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Elecciones: discursos, legitimidad y poder político

Introducción. Con la organización y la movilización, se subvierte al poder político y económico.

El Estado no es capaz de resolver nuestros problemas como trabajadores. Esta afirmación podemos reforzarla a nivel histórico y a nivel actual. Este año se han cumplido 100 años de la histórica huelga de “La Canadiense”, donde, tras una larga lucha, se consiguió el establecimiento de la jornada de ocho horas en España. Nosotros no creemos en la mitificación de ciertos sucesos históricos, pero sí en el uso material que tiene aprender de luchas y experiencias pasadas que han condicionado la realidad actual. Lo ponemos de ejemplo para reforzar nuestra afirmación por la importancia que tiene, dado que se consiguió a través de la movilización y la organización al margen del poder político, no a través de la benevolencia de los poderes económicos y políticos. Sin embargo, a día de hoy es casi un lujo tener una jornada laboral de 8 horas al día y 40 horas semanales. Mirando la actualidad, aun siendo menos ambiciosos y algo posibilistas, ponemos de ejemplo el movimiento 15M, que consiguió despertar conciencias y fue germen de movimientos asamblearios como la Plataforma de Afectados por la Hipoteca (PAH), que ha logrado conquistas en respuesta a la violencia que ejercen los bancos contra los desahuciados, o la lucha feminista en torno a las movilizaciones del 8 de marzo, que ha subvertido el discurso dominante, ha visibilizado el problema real de la desigualdad de la mujer en el mundo laboral y la violencia social que ejerce la sociedad patriarcal, alterando las agendas de los partidos políticos.

Son este tipo de movilizaciones las que han conseguido y consiguen cambiar el panorama social. En el entorno laboral, la huelga es la mejor herramienta con la que contamos los trabajadores para conseguir mejoras o defender las condiciones laborales contra las agresiones de los empresarios, como fue el caso de la huelga de la Canadiense y la conquista de las 8 horas. Las organizaciones y las movilizaciones sociales al margen del poder político son las que han conseguido frenar la sangría de los desahucios, conquistar la dignidad de la mujer o contrarrestar el discurso del poder dominante. Y es importante señalarlo, dado que mientras estas movilizaciones ocurren, ningún partido ha hecho absolutamente nada por los derechos políticos y sociales de los trabajadores. Al contrario, han seguido legislando en contra. No se ha derogado la reforma laboral, no se ha derogado la ley mordaza, el sistema de pensiones se sigue tambaleando, se sigue fomentando la sanidad privada frente a la pública, se ha endurecido la Ley de Enjuiciamiento Civil, la Ley de Enjuiciamiento Criminal y el Código Penal en lo relativo a la ocupación para fomentar los desahucios exprés, y un largo etcétera.

No es nueva la clásica denuncia que hacemos los anarquistas contra el Estado. Pero, con los ejemplos que hemos aportado anteriormente, seguimos afirmando con rotundidad que el Estado solo legisla en beneficio de los intereses del poder económico. Un poder económico liberal que vive a costa del sudor de los trabajadores de todas las partes del mundo, que ha recibido una mejor educación en colegios de élite, que está organizado, que sabe cómo influir en las altas esferas políticas en pos de sus intereses y contra los intereses de los que realmente generamos la riqueza de la que gozan: de nosotros, los trabajadores.

A través de las elecciones y la democracia representativa, se legitima el engranaje de la dominación del poder político y económico, y el monopolio de la violencia. La historia nos demuestra que las conquistas sociales se han hecho y se hacen organizándonos, luchando en la calle, en los puestos de trabajo, en las aulas etc., y que ir de la mano del poder político y económico solo nos lleva a la pérdida de derechos, a la derrota y a la destrucción del planeta.

Discurso y poder. Nada existe fuera del discurso dominante.

Nada existe fuera del poder dominante. Los discursos, ya sean de los anarquistas o de cualquier otro movimiento social o ideología que pretenda superar el capitalismo, se marginan si están fuera del poder dominante.

En la televisión, la radio o la prensa escrita o digital hay un discurso de consenso que se repite continuamente en la totalidad de los medios. En las redes sociales, aunque una vez hubo un hueco donde pudo emerger un contradiscurso que ha tenido calado, este ya ha sido tumbado. Bulos y otras fake news financiadas por el poder económico propagan el racismo y el desconcierto, y desvían cualquier tipo de atención hacia el discurso del poder.

El discurso es mucho más potente y está mucho más desarrollado que hasta hace prácticamente medio siglo. Que el Estado ejerce el monopolio de la violencia no es algo que nos hayamos inventado de pronto los anarquistas, ya lo dicen diversos autores de la sociología clásica del siglo XIX. Pero a la hora de utilizar esta afirmación como argumento para mostrar las injusticias que hay detrás de cargas indiscriminadas y detenciones de manifestantes por derechos que son legítimos e incluso constitucionales, se nos degrada y desprecia prácticamente sin ningún argumento más allá de que están legitimados para ello porque les han votado. Y si intentas aun así justificar tu posición, se reforzarán, te señalarán como parte culpable de los problemas que nos azotan, te llamarán loco, te humillarán y despreciarán. Todo aquello que no forme parte de esta estructura de pensamiento y acción se categorizará de forma peyorativa, con toda la carga de prejuicios posible, y se excluirá. Esto es así porque a través de un conjunto de reglas inconscientes, el discurso determina los límites de nuestro pensamiento y nuestra acción. Así, está determinado desde el primer momento quién puede hablar y quién no.

