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El voto y el sufragio universal

eleccionesEl “gobierno del pueblo”, vieja mentira. “Directo o indirecto, simple o compuesto, el gobierno del pueblo será siempre el escamoteo del pueblo. Es siempre el hombre que comanda al hombre; la ficción que hace violencia a la libertad; la fuerza bruta que dirime los conflictos en lugar de la justicia, que es la única capaz de resolverlos; la ambición perversa que se fabrica un trampolín con la abnegación y la credulidad.”

Proudhon: Idée générale de la révolution auXIXE siècle [1851]

EL VOTO Y EL SUFRAGIO UNIVERSAL

“¡Los anarquistas no votan!”

Con cierta frecuencia escuchamos esta afirmación.

¿Es verdadera?

EL VOTO

Veamos primero qué es votar.

I. El voto es un procedimiento que permite expresar una opinión o una voluntad. Según la etimología  latina, votum es el participio pasado de vovere: invocar (Littré), hacer voto de, dar o negar el propio voto. Votar es dar la propia voz al cabildo (en las antiguas cofradías religiosas). Se puede votar de diferentes modos, como por ejemplo por órdenes o por cabeza. El sufragio, o voto, es un método que sirve habitualmente para extraer una mayoría (relativa, simple, de 3/4, etc.) No tiene sentido más que en los casos en que se puede considerar que la existencia de una opinión mayoritaria es pertinente a la cuestión.

II. Votar, entonces, es dar una opinión (en sentido amplio) sobre algo o sobre alguien, en general para constituir una mayoría. Dar el propio voto puede servir en una deliberación o en una elección: en este último caso, esto permite elegir (las palabras electio y eligere significan elección y elegir) entre dos o varias personas que se postulan para un cargo institucional. También se puede utilizar el voto para eligere una estrategia o, mejor incluso, para afirmar o negar un punto de vista.

III. El voto sirve para delimitar una mayoría, es cierto, ¿pero para qué sirve una “mayoría”? Seguramente no para tener razón. Pero allí donde las opiniones divergen acerca de cuestiones de oportunidad o de táctica, allí donde los argumentos no son convincentes –e incluso, una vez más, no se trata de cuestiones de principios o valores– por ejemplo, para decidir qué día se lanza una huelga o para saber si se está o no de acuerdo para hacer un número especial de una revista, la decisión por mayoría se convierte en un  procedimiento útil.

IV. Para los anarquistas, entonces, es preciso considerar el voto en relación con la pertinencia de una mayoría.

Primero: La ley de la mayoría propia a la democracia directa o indirecta (fácilmente criticable y criticada a nivel de la filosofía política del anarquismo) no es una “ley” que se impone a los anarquistas: toda toma de decisión, todo compromiso debe ser libremente adquirido o aceptado.

Segundo: El libre acuerdo excluye la mayoría formal obtenida por un voto. Innumerables decisiones, situaciones, circunstancias, escapan al recurso a una mayoría cualquiera. La “mayoría” de personas, la mayoría en una asamblea, no conoce la verdad, ni puede pretender tener razón, no sabe ni mejor ni peor que yo, o que usted, o que ustedes, lo que es necesario hacer (se puede decir que una asamblea de sabios tiene la inteligencia del más débil de sus miembros).

Tercero: En materia de valores, de “principios”, de conocimientos, pedir que se tome una decisión “por mayoría” es una inepcia.

Me niego a participar en una votación en donde fuera necesario decidir si la libertad es preferible a la esclavitud, o si la teoría inmunológica de la “selección clonal” es verdadera.

Pero si se trata de encrucijadas estratégicas grupales, si es preciso emprender actividades comunes, si hace falta ponerse de acuerdo para elegir una orientación más que otra –y yo, como individuo, no pienso que esta elección afecte mis valores (mis principios)– puedo muy bien aceptar como método útil la participación en una decisión tomada por mayoría.

Corolario: en un grupo anarquista o en una asamblea, si en conjunto se decidió recurrir a una decisión por mayoría, y si personalmente acepto participar en la votación, entonces me atengo a la decisión mayoritaria (lo cual es una regla de responsabilidad ética).

¿El voto debe ser público o secreto? “Es un gran interrogante”, decía Montesquieu (véase El espíritu de las leyes, Libro II, 2) quien, al abordar el problema, se apoya en Cicerón. Éste escribe en el libro III de las Leyes: “Lo mejor es sufragar en voz alta; ¿pero se puede hacer que ésa sea la regla?”. Y agrega algunas líneas después: “nunca un pueblo libre sintió la necesidad” de una ley que estableciera el “escrutinio secreto”, aunque “la reclama con insistencia cuando está oprimido bajo el poder y la dominación de los grandes”.

