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Tercera España o España de tercera

Curas franquistasHace ya muchas sabatinas Morán despotricaba de esa funesta moda de la Tercera España, a la que parecía sumarse Reverte, con un artículo publicado en el inefable diario El País, del 18 junio 2010; ese mismo diario que en treinta y pico años no ha sabido encontrar ni un solo republicano que no admirase el actual régimen, esto es la monarquía nuestra de cada día, dánosla hoy y mientras dure, no nos dejes caer en republicanas tentaciones, amén.

Y Reverte se apuntaba a la Tercera España, esa de la novela de Cercas, esa que no es fascista ni republicana, que no fue ni azul ni roja, esa que no se sometió jamás ni a unos ni a otros, esa que nunca existió.

Pero es que esa España número 3, que sólo existe en la fantasía de gente que nunca vivió la Guerra, a setenta y pico años de que acabara, es muy cómoda.

La Tercera España es aséptica y generosa como una sala de donantes altruistas de sangre, imparte justicia desde el olimpo inmaculado de los dioses y, sobre todo, presume de no tener las manos manchadas de sangre. Es una España de ángeles, que en su vida ha empuñado una pistola y que suele pagarlo todo con visa. Una España que ha olvidado la división esencial entre los españoles durante setenta y pico años entre VENCEDORES Y VENCIDOS.

Esa Tercera España nace desde la ignorancia más supina de lo sucedido durante la Guerra civil. Ni comprende ni entiende nada. Esos terceristas suelen ser profesionales de la historia, o del periodismo, que con la mayor naturalidad del mundo opinan desde una previa desnudez. Se desnudan de toda cronología y juzgan el ayer desde su cómodo presente. Opinan, como todo el mundo, y todo el mundo tiene opinión, como tiene su culo. Y exhibicionistas a tope, nos enseñan su culo, dándonos su opinión. Pero antes han de desnudarse de la historia, del sentido común y de la división entre vencedores y vencidos, sin la cual no se entiende nada.

Y meten en el mismo saco a fascistas y republicanos; meten en el mismo saco a quienes siguen enterrados en cunetas y a quienes fueron beatificados en solemnes y soeces ceremonias vaticanas; mete en el mismo saco a quienes obtuvieron prebendas e impunidad absoluta por sus crímenes y a quienes, inocentes o no, tuvieron que exiliarse, purgar cárcel, o morir en el paredón o el maquis.

Pues no; no es admisible que se meta en el mismo saco a fascistas y a republicanos, a verdugos y a víctimas, por muy de tercera que se sea. Entre otras cosas porque la Guerra civil empezó porque hubo una sublevación de militares felones contra su pueblo y contra el régimen democrático establecido. Esos son los culpables de todo lo que vino después, aunque sólo fuera porque iniciaron la matanza.

¿Por qué se ha puesto de moda esa Tercera España, sustentada por intelectuales de tercera? No en vano, durante cuarenta años, España ha sido gobernada dictatorialmente por un criminal de guerra. La añoranza es profunda.

Esa Tercera España, con las manos limpias, que rechaza todos los asesinos, por igual, y que reivindica todas las víctimas, por igual, criminaliza con “Pío” Mir y Pío Moa, la Transición democrática y banaliza la dictadura.

Mir, en su último libro, dice que el dinero que pagaron los maristas a Aurelio Fernández fue entregado por éste a Tarradellas, y éste último se lo dio a su vez a Josep Asens para que comprara armas en Suiza.

No basta con demostrar cronológicamente que eso fue imposible. No basta con argumentar que los republicanos no cometían delito alguno por comprar armas, a no ser que se admita que tenían que defenderse con piedras de los ataques del fascismo.

No importa demostrar que Mir falsifica datos, porque quien difama ya ha ganado, y siempre tendrá un Reverte que le cite como autoridad creíble, o novelistas por encargo que mezclen vampiros y anarquistas.

Lo que le importa a esa Tercera España y a sus intelectuales de tercera es difamar a Tarradellas, figura fundamental de la Transición, porque en el fondo añoran la dictadura franquista.

Reverte, además, pasa de matute que la división entre españoles ha sido, y es, aún, una división entre vencedores y vencidos, y no entre víctimas de ambos bandos y verdugos de ambos bandos.