Aun así, no creemos que la mejor forma de afrontar esta situación sea a través del aislamiento o de eslóganes vacíos. Creemos que se puede subvertir y superar el discurso dominante con ideas firmes y una práctica coherente con nuestra forma de pensar. Las elecciones les dan legitimidad dentro de las reglas del juego de la democracia representativa, pero una puesta en práctica firme y coherente durante el resto del tiempo es la clave para construir alternativas económicas socialistas, y conseguir la igualdad social.

Apoyo, poder y legitimidad: las elecciones.

Dentro de las reglas del juego de la democracia representativa, la legitimidad es crucial para que cierto partido puede ocupar el poder político. Durante el periodo histórico absolutista, y en España hasta no hace mucho tiempo, los monarcas (y Franco en España) encontraban la legitimidad en una divinidad, en Dios. Lo que hace dos o tres décadas llamaban “poder del pueblo”, es esa legitimidad que necesitan los partidos políticos para gobernar en los modernos Estados-nación. Es a través de ese apoyo que le dan los votantes en las elecciones, como pueden formular y ejecutar objetivos políticos. Da igual qué objetivos políticos sean. Los partidos forman programas para convencer al votante. Después del ritual, ya no necesitan justificarse ante sus votantes a la hora de ejercer políticas que atenten contra lo que una vez prometieron.

Para que acudamos a votar, existe una parte importante del discurso que viene determinada por el sentimentalismo. A través del proceso ritual que son las elecciones y la participación en ellas, las personas tejen vínculos emocionales decisivos con el Estado. Muchas personas pueden quejarse día tras día de la represión, las trabas burocráticas, etc., pero se sigue acudiendo a las urnas por ese vínculo emocional con el Estado, con la esperanza de que las cosas cambien, o no. Este vínculo con el Estado, este símbolo que es el hecho de votar, sacraliza la legitimidad del poder político.

Al margen de cualquier vínculo sentimental, el Estado es un conjunto de instituciones que se soportan mediante la legitimidad. A través de su simbología, se perpetúa en el tiempo. El poder económico sigue sosteniéndose a través del poder del Estado, del discurso, y del monopolio de la violencia. Los empresarios, para seguir anclados en el poder, invocan el nacionalismo y usan el racismo para dividir a la clase trabajadora mientras siguen viviendo del trabajo de todos nosotros.

Abstención o no, lo importante es la movilización.

Como anarquistas llamamos a la abstención activa. Esto es, a no participar en el ritual de la democracia representativa y a no olvidarnos de todo durante otros tantos años, hasta las próximas elecciones. Defendemos que las cosas cambian mediante la organización, la movilización y la subversión en todos los ámbitos económicos y sociales de nuestra vida. También somos realistas y conscientes de que las cosas no van a cambiar por no ir a votar un día, pero sí creemos que es necesaria la toma de conciencia de lo que pasa a nuestro alrededor, ya que es cosa de todos el acabar con las injusticias sociales y la desigualdad económica.

La concepción del Estado y la religión son muy similares. Es la cosmovisión de una realidad con la que nos han educado desde jóvenes. Son conceptos que suponen un dogma de fe, más allá de los que no podemos ver, dado que las cosas son así porque así están establecidas. Esto queda reforzado por unos patrones culturales heredado del concepto de Estado-nación nacido en el siglo XIX, que hacen que formemos parte de una ideología y un orden de sociedad establecido por el poder político y económico a lo largo de los siglos.

Nosotros los anarquistas somos contrarios a ese orden social en el que nos han enseñado a creer desde pequeños. Al contrario de lo que afirma el discurso dominante, no somos antisociales ni violentos; al contrario, defendemos el apoyo mutuo entre los seres humanos como el mejor mecanismo de lucha. Además, intentamos subvertir la economía capitalista desde sus cimientos y/o construir estructuras horizontales y federalistas para crear alternativas productivas socialistas. Son el Estado y el capitalismo quienes ejercen el monopolio de la violencia, fomentan conflictos armados, crean estructuras de desigualdad y dominación, y fomentan una concepción de la vida individualista, nihilista y destructiva, para sacar el mayor beneficio posible con el mínimo esfuerzo.

Para acabar con el paro y la precariedad laboral, para luchar contra la privatización de la sanidad y la educación, defender unas pensiones justas que vienen del trabajo realizado durante toda nuestra vida, acabar con las guerras que asolan el mundo, acabar con la deforestación y la destrucción del planeta, y, en definitiva, acabar con las desigualdades económicas y sociales que genera el Estado y el capitalismo, solo nos queda la organización, la movilización y el trabajo en positivo constante al margen de partidos políticos y estructuras del poder dominante.

Por la anarquía

«Está en la naturaleza del Estado el presentarse, tanto con relación a sí mismo como frente a sus súbditos, como el objeto absoluto. Servir a su prosperidad, a su grandeza, a su poder, esa es la virtud suprema del patriotismo. El Estado no reconoce otra, todo lo que le sirve es bueno, todo lo que es contrario a sus intereses es declarado criminal; tal es la moral de los Estados.

Es por eso que la moral política ha sido en todo tiempo, no solo extraña, sino absolutamente contraria a la moral humana. Esa contradicción es una consecuencia inevitable de su principio: el Estado se coloca como el todo; ignora el derecho de todo lo que, no siendo él mismo, se encuentra fuera de él, y cuando puede, sin peligro, lo viola. El Estado es la negación de la humanidad».1

Mijail Bakunin

1 Mijail Bakunin. Dios y el Estado. Ed. Terramar Ediciones. Pags. 119 – 120

Grupo Anarquista Tierra
Federación Anarquista Ibérica

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