Tu cuenta

Iniciar sesión Registro

Login

Usuario
Password *
Recordarme

Crear una cuenta

Los campos marcados con un asterisco (*) son obligatorios.
Nombre
Usuario
Password *
Verificar password *
Email *
Verificar email *
Captcha *
Reload Captcha

Buscar

Redes y RSS

Facebook Twitter

 RSS

Suscripción e-mail

Recibe el Boletín Diario del Portal

E-mail:

Traducir

Política de cookies

Esta web utiliza cookies propias y de terceros para mejorar la navegación de sus usuarios y obtener información estadística. Saber más

Acepto

La eunomización de la sociedad española

Si los hombres definen una situación como real, está será real en sus consecuencias” (W.I.Thomas)

La definición importa, y mucho. La definición, clasifica, tipifica, ayuda a ordenar un mundo que sin ellas se nos aparecería caótico, sin saber cómo expresarse a sí mismo. Ahora bien, también encarcela, cerca, le pone diques a la propia epistemología, y en un intento de simplificar el mundo, lo vuelve más simplista. El problema viene cuando ciertos conceptos se manejan de forma estática, anquilosados en las instituciones que configuran la vida sociopolítica, como si formaran parte de una suerte de orden natural de las cosas que menosprecia cualquier forma de mirar alternativa como perteneciente al reino de lo bárbaro, lo salvaje, lo incivilizado. Ello sucede con preceptos como Civilización, Progreso, Derecho, Justicia, e incluso con la misma Democracia. Signo y significante se abrazan en una unión tan sacralizada que su separación se vuelve impensable para la moralidad de los individuos que se cobijan a su sombra. Y el signo se vuelve autorreferencial. No hay interpretación que valga de las Sagradas Escrituras que conforman lo vigente de unos países que, en su proceso de desarrollo hacia una Estado agustiniano situado más allá de la historia, se han civilizado tanto que ya no conciben nada más allá de la zanahoria que tienen delante.

La legitimidad de esta santa unión recaía tradicionalmente en el Ser Supremo. El mismo Dios (o más bien la institución que recoge su voluntad) dictaba cómo debía entenderse el mundo, bajo la potestad que le otorgaba el haber sido su creador. Posteriormente ese Ser Supremo pasó a ser una Razón estrecha que universalizaba los presupuestos de quienes la definían hasta enquistarla en la misma naturaleza humana. En las sociedades contemporáneas, marcadas por la (i)racionalidad de unos individuos motivados por la consecución de sus intereses, Eunomía, base legal divina, diosa de las leyes y la legislación, la hermana de Dike (justicia) y Eirené (paz), tiene la potestad ahora de definir lo que se debe tomar o no en consideración en un Estado de Derecho en el que la Democracia queda bien como adjetivo, relegada al plano de lo emocional y lo privado. Ella cuida de sus individuos, otorgándoles una idea de los derechos y las libertades, de la justicia, de la libertad, de todo aquello por lo que cada uno debería luchar. Pero con ideales románticos no se gobierna, por lo que El Estado de Derecho (varón, de raza blanca y habitante de ciudades) gira en torno a una legislación escrita y una Constitución donde se expone de manera clara y concisa la manera de juzgar una excepción. Y es que en la hipermodernidad, eso del poder del pueblo ha de entenderse como un mito fundacional, como el de Caín y Abel o el de Adán y Eva, pero que no puede leerse de forma literal. No debe. Los individuos definidos como seres egoístas, si pudieran tomar sus propias decisiones, o incidir en tal proceso de forma participativa, abocarían a los estados al enfrentamiento y la barbarie. Desde este punto de vista, se requiere un poder autoritario, cuya demanda, tras haber definido situaciones propias de sociedades diversas y heterogéneas en términos de conflicto, es cada vez más creciente. Los individuos no pueden decidir por ellos mismos, no saben lo que quieren y están demasiado expuestos a una serie de influencias maléficas que podrían adoctrinarlos o incitarles a cometer cualquier delito, en su continua búsqueda del interés convenido.

