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El paternalismo como dominación

“El paternalismo es el mayor despotismo imaginable” Immanuel Kant

El paternalismo es una actitud que está muy presente en innumerables ámbitos de la vida humana, y en el terreno político se manifiesta por igual en sectores conservadores como de izquierda. Así pues, se trata de una actitud autoritaria que en lo más fundamental es la negación de la libertad de la persona al impedirle tomar las riendas de su vida. De esta forma el paternalismo establece una relación de dependencia entre el individuo, que es sometido a una permanente tutela como si de un menor de edad se tratara, y quien ejerce la función de tutor encargado de tomar las decisiones y de determinar el futuro de la persona.

Los principales ámbitos en los que se manifiesta el paternalismo son el Estado, la política y el trabajo. Las consecuencias son, por lo demás, siempre las mismas al reducir al sujeto a la condición de menor de edad, y con ello el establecimiento y reforzamiento de una relación de dependencia que tiende a perpetuarse.

Actualmente el Estado es sin lugar a dudas el principal agente del paternalismo que existe. Prueba de esto es que no permite a la sociedad, y sobre todo al individuo, valerse por sí misma. Las competencias estatales son innumerables y abarcan todos los ámbitos de la vida humana. De esta manera el Estado no sólo administra su dominación sino que al mismo tiempo se convierte en algo necesario en la medida en que las personas dependen de los servicios que gestiona. El Estado es, entonces, un gran tutor que lo hace prácticamente todo, lo que implica que el sujeto no sólo dependa del ente estatal sino que además no pueda tomar sus propias decisiones, y por tanto administrar sus necesidades conforme a sus intereses. Las personas no son dueñas de sus propias vidas que, por el contrario, son administradas por el Estado de acuerdo a sus intereses.

Además de lo anterior, el paternalismo desplegado por el Estado resulta dañino para la persona de múltiples maneras. Por un lado la vuelve inhábil para gestionar sus propias necesidades. Se convierte en un ser inútil cuyas capacidades son atrofiadas por el Estado que no le permite desarrollarlas libremente y, así, valerse por sí mismo. El Estado como sistema de dominación arrebata la libertad al sujeto y al hacerlo se convierte en una inmensa fábrica de seres incapaces, de personas que están acostumbradas a que se lo hagan todo y a que todo se lo den hecho. El paternalismo produce una sociedad de individuos conformistas, pero además de esto impone la robotización en tanto en cuanto refuerza la relación de dependencia con la autoridad, lo que obliga al individuo a seguir de manera sistemática los patrones de comportamiento establecidos por el Estado para recibir de este aquello que se espera y necesita. La consecuencia de esto es, también, la renuncia a uno mismo al esperarlo todo de la autoridad, lo que engendra una mentalidad servil y sumisa. Juntamente con esto el paternalismo destruye la confianza del individuo en sí mismo al necesitar del Estado para prácticamente todo, y verse al mismo tiempo incapaz de hacer nada sin el Estado. La sociedad es así convertida en un gran rebaño que el Estado se encarga de pastorear a su gusto.

El paternalismo es muy funcional para el Estado ya que al administrar la vida de la persona de una forma total consigue que la relación de dependencia sea igualmente total. El individuo ya no se relaciona con nadie salvo con el Estado al ser el que se ocupa de gestionar sus necesidades. De hecho el Estado de bienestar es el que ha llevado el paternalismo, y la relación de dependencia que este implica, hasta su máxima expresión por medio de su asistencialismo. La política asistencial tiene una función ideológica que es conseguir el consentimiento de la población, y con ello la aceptación del Estado y su identificación con este en la medida en que ofrece una serie de servicios que son esenciales para la supervivencia del sujeto. De este modo el Estado logra presentarse como un ente benévolo, como un benefactor que cuida de las personas, y al hacerlo también logra legitimarse al no ser percibido como una imposición sino como algo necesario y útil. Todo esto cristaliza en la ideología del patriotismo en tanto en cuanto la patria es identificada con el Estado social y de bienestar, con lo que su defensa es, también, la defensa de todos esos servicios que el Estado dispensa con su asistencialismo.