Montesquieu aprueba: “Sin duda cuando el pueblo sufraga los sufragios deben ser públicos(1); y esto debe ser visto como una ley fundamental de la democracia”.

Pero ni Cicerón ni Montesquieu experimentan una fuerte pasión por la igualdad, y encuentran circunstancias atenuantes para todos aquellos que recurren al secreto. El voto secreto –creía Montesquieu– previene las intrigas cuando en una aristocracia el cuerpo de nobles debe sufragar, dado que “todo se hace por medio de intrigas y de cábala entre los grandes” (Lesage).

Por el contrario, Maquiavelo, espíritu avezado en estos asuntos, sabía que bajo la cobertura del secreto se tejen las facciones partidarias. En las Historias florentinas (Libro VII, II°), leemos, a propósito de Cosme de Médicis y Neri Capponi: “Neri era de los que habían conquistado su popularidad por caminos legales, de manera que tenía muchos amigos, pero pocos partidarios. Cosme... que había conquistado su popularidad tanto por vías secretas como a la luz del día, tenía amigos y partidarios a montones”.

En realidad, a lo largo de una historia que viene de tan lejos, el voto público o secreto fue acordado o instituido por reyes, tiranos u oligarquías dominantes en función de la oportunidad social o de la coyuntura política y –obviamente– de las relaciones de fuerzas. El grupo dominante, aristocrático u oligárquico, controla mejor desde el exterior una asamblea mediante el voto público (como recordaba Montesquieu: los treinta tiranos de Atenas quisieron que los sufragios de los Areopagitas fueran públicos, para dirigirlos según su capricho), y desde el interior mediante el voto secreto.

A mayor poder, secreto extremo: el Colegio Sacro se reúne en cónclave (cónclave = cerrado con llave) para elegir al Papa.

El movimiento progresista, socialista y obrero del siglo XIX se opuso en su origen al voto secreto, porque facilitaba la irresponsabilidad y la hipocresía. Y no lo admitió en sus propias asambleas, como continúan haciendo los anarquistas; pero frente a la conquista progresiva del sufragio llamado universal y frente a la realidad de la opresión, la miseria y la explotación, debió aceptar que el secreto del voto constituyera una protección para el obrero o el campesino que podía de este modo escapar al furor del patrón o del señor feudal cuando éstos encontraran el voto “descortés”.

En una asamblea el voto secreto permite disociar lo que se dice y lo que se hace, la opinión y la acción: dar la propia opinión en público según el buen criterio y la razón sensata, y votar bajo la protección del secreto según los intereses más inmediatos o las pasiones más inconfesables.

Para los débiles y los explotados, el voto secreto es una protección que les permite expresar una opinión que no están en medida de asumir. Para los libres e iguales, el voto secreto es un obstáculo que los obliga a contar con el recelo y la tartufería.

En dos palabras, el voto secreto es una necesidad para los oprimidos o los indefensos y un vicio de dogos y de papas.

En la democracia directa (al igual que en el agora de la polis, o en las reuniones de la ecclesia) la palabra era libre (parrhesia), e igualitaria (isegoria), al igual que en las asambleas sansculottes, o en el movimiento obrero revolucionario(2), se votaba públicamente, a mano alzada, frente a los otros, los iguales, los homoioi.

EL SUFRAGIO UNIVERSAL

“Si las elecciones sirvieran para cambiar algo,

estarían prohibidas.”

“¡Los anarquistas no votan!” Y es cierto, cuando de sufragio

universal se trata, los anarquistas predican la abstención

revolucionaria.

El anarquista se niega a valerse de la boleta electoral para cambiar algo o para participar de la expresión de “la voluntad del pueblo”, porque sabe que esas dos ilusiones son enormes engaños constitutivos de la democracia representativa.

La gente honesta y simple debería saberlo y no lo sabe. Un espíritu libre no puede dejar de sorprenderse viendo alrededor suyo que, incluso cuando se abusa de él y se lo engaña periódicamente, la confianza del elector sobrevive a las decepciones repetidas y a sus propias y cotidianas lamentaciones (Sébastien Faure), y, como un lamentable Sísifo, el elector continuará votando cuando el poder político le pida que lo haga.

Sabemos que nuestros argumentos son fuertes pero la razón no es suficiente. El hábito y la costumbre se imponen por sí mismas por la única razón de que el ciudadano los encuentra ya en el tejido social; los recibió al nacer, y seguirá la ley que el poder le dio.

