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La inmoralidad del voto

A día de hoy son suficientemente conocidos aquellos argumentos que ponen de manifiesto que el voto en las elecciones no sirve para nada, salvo para legitimar el sistema establecido con sus leyes e instituciones. Todo esto es cierto, pero generalmente suele ser pasado por alta la dimensión moral del voto, esto es, la naturaleza del acto de votar desde la perspectiva del bien y del mal.

Votar es algo inmoral porque con el voto es apoyada la mentira. En la sociedad actual, dominada por la propaganda y la manipulación mental a todos los niveles, la verdad ha dejado de ser un valor en boga. Por el contrario se ha normalizado la mentira que es practicada de manera persistente, y por ello ha sido asumida como parte de las relaciones sociales. Se miente en todas las esferas, y lo que es peor, la mentira se ha convertido en parte intrínseca de la realidad hasta el extremo de que actualmente vivimos en la mentira. En este sentido la mentira es una moneda de cambio socialmente aceptada, y por este motivo se tiene poco o nada en cuenta que es inmoral en sí misma. La mentira ha llegado a ser una necesidad cotidiana, y todo esto sólo ha servido para alimentar otro tipo de males como la hipocresía socialmente institucionalizada, el cinismo, la corrupción, la deshonestidad, etc. La verdad, por el contrario, es ocultada, tergiversada o simplemente despreciada y vituperada. Tal y como Eskorbuto cantó en su día, “la mentira es la que manda, la que causa sensación, la verdad es aburrida...”.

La clase política miente. Es mentirosa porque de otra forma no podría existir. Cualquier político necesita mentir para ocultar sus verdaderas intenciones, para esconder lo que realmente piensa, y porque resulta políticamente conveniente. Los políticos mienten para sobrevivir, y esto les hace estar metidos en una permanente huida hacia adelante. Al fin y al cabo la política partidista es un mundo de apariencias, donde el político necesita fingir por medio de un discurso determinado ciertas actitudes o posicionamientos con el propósito de convencer al público de la autenticidad de las mismas. Un político no puede decir la verdad porque, entonces, no duraría. No recabaría los apoyos necesarios y otros rivales políticos le desplazarían rápidamente. La mentira es la forma de vida de los políticos, es su sustento con el que halagan al público y lo seducen mediante la creación de falsas expectativas.

Indudablemente la mentira adopta muchas formas en los diferentes discursos que la clase política utiliza para embaucar a los posibles electores. Está el miedo, el odio, la ilusión, etc. Pero el fondo último siempre es la mentira que oculta y tergiversa la realidad, pero sobre todo que encubre las verdaderas ideas (si las tienen), intenciones y opiniones de los políticos. Por esta razón cuando se vota lo que realmente está haciéndose es apoyar a un grupo social que hace de la mentira su profesión, y que vive gracias a quienes les prestan su apoyo. Esto demuestra que los políticos son la máxima expresión de la mentira como forma de vida. Más aún, los políticos son sinónimo de mentira pues sin ella no podrían ser políticos. Esto les convierte en mentiras andantes.

La mentira es uno de los principales pilares del sistema político parlamentarista, y esto hace que la sociedad en su conjunto viva en la mentira que se deriva de todo ello: el consentimiento social otorgado a la existencia de un gobierno que supuestamente está para servir a la población. Por tanto, votar en las elecciones es inmoral en la medida en que significa apoyar la mentira y a aquellos que se valen de ella para enriquecerse y vivir de los problemas ajenos. Y que además de todo esto no dudan en propagarla tanto como les resulte conveniente, pues estamos hablando de un elemento que es sistémico, y que en la medida en que resulta conveniente para los políticos también lo es para el conjunto del sistema al alimentar las falsas esperanzas que son generadas en el público, las mismas que le impulsan a votar en cada proceso electoral.

Los niveles de abstención en los regímenes parlamentaristas son considerables, y las razones por las que una parte de la población no vota son múltiples. Pero todas ellas tienen un mínimo común denominador que es el descreimiento. Quien no vota lo hace porque no se cree los mensajes que recibe desde las instituciones y la clase política, porque sabe que son mentiras. Y quien es consciente de esto y aún conserva cierta integridad moral sabe que no está bien apoyar la mentira ni a mentirosos.

Pero votar no sólo implica apoyar la mentira, sino todo tipo de comportamientos inmorales de los que hacen gala los políticos en sus actuaciones diarias. Las bellaquerías de las que son protagonistas son incontables, lo que constituye un pésimo ejemplo para el conjunto de la sociedad. No es necesario enumerarlas, simplemente basta constatar que como consecuencia de su permanente repetición son normalizadas, hasta el extremo de terminar siendo consideradas algo perfectamente legítimo. De esto se deriva, asimismo, una degradación moral de la población, que debido a la excesiva exposición mediática que tiene la clase política asume e interioriza conductas que, a base de repetirse, se convierten en algo habitual, normal y hasta aceptable. Participar en las elecciones es, en definitiva, un modo de apoyar la inmoralidad de la clase política pero igualmente su propagación a lo largo y ancho de la sociedad para, finalmente, reproducirse en las relaciones interpersonales del pueblo llano.

La alternativa al voto es la abstención activa, y por tanto la autoorganización colectiva y solidaria, la acción directa y la autogestión de nuestras necesidades frente a aquellos que se alimentan del sufrimiento ajeno y que hacen de la mentira una profesión muy lucrativa, tal y como ocurre con los políticos.

Esteban Vidal

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