Lo que antes era administrado por la propia sociedad ahora es administrado por el Estado en su forma de Estado de bienestar. La nueva situación ha conducido a un grado de intromisión del ente estatal en la vida del sujeto que no tiene precedentes en la historia. Se trata de un rotundo éxito del Estado, pues ha conseguido desposeer al individuo y a la sociedad de su propia capacidad para autogestionarse y conducir su propia existencia, lo que le ha permitido convertirse en algo necesario. Mediante su política asistencial controla, supervisa, fiscaliza y dirige a la sociedad, al mismo tiempo que la somete a sus intereses. No hay que olvidar que el Estado se ha hecho necesario mediante el control de ciertos servicios esenciales que ofrece, pero cuya gestión está en manos de una elite dominante que determina las condiciones en las que dichos servicios son ofrecidos. Esas condiciones están determinadas, a su vez, por los intereses de dicha elite y de la organización política de la que forman parte, que es el Estado. De esta manera el Estado utiliza estos servicios para conseguir sus propios intereses que se definen en términos de poder, lo que en última instancia significa el reforzamiento de su dominación.

En la medida en que el Estado monopoliza una innumerable cantidad de servicios logra que la sociedad lo espere todo de esta institución, y que por momentos logre investirse de unas cualidades extraordinarias que en el imaginario colectivo lo representan como un ente omnipotente. Esto forma parte de esa idea paternalista en la que el individuo, y por extensión el conjunto de la sociedad, es infantilizado y termina creyendo que el Estado es su padre. En la imaginación infantil es frecuente que el padre sea identificado con alguien dotado de grandes poderes, casi sobrenaturales, que lo hacen semejante a Dios. Con el Estado, y más concretamente el Estado de bienestar, ocurre lo mismo, de modo que ocupa el lugar de Dios del que todo se espera. El Estado, al igual que Dios-padre, es el que soluciona los problemas del individuo. La confianza es depositada así en el Estado, mientras que los iguales sólo son objeto de desconfianza. En este punto es donde se demuestra cómo el paternalismo constituye un factor que opera en contra de la convivencia social al romper cualquier vínculo o lazo social entre las personas, pues estas no se necesitan las unas a las otras al depender todas ellas del Estado.

La ausencia de solidaridad y apoyo mutuo son el efecto más palpable del paternalismo. No es necesaria la cooperación entre iguales cuando un ente burocrático como el Estado se ocupa de todo. Esta lógica conduce irremediablemente al reivindicacionismo y al reformismo que, al esperarlo todo del Estado, quiere más Estado, de lo que se deduce que cuanto más Estado mucho mejor. Esto se traduce en políticas asistencialistas de diferente tipo, pero que en lo más fundamental van dirigidas a dañar a la persona al hacerla aún más incapaz, a depender más del Estado y, sobre todo, a favorecer las redes clientelares del Estado engordando la cartera de la minoría dirigente. Como consecuencia de este clientelismo la convivencia social es diezmada en tanto en cuanto determinados sectores de la población son privilegiados en detrimento de otros, al mismo tiempo que se imponen dinámicas competitivas entre ellos. El resultado es el reforzamiento de la dominación del Estado que aumenta su poder sobre la sociedad al mantenerla dividida y enfrentada, al acaparar innumerables funciones que aumentan la dependencia del individuo, pero también al presentarse como ente mediador en los conflictos sociales como resultado de la competición. El efecto general de todo esto es el reforzamiento de la relación de dependencia con el ente estatal, pero igualmente la confianza en este para solucionar los problemas que él mismo genera.

El paternalismo estatal genera individuos dependientes, lo que al mismo tiempo implica la imposición de un orden social en el que las relaciones sociales horizontales, entre iguales, son sustituidas por la relación que a nivel individual cada persona mantiene con el Estado. El Estado se convierte así en la institución central que organiza la sociedad, y que al hacerlo limita, y en la medida de lo posible destruye, la cooperación horizontal. Este proceso se legitima a sí mismo, tal y como hemos dicho antes, por medio de esas funciones que el Estado asume, y que finalmente sirven para construir todo un discurso que crea una imagen favorable de esta institución al presentarla como un ente hecho para servir a la sociedad y consecuentemente para hacer el bien común. De este modo el Estado se socializa y legitima. Así las cosas, el Estado no es otra cosa que un gran benefactor, un padre que cuida y protege a los ciudadanos como si estos fueran sus hijos pero a los que nunca deja crecer para hacerse autónomos y vivir su vida. Es en este punto en el que nos encontramos a los principales sostenedores de ese discurso de Estado. Nos referimos a la clase política, toda ella, que enfatiza la bondad intrínseca del Estado como ente protector, e incluso liberador, que cuida y sirve a la sociedad.