El fundamento de la base del Derecho no es otra cosa que la libertad individual, pero no entendida como libertad de participación en la política en el espacio común donde todos los individuos toman partido de las cosas que les atañen, si no una libertad atomizada que se mira directamente a su ombligo: el derecho a ser libremente alienado y de identificarse con su propia existencia alienada. La sociedad y las leyes por las que se rige, así entendidas, potencian los valores de competencia y ambición, y la responsabilidad de cohesión se relega a un Estado que es siempre autoritario, puesto que su función última es garantizar un orden de las cosas muy concreto. Y ordenar es siempre mirar el desorden con desdén. Así pues, El papel del Estado es salvaguardarse a sí mismo, protegerse de los ciudadanos, y no a ellos. Y los ciudadanos , en el eterno retorno, quedan liberados de la tediosa tarea de formar parte activa de una comunidad, quedando únicamente obligados a elegir a sus representantes y a acatar las leyes, aunque a priori fomenten un sistema de consumo atroz, capitalista y patriarcal, que ha arrancado todo lo humano de ser para proyectarlo en máquinas autómatas que viven por inercia repitiendo una y otra vez las palabras mágicas: libertad, democracia , derechos humanos; como si alguna de ellas tuviese una existencia más allá del lenguaje.

La sociedad, eunomizada, se deja en manos de una mayoría que lo es exclusivamente en términos de poder significar, no de forma numérica, y su criterio de verdad y justicia se impone. Una alienación en términos marcusianos que predica que un país es más o menos democrático en función de si los individuos tienen la posibilidad de comprarse un iphone cada 6 meses. Nos encontramos con un entorno socializador cada vez es más coherente, donde el signo autorreferencial impregna absolutamente todos los ámbitos de lo social, a través de lo que podríamos denominar medios de producción de significado: la educación, los medios de comunicación, la cultura, la semiótica. Todos manejados `por lo que Giddens denominó sistemas de expertos. Giddens (1990) se refiere así a la forma en la que el conocimiento se organiza en sistemas de logros técnicos o de experiencia profesional, haciendo hincapié en el acto de fe (fiabilidad) que supone para los profanos la confianza en ellos, puesto que no es posible verificar desde el desconocimiento la autenticidad de tales saberes. En esta concepción paternalista del sistema social, el acto que supone confiar en que los sistemas expertos (políticos, economistas, medios de comunicación, analistas) están haciendo lo que deben hacer roza la fe en lo absurdo, ya que la falta de información y conocimiento limitan el análisis de sus actuaciones. La resignación infinita (o aceptación pragmática) que narra Kierkegaard al describir el estadio de fe con el que Abraham acepta el sacrificio de Isaac –confiando en que Dios no lo permitiría en el último momento- parece dotar a estos sistemas de un estatus casi divino, capaces de poner orden en el caos que amenaza con destruir la Unidad de España y de Europa. El problema entonces, pasa a ser del carnero que se cruce en su camino, cuyo destino siempre fue el de ser sacrificado.

Ahora bien, la Eunomía tiene cura, y no es otra cosa que romper la coherencia de ese entorno socializador con dinámicas propias de sociedades plagadas de multiplicidades que la norma-lidad se empeña en darles expresión y forma, cegándolas con la luz de lo universal y cortando las alas del potencial creador de la naturaleza humana. Hay alternativas de sobra en nuestras sociedades para solucionar muchos de los problemas a los que se enfrentan, todas ellas relegadas al espacio de los no lugares, porque no forman parte del significado de lo que debe ser. Es urgente reformular los valores normativos de los que se parte, y adaptarlos a una realidad contingente, heterogénea, diversa y transversal dentro de un marco inter-comunitario. Intervenir en la realidad mediante un deber ser de forma constructiva y considerando que en esta ecuación dialéctica no sólo intervienen dos variables, si no la multiplicidad de seres vivos que habitan en el entorno en el que tiene lugar tal proceso. En España bastaría con quitarse la mordaza y ponerse a cantar, escribir, hablar, Discutir, reflexionar. Una auténtica reivindicación del poder constructivo de las situaciones enfrentadas, donde la contradicción no ha de verse (ni definirse) en términos de conflicto, sino como un modo de reflexión y autocrítica para ir construyendo sociedades plurales donde palabras como inclusión (sólo se puede incluir algo que está excluido) queden relegadas al vocabulario arcaico de un castellano antiguo que mide su raciocinio en términos de elevación del gasto en defensa y leyes para vagos y maleantes. Desobediencia civil, en definitiva, para poder formar una opinión libre de las constricciones y cierres sociales que impone la producción de significados cerrados en sí mismos que piensan a través de nosotros.

Marina Sáiz Agúndez

https://laburbujadeficcion.wordpress.com/2018/02/23/la-eunomizacion-de-la-sociedad-espanola/

Submit to DeliciousSubmit to FacebookSubmit to Google PlusSubmit to StumbleuponSubmit to TechnoratiSubmit to TwitterSubmit to LinkedIn
1 1 1 1 1 1 1 1 1 1 Rating 0.00 (0 Votes)

Comentarios

  • No se han encontrado comentarios
Por favor, acceda con sus datos para poder comentar