSubmit to TwitterSubmit to LinkedIn
1 1 1 1 1 1 1 1 1 1 Rating 0.00 (0 Votes)

Comentarios

  • No se han encontrado comentarios
Por favor, acceda con sus datos para poder comentar