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La Revolución social española: Errores y limitaciones

La revolución social, las comunas agrícolas, las colectivizaciones de industrias y campos, etc. Son conceptos totalmente presentes en el movimiento anarquista hispano que, con el tiempo, han ido creando una especie de pasado prefigurado, totalmente romántico, exento de errores propios y mitificado, que sirve como punto de partida para gran parte del anarquismo a la hora de justificar nuestra ideología ante quien la difama o quien simplemente la ignora como tal. A partir de la Transición española podemos ver como hay un crecimiento de la bibliografía acerca del papel de los anarquistas, la CNT o la FAI durante la Guerra Civil española y de cómo éstos iniciaron un proceso revolucionario el cual sería la segunda revolución de carácter proletario en la Europa occidental, siendo la primera la Revolución de Asturias de 1934. Cada libro o texto sobre las colectivizaciones anarquistas guardan un punto en común: Todas (o la inmensa mayoría) conceden el don de la perfección a aquella intentona revolucionaria y ante la pregunta de ¿y por qué fracasó? Tan solo responde aduciendo al papel contrarrevolucionario del PCE/PSUC y en especial haciendo mención a los famosos y trágicos sucesos de mayo de 1937. En este artículo vamos a intentar, no negar la importancia de éstos últimos hechos externos, sino hacer mención a lo estrictamente interno que, junto al papel del PCE/PSUC, asesinó a la revolución desde el mismo 19 de julio de 1936.

A las pocas horas del Alzamiento Nacional, el 19 de julio de 1936, Barcelona entera estaba ya dominada por la resistencia popular liderada por el movimiento anarquista y su sindicato, la CNT. A partir de ahí comenzó la ardua tarea que proponía colectivizar campos y ciudades, es decir, que las empresas y las tierras pasaran de manos privadas a propiedad de la clase trabajadora, como pistoletazo de salida al derrocamiento de la vieja sociedad burguesa y la construcción de una nueva sociedad que había de liberar a la humanidad entera. El fervor y entusiasmo de los anarquistas crearon un ambiente heroico que sumó a más y más trabajadores a aquella intentona revolucionaria que había de acabar tanto con el fascismo como con aquella bonita democracia abrileña.