La media España de los miserables que perdió una guerra, y que fue fusilada, exiliada y humillada hasta el hartazgo, por su ejército, su iglesia, sus amos y los asesinos a sueldo, disfrazados de falangistas o policías, sufre el síndrome de Antígona, porque durante cuarenta años tuvo prohibido enterrar y honrar a sus muertos, y cuando fue la hora de reclamar ese derecho, durante la Transición, no pudo hacerlo, porque proseguía el terror de esos cuarenta años, que aún nos impedía ser libres. Aún se mataba en las calles. Y luego se produjo el 23 F para mayor oprobio, amenaza y aviso de que todo estaba a prueba, bajo vigilancia militar de volver a las andadas del fascismo

Así nos va, ahora, escarbando por caridad en esta o en aquella fosa común, y con el último timo de una infame ley, llamada de recuperación de la memoria histórica. El rey Creontes enterró viva a Antígona; en España se han muerto de viejos los padres y hermanos de quienes fueron fusilados y echados como perros en las cunetas, con la maldición de Antígona rabiando en sus entrañas. Sólo quedaron sus huesos.

Y los nietos aún han de batallar como jabatos para recuperar los huesos de sus antepasados. Asesinaron y robaron lo que quisieron y se sabían impunes. Que un criminal de guerra, confeso y victorioso, ocupase la Jefatura del Estado durante cuarenta años no se borra fácilmente, y sus secuelas son innumerables y persistentes. Mientras tanto, los jueces españoles se atreven con los criminales de guerra de allende mares y continentes, persiguiendo torturadores y genocidas, discípulos y émulos de sus maestros franquistas. Pero cuando intentan barrer en su propia casa, no ha lugar, y son acusados de prevaricación, pero jamás por tolerancia con la tortura. Archiveros de algunas instituciones se otorgan el poder de decidir, a su capricho, qué puede ser consultado. Antígona fue enterrada viva por Creontes y Transición. Ya es demasiado tarde para muchos, pero los nietos siguen en pie. La ignominia continúa, el combate por conocer toda la verdad, también.

Queremos los nombres, todos los nombres: el de los de los asesinados y el de los asesinos. Queremos saber cómo, dónde, cuándo, por qué y quién se enriqueció y/o detentó el poder gracias a tanta muerte, a una represión tan feroz, a tanto dolor.

La Guerra Civil no fue una guerra fratricida, fue una guerra de clases. El franquismo reprimió, claro está, a las minorías democráticas, pero sobre todo impuso el terror a una clase obrera derrotada por las armas, vencida.

El franquismo fue un régimen genocida y criminal, de principio a fin. No hay otro remedio al dolor, ni existe otra solución que saberlo todo, por todos los medios, con todos los archivos abiertos, sin traba alguna. Queremos que se concedan los recursos económicos que sean necesarios para recuperar los huesos de los asesinados. Queremos saberlo todo, queremos todos los nombres, de asesinados y de asesinos, de cómplices y delatores, queremos saber el cómo, dónde, cuándo y por qué de cada muerto. Queremos saber cuántos y qué menores fueron secuestrados, quién los vendió y quién los compró. Queremos saber cómo y qué se robó, a quién se robó y quién se lucró. Queremos conocer toda la verdad. De no ser así, nos están enterrando en vida, como hizo Creonte con Antígona.

Esto no se arregla con monumentos o vanos homenajes. Y para empezar, que el Ayuntamiento de Barcelona devuelva a los vecinos de Sants, y al pueblo barcelonés, el local de la Cooperativa obrera La LLeiltat Santsenca, con la misma gentileza con la que trata y trató en su día los negocios de un señor de Barcelona, llamado Millet, que para vergüenza y oprobio de todos sigue libre, disfrutando de las riquezas del botín saqueado, y que aunque es un ladrón confeso, se sabe impune, porque tiene un seguro de inmunidad mafioso, infalible y a todo riesgo, como aquel del que gozaban los pistoleros fascistas de los años cuarenta, que jamás impidió a nadie escalar los mayores cargos y honores, no ya nacionales e internacionales, sino hasta olímpicos, no ya durante el franquismo, sino incluso en la Transición y por toda la eternidad.

La historia de España es una historia obscena, repleta de chulos criminales, omnipotentes y glorificados, que oprime terriblemente un presente cargado de corrupción y delitos condonados o no juzgados, porque en este país sólo pagan los vencidos, los miserables, los indignados. Los ladrones y asesinos fascistas, colmados de medallas, honores y crímenes contra la Humanidad, hartos de firmar condenas a muerte, y con blasones tan infames como los asesinatos de Vitoria, no sólo gobiernan toda su fratricida y larga vida, sino que son enterrados como héroes y “grandes hombres”. Los telediarios y obituarios certifican que en este país no hay, ni ha habido nunca, una extensa y mayoritaria Tercera España, esa que no era roja ni azul. Aquí hay lo que siempre ha habido: una España de tercera, humillada, que calla y sufre, sin más consuelo que ver pasar el cadáver del enemigo por la pequeña pantalla, previa precaución de suprimir el volumen de voz. Uno menos.

Agustín Guillamón

Publicado en Catalunya núm. 155 (noviembre 2013)

Catalunya es el órgano en catalán de la CGT

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