La clase política es sin lugar a dudas uno de los máximos agentes defensores y propagadores del paternalismo. En lo que a esto se refiere los políticos, tanto conservadores como izquierdistas, reafirman con cada una de sus palabras y acciones el papel del Estado como gran tutor encargado de velar por el denominado interés general. En sus discursos el Estado protege al individuo y a la sociedad, pero también los libera como ente justiciero. La clase política representa al Estado pese a que por un artificio propagandístico se haga pasar por la representante de la sociedad. En esta labor de representación se erige como necesaria, pero sobre todo como la encargada de custodiar los intereses de la población. Así, la clase política se presenta como una minoría consciente que conoce e interpreta el interés general, y que por ello mismo conduce la acción política del Estado en ese sentido. Este vanguardismo de corte conservador, dirigido al mantenimiento del orden estatista, también tiene una dimensión dinámica cuando esta misma clase política, o alguna facción de ella, adopta el papel de justiciera. No es poco frecuente que algunos políticos traten de presentarse como los defensores de la sociedad, o de un grupo social determinado, cuyos agravios trata de resarcir. Se trata de una labor encaminada a establecer una relación de dependencia entre la población y a quienes les es atribuido el poder para solucionar su problemas, pero también una relación de identificación con aquellos que se hacen pasar por los campeones de la lucha contra la injusticia y la opresión.

El paternalismo de la clase política infunde en la población la pasividad y la sumisión al crear en ella toda clase de falsas esperanzas fundadas en la confianza del poder salvífico de sus acciones para resolver los problemas. Los políticos logran establecerse como intermediarios necesarios, lo que impide que las personas se hagan dueñas de sus vidas y tomen sus propias decisiones para solucionar sus problemas. Todo esto es lo que permite a los políticos hablar en nombre de la sociedad, y de esta manera pastorearla.

En último lugar nos encontramos con el paternalismo que se da en el mundo del trabajo. Es de sobra conocido cómo el trabajo asalariado ejerce una función degradante en el ser humano al relegarle a la condición de esclavo dependiente del empresario que es quien establece las condiciones en las que es obligado a trabajar. La organización del trabajo y todas las funciones de gestión relacionadas con el desempeño de este ya no recaen en el trabajador, lo que le convierte en un engranaje más de la maquinaria de la empresa capitalista. Esto tiende a generar, por un lado, una actitud pasiva en la que todo se espera del empresario y los jefes que son quienes se ocupan de las labores de gestión, mientras que el trabajador únicamente se ocupa de ejecutar las directrices impartidas por estos. El trabajador no puede valerse por sí mismo ni tomar sus propias decisiones al estar sometido a las exigencias de quienes vampirizan su fuerza de trabajo extrayéndole la plusvalía. Como consecuencia de este estado de cosas el trabajador se vuelve inhábil al depender en todo lo fundamental de sus jefes y, por tanto, a esperarlo todo de estos.

Por otro lado el paternalismo imperante en el mundo laboral está unido a la idea, por lo demás bastante extendida, de que la relación de dependencia del trabajador con el empresario no sólo es natural sino que tiene un carácter benévolo. El empresario invierte, crea puestos de trabajo y al hacerlo facilita ingresos a los trabajadores y a sus respectivas familias. Los empresarios son contemplados como algo necesario y beneficioso, de modo que desempeñan una función social conveniente para el conjunto de la sociedad. Llega a producirse así una identificación entre los intereses de los trabajadores y los de los empresarios cuando en la práctica son contradictorios. Se trata de una mentalidad servil y sumisa que hace de los empresarios unos benefactores cuando su principal razón de ser es lucrarse del trabajo ajeno. Lo anterior es, en ocasiones, complementado con la identidad corporativa con la que las empresas imbuyen a sus trabajadores de una particular cultura empresarial dirigida a establecer una identificación con la propia empresa, de tal forma que llega a convertirse en una especie de familia en la que el dueño, como cabe esperar, ejerce el papel de padre.

Todo lo antes expuesto pone de relieve la importancia de romper con el paternalismo y las actitudes que le son inherentes. Las personas no deben ser reducidas a la condición de menores de edad que son sometidos a la permanente tutela de las instituciones. Esta situación no sólo niega la libertad del individuo sino que también lo daña al convertirlo a largo plazo en un ser inútil, incapaz de hacer nada por sí mismo, y que en el terreno moral lo espere todo del poder al haber perdido la autoconfianza. Cualquier proyecto verdaderamente emancipador pasa necesariamente por que las personas tomen posesión de sus propias vidas y, por tanto, tomen sus decisiones. Esto significa la autogestión a través de la que la persona se hace sujeto y deja de ser objeto sometido a la gestión de terceros.

Esteban Vidal

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