En el momento en el que estalló la Guerra Civil, ante el fracaso del Golpe de Estado del General Francisco Franco, Cataluña era la zona de España que, junto a Euskal Herria, poseía la mayor parte de la industria nacional, lo cual había provocado que, sobretodo la provincia de Barcelona, tuviera una gran concentración de trabajadores y trabajadoras, tanto catalanes como emigrados desde Murcia, Andalucía y Extremadura, lo cual evidentemente nutrió en gran medida a la CNT-FAI y a sus Juventudes Libertarias. A partir del control total de la ciudad barcelonesa por parte de los anarquistas, la mayoría de grandes y medianas empresas –y a veces también pequeñas- fueron colectivizadas por los trabajadores, mientras que algunas otras fueron nacionalizadas por el gobierno de la Generalitat. Según el escritor y Doctor Franz Borkenau, en su libro The Spanish Cockpit, estimó que un 70% de la industria catalana fue incautada (expropiada) por la CNT-FAI. Lo primero que hicieron los anarquistas con las colectivizaciones fue reorganizar el sistema productivo de tal manera que se pusiera fin a los resquicios gremiales que tenía a muchas empresas pequeñas totalmente desunidas en un sistema productivo totalmente atomizado, de esta forma se racionalizó la producción de tal manera que, a través de la concentración, se fue eliminando progresivamente las pequeñas empresas artesanas para concentrarlas todas en una misma fábrica o en unas pocas. De esta forma se quiso dirigir el trabajo de manera más simplificada y eficaz a la hora de coordinar los esfuerzos. Desde el punto de vista de la eficacia esta decisión fue totalmente acertada, pero le costó al movimiento anarquista su primer obstáculo en el devenir de la revolución, pues si bien la pequeña burguesía se mantenía indecisa a la hora de apoyar al proletariado revolucionario o a la burguesía progresista defensora de la República, esta reorganización de la economía y la producción supuso una toma de partido por la defensa de la República por parte de la pequeña burguesía (la cual se sumaría al rechazo de los pequeños propietarios agrarios a la revolución al ver como la colectivización del campo fue impuesta muchas veces por la fuerza). La financiación fue uno de los problemas más graves que tuvo la revolución, pues ante un mercado interno desaparecido (ya que muchas zonas de España de vital importancia económica estaban asediadas por las tropas franquistas) y un mercado europeo paralizado por la No Intervención de las democracias occidentales, la CNT-FAI se vio obligada a depender del crédito, el cual estaba completamente en manos del Gobierno republicano. Al igual que tras las famosas palabras de Lluís Companys a la delegación cenetista liderada por Joan García Oliver no se atrevieron a tomar la Generalitat y disolverla, tampoco se quiso colectivizar el sector bancario, lo cual provocó que desde la República se intentara asfixiar económicamente a las colectividades, tanto del campo como de la ciudad. Uno de los grandes problemas que sobrepasó las buenas intenciones de los anarquistas, fueron las prisas revolucionarias para acabar con elementos como la plusvalía, pues en muchas empresas se quiso eliminar aquella rémora de la sociedad capitalista pagando como salarios todo lo que se sacaba de beneficios, lo cual provocó que ante una bancarrota de facto, muchas colectividades tuvieron que acudir, para los gastos diarios, a Hacienda. ¿Y quién era el ministro de Hacienda durante el principio de la Guerra Civil? Juan Negrín, futuro Presidente del Gobierno republicano, y famoso antianarquista. Así contestaba el futuro presidente canario al periodista inglés Louis Fischer:

Cuando estalló la guerra, los comités obreros, frecuentemente anarquistas, se apoderaron de las fábricas. Se pagaban como salarios todo lo que sacaban de las ventas. Ahora no tienen dinero. Acuden a mí para los gastos corrientes y las materias primas. Aprovecharemos su situación para obtener el control de las fábricas.

Ante esta situación, podemos ver cómo era cuestión de tiempo que la economía volviera progresivamente a manos del Gobierno republicano, añadiéndole la enemistad con la pequeña burguesía, la revolución social que con tanto empeño estaba siendo ya preparada desde 1931 se mostraba de una fragilidad tremenda y era cuestión de tiempo que sucumbiera y quedara sepultada bajos los escombros de la República.

Estos obstáculos no fueron los más importantes, también debemos tener en cuenta un punto muy esencial: Ante los impedimentos del propio gobierno republicano, y al menos en Cataluña y Levante y no tanto en Aragón, las colectivizaciones quedaron relegadas al plano únicamente economicista sin poder llegar, muy a pesar de los propios trabajadores revolucionarios, a tener relevancia política, a ser organismos del nuevo poder proletario que había de engendrar la nueva sociedad. El problema al que nos referimos es que la estructura económica de las colectividades (Asamblea, delegados, Consejos de Fábrica y Consejo Local de Economía) acababa por únicamente ocuparse de lo puramente técnico-administrativo que no iba más allá, como si una especie de localismo económico creara una suerte de oasis dentro del propio sistema capitalista que impedía avanzar a la revolución en todos los sentidos. A esto hay que añadirle el problema del antiautoritarismo tan típico del anarquismo. Para que hubiera funcionado eficazmente el esquema económico mencionado más arriba hubiera sido necesario un poder sindical totalmente centralizado, pero la excesiva autonomía de los sindicatos locales hizo que se crearan multitud de organismos coordinativos que la mayoría de veces se solapaban entre sí confundiéndose sus competencias provocando la fallida de cualquier plan general, tan importante para el buen curso de una revolución.

