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Cuestión de química

El debate sobre la utilización del armamento químico ocupa periódicamente el centro de la crónica internacional, y acumula una larga historia de sanciones, leyes y prohibiciones: las denominadas armas de destrucción masiva son consideradas demasiado crueles. Como si en la guerra pudieran existir sufrimientos inhumanos en contraposición a los sufrimientos convencionales necesarios.

Aunque las armas químicas se utilizan con frecuencia, ¿por qué se rechazan oficialmente?

La preocupación de las grandes potencias no es precisamente de naturaleza moral. Todos estos señores poseen arsenales llenos de sustancias químicas, nucleares y mortíferas de todo tipo.

Una serie de acuerdos internacionales, hasta llegar a la Convención de París de 1993, las han prohibido definitivamente. Muchos han objetado que el veto químico es inconsistente: se hace referencia a tal acuerdo principalmente como excusa para justificar ataques militares estratégicos. La propaganda aterroriza e insinúa escenarios apocalípticos: se debe intervenir por el bien de la población, porque está en juego la seguridad nacional o por la protección de las fronteras.

Los verdaderos plenos poderes para desencadenar la guerra deben permanecer en manos de cuatro o cinco potencias del mundo. Los reconocimientos políticos las legitiman como únicos árbitros de cómo, qué medios utilizar y cuándo comenzar la masacre. Las armas químicas son todavía bastante rudimentarias, tienen una discreta facilidad de producción y el coste es bajo. No es casualidad que se les llame “las nucleares de los pobres”. Una pequeña facción, no necesariamente ligada a un Estado en particular, puede utilizarlas. Tampoco es casualidad que incluso los Estados que ambicionan contar en los asuntos mundiales conviertan su riqueza en capacidad ofensiva, haciendo un amplio despliegue de tales instrumentos bélicos. Si bien la consistencia de los aparatos militares representa el grado de ferocidad y de hegemonía de una nación, es cierto que las guerras del tercer milenio se basan en operaciones militares específicas, estratégicas. Ya no existen los grandes ejércitos que se enfrentan en el campo de batalla. Bombas inteligentes, operaciones militares quirúrgicas, grupos especializados, esfuerzo tecnológico aeroespacial, terrorismo psicológico, en suma un complejo y sofisticado sistema de mando y control.

Tampoco para quien dispone de fuerzas y aparatos militares impresionantes y altamente tecnológicos resulta por ahora fácil controlar un ataque químico o acertar con las contramedidas. El comportamiento de una bomba química no es inteligente, solo es selectivo, contraviene los parámetros deseados en una perfecta gestión militar.

Ya sean armas vesicantes o gases nerviosos, todas tienen una limitación común: su eficacia depende de las condiciones atmosféricas. No solamente hay que tener en cuenta el viento, también es importante considerar la lluvia, la temperatura y la presión atmosférica, si hay nubes, si es de día o de noche. Otra característica fundamental es que todas las armas químicas son volátiles y más pesadas que el aire en el que se dispersan.

La lluvia de gas sarín tiende a caer sobre el suelo esparciéndose e infiltrándose por todas partes, y al permanecer sobre el terreno continúa su acción tóxica. Esto implica que quien haya utilizado tales agentes para conquistar cierto territorio se encontrará ocupando un terreno saturado y envenenado.

Respondemos a la pregunta del principio: No hay ninguna causa fácil de explicar, especialmente en un artículo breve.

Usar solo la clave de lectura económica resulta insatisfactorio e incompleto. Lo que parece prevalecer son varios elementos de estrategia geopolítica, convergencias e intereses múltiples y variables, una necesidad patológica de considerarse los mejores, la exigencia de las superpotencias de afirmar y confirmar un orden mundial que sobrepasa la mera intención de enriquecerse.

Parafraseando el título de una película de Billy Wilder, las guerras se combaten no por el dinero sino con el dinero.

Saltamontes

Publicado en el Periódico Anarquista Tierra y Libertad, Julio de 2018

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