Otro de los problemas surgidos dentro del propio movimiento revolucionario fue el surgimiento de una nueva clase burguesa que de haber triunfado la revolución en toda España no se hubiera diferenciado en nada de aquella burguesía burocrática que dominó la URSS prácticamente la totalidad de tiempo de sus 74 años de vida. En aquellas empresas intervenidas por el Gobierno, donde convivían la representación patronal y la asamblea de trabajadores, habitaba un agente intermedio llamado Comité de Control, el cual era escogido por los propios trabajadores y se encargaba de las funciones relativas a las condiciones laborales, lo cual la convertía de facto, por el propio medio de los empresarios a ser expropiados, en los nuevos propietarios de facto de la empresa en cuestión. Diego Abad de Santillán expresaba en su obra After the Revolution que los Comités de Control estaban imbuidos por un sentimiento “propietarista” que les hacía creer que eran inmunes a cualquier responsabilidad por el hecho de ser los nuevos controladores de tal o cual empresa, así como la inexistencia de ninguna acción coordinativa con las demás industrias para mejorar la producción, usando la empresa para su propio beneficio individual. Sobre este mismo tema se pronunciaba Federica Monsteny en su discurso pronunciado en Valencia en diciembre de 1936 y que deja patente la inmensidad de esta problemática:

Últimamente he estado varios días en Cataluña, y me he dado cuenta de algo muy importante. Los que no sienten por experiencia directa lo que es la guerra, viven en juerga revolucionaria. Tienen las industrias y los talleres en sus manos; han hecho desaparecer a los burgueses; viven tranquilos y en una fábrica, en lugar de un burgués hay siete u ocho.

Las palabras de Montseny no pueden ser más esclarecedoras y dejaron patente los fallos de la excesiva autonomía, la cual si hubiera sido limitada por un poder sindical más centralizado se podría haber cortado de raíz a todos aquellos elementos que estaban utilizando las colectivizaciones para convertirse en la nueva clase propietario de los medios de producción. De esta manera no se pudo llegar a la socialización completa de la industria y campo, entre otras cosas, por el surgimiento de ese individualismo egoísta tan propio del capitalismo y que floreció por doquier ante unas inexistentes responsabilidades de ciertos Comités amparados por el “antiautoritarismo”.

Una Generalitat intacta, con la propia colaboración de la cúpula cenetista, y unas colectivizaciones que no sobrepasaban lo puramente productivo, más una parte de la clase trabajadora entregada al reformismo y la defensa del republicanismo, imposibilitó que las colectividades se convirtieran en organismos propulsores de la nueva política revolucionaria, cortando de raíz así cualquier posibilidad de triunfo de la revolución social iniciada el 19 de julio de 1936 en las calles de Barcelona. En octubre de 1936 se aprobó el Decreto de Colectivizaciones de la industria, favoreciendo a la pequeña burguesía (las empresas de menos de cien trabajadores no podían ser expropiadas por los obreros y debían ser retornadas a su antiguo propietario) y estableciendo al menos un delegado de la Generalitat en las grandes y medianas empresas como forma de controlar la producción. El lector o la lectora no debe pensar que estamos eximiendo de obstáculos externos a la Revolución para analizar su fracaso, prácticamente la totalidad de la bibliografía anarquista ha contribuido extensamente a poner de relieve las traiciones comunistas y de la UGT, así como las malas artes del mismo Gobierno republicano, pero como de eso podemos leer muchos en diferentes libros, lo que hemos querido aquí es presentar las propias limitaciones internas de la CNT-FAI y del movimiento anarquista en general, pues una ideología, un movimiento, sólo avanza en la dirección correcta cuando practica la autocrítica como forma de superar esos viejos errores para no repetirlos en un futuro.

La Revolución social de 1936 tuvo también su vertiente campesina, y si hubiéramos de decir la principal diferencia con las colectivizaciones en la zona industrial, diríamos que en el campo fue un proceso mucho más rápido (y a veces precipitado, demasiado). A medida que avanzaban las columnas de milicianos por el agro catalán y aragonés se iban levantando colectivizaciones campesinas por pueblos, villas y aldeas.

Depende del tamaño y la disposición del pueblo en cuestión, se adoptaba o una economía colectivista (mantenimiento del dinero) o anarcocomunista (abolición de la moneda), pero siempre se mantenía un esquema común indistintamente del plan económico trazado, a saber: Un órgano superior, que sustituiría al Ayuntamiento, llamado Comité Revolucionario (integrado mayormente por los cuadros de la CNT-FAI), dicho órgano planificaba las tareas y distribuía los trabajos entre los campesinos, es decir, el Comité era el ente regulador y planificador de la vida en todo el municipio. Desde un primer momento las colectivizaciones en el campo supusieron un avance para el nivel de vida de campesinos y braceros que, además, vieron incrementado el nivel de producción entre un 30 y un 50%. Pero, al igual que en la zona industrial, pronto surgirían las deficiencias tales como Comités revolucionarios colmados de neo-burgueses que veían la colectividad como su finca o despilfarro de bienes cuando había excedentes. Pero la principal limitación de la Revolución en el campo, sobretodo en el catalán, vino con el hecho de que en Cataluña abundaba la pequeña propiedad campesina (representada por los rabasaires). En septiembre de 1936, durante la celebración del Congrés Regional dels Pagesos de Catalunya, la CNT recomendó lo siguiente:

Al proceder al establecimiento de la colectivización de la tierra, a fin de que los pequeños propietarios no desconfíen ni un momento de nuestra acción emancipadora y, en su consecuencia, que no puedan convertirse en enemigos, entorpecedores o saboteadores de nuestra obra, se les respetará en principio el cultivo de las tierras que por sus brazos puedan labrar y siempre que esto no obstruya o dificulte el desarrollo debido de los núcleos que se colectivicen (...).”

Como podemos observar, oficialmente, se respetaba a la pequeña burguesía campesina para que ésta no fuera enemiga de la Revolución, pero las cosas se torcieron pronto, asestando una herida de muerte al devenir del proceso revolucionario, de la cual no podría recuperarse ya. En la mayoría de casos los pequeños campesinos fueron coaccionados violentamente para que cedieran su propiedad a la colectividad, pasando a ser un jornalero más. Estos actos acabarían provocando que la pequeña burguesía campestre acabara recalando en las filas de UGT y del PSUC, por tanto se cumplían los malos augurios del Congreso de septiembre de 1936 que pronosticó que los pequeños propietarios podían acabar en las filas de los enemigos de la Revolución si no se les respetaba. Y así ocurrió.

El descontento de los pequeños propietarios del campo fue tal que en enero de 1937, en la localidad de Fatarella (Tarragona), hubo un levantamiento de esa pequeña burguesía contra la CNT-FAI, con el inestimable apoyo del gobierno de la Generalitat y de los principales partidos comunistas y socialistas.

No nos extenderemos más en el presente artículo, pues ya existe otro que escribimos sobre la problemática de las colectivizaciones campesinas y que enlazaremos aquí para que sirva de complemento para así poder entender más y mejor el transcurso de la Revolución social en la zona campesina: http://kntrakultura.blogspot.com.es/2016/07/la-cuestion-agraria-el-problema.html

Borja Mera Barriobero (@borjalibertario )

BIBLIOGRAFIA:
GABRIELE RANZATO – LUCHA DE CLASES Y LUCHA POLÍTICA EN LA GUERRA CIVIL ESPAÑOLA
HISTORIA DEL MOVIMIENTO ANARQUISTA EN ESPAÑA – JOSEP TERMES
HISTORIA DEL MOVIMIENTO ANARCOSINDICALISTA ESPAÑOL – JUAN GOMEZ CASAS
LOS COMITÉS DE DEFENSA DE LA CNT EN BARCELONA (1933-1938) – AGUSTÍN GUILLAMÓN

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