“Entonces, las leyes, escribió Montaigne, mantienen su crédito no porque son justas sino porque son leyes. Éste es el fundamento místico de su autoridad; no tienen otro(3)”.

El régimen de representación parlamentario despoja al pueblo de su capacidad de hacer o de establecer sus propias normas. Ya durante la Revolución, en el origen de la República, la burguesía jacobina se opone al derecho de las secciones a tener asambleas permanentes. “Si las asambleas primarias –dice Robespierre– son convocadas para juzgar cuestiones de Estado, la Convención resultará destruida”. Palabras que suscitarán el siguiente comentario de Proudhon: “Está claro. Si el pueblo se convierte en legislador, ¿para qué sirven los representantes? Si gobierna por sí mismo, ¿para qué los ministros?(4)”.

Pero el gobierno es necesario, se nos dice, para mantener el orden en la sociedad y para asegurar la obediencia a la autoridad, incluso si ese orden y esa obediencia consagran “la subordinación del pobre al rico, del villano al noble, del trabajador al patrón, del laico al sacerdote”. En síntesis, el orden estatal es jerarquía social, la miseria para la mayoría, la opulencia para unos pocos.

La democracia representativa, que descansa sobre el sufragio universal, no puede más que confortar este orden. Bakunin pensaba que “el despotismo gubernamental no es nunca tan temible y tan violento como cuando se apoya sobre la pretendida representación de la pseudo voluntad del pueblo(5)”.

¿Pero por qué el sufragio universal no puede expresar más que una pseudo voluntad? Porque encierra tres ficciones, tres verdaderas “trampas para tontos”:

I. Un individuo (un ciudadano o ciudadana), un voto. La igualdad numérica de la institución colectiva que es el sufragio universal lleva a construir diversas unidades abstractas –mayoría, minoría, abstencionistas– a partir de un orden serial que separa y que aísla a los individuos concretos y reales. Esos individuos son los agentes de prácticas sociales diversas, integran grupos sociales, forman parte de una red de relaciones afectivas y cognitivas de trabajo y de ocio, y esos grupos arrastran enormes desigualdades frente al saber, las posibilidades de información, el dinero. La unidad abstracta y artificialmente construida que emana de las urnas sirve así solamente para desempatar, a menor costo que la lucha abierta, la confrontación entre los diferentes grupos políticos y económicos de la clase dominante en su lucha por controlar el gobierno, los partidos políticos, los mass-media, la circulación de capitales. Las oligarquías “representativas” que conocemos en el mundo industrializado bajo la denominación de “regímenes democráticos” se apoyan sobre esta pseudo voluntad popular –resultado de la igualación o uniformización impuesta en la abstracción numérica por medio del sufragio universal– para mantener la jerarquía social y la apropiación capitalista del trabajo colectivo.

II. La elección del elector recae, en la práctica, sobre candidatos seleccionados previamente por los partidos políticos. Esos candidatos –salvo en las elecciones municipales de ciudades pequeñas– ya han hecho, por las exigencias institucionales de esos mismos partidos, una larga carrera política; fueron preseleccionados, y no se ve de qué manera alguien rebelde o reacio franquee los primeros escalones de semejante camino y pueda continuar su carrera. Son los partidos los que eligen a los “representantes del pueblo”, y son ellos quienes solicitan a los electores sus votos. La voluntad del pueblo, una vez reducida a una unidad numérica –el pueblo no delibera y no decide, son sus pretendidos representantes que lo hacen por él– tiene, para expresarse, la posibilidad de optar en última instancia entre dos o tres personajes políticos, y elige, como se dice, el mal menor. Elegir el mal menor es, en buena lógica, elegir siempre el mal. ¿Y se puede hacer como si se creyera que eso es la voluntad del pueblo?

III. La representación que emana del sufragio universal es una delegación global del poder del elector (de su capacidad de decidir) sobre la persona del representante durante el tiempo del mandato. Ya se han olvidado las pretensiones de los miembros de las secciones de París en 1789, que ordenaban a sus delegados conformarse a las voluntades de las asambleas primarias. Se olvidó el mandato imperativo o controlado. Se olvidó la revocabilidad en todo momento del delegado. Las “asambleas primarias” pertenecerán de ahora en más a los partidos políticos (si se puede continuar llamando así a esas reuniones convocadas por los “caciques”).

El pueblo, considerado menor, está bajo tutela. Eligió su amo. Y se calla la boca hasta la próxima convocatoria del poder político.

Se llama democracia representativa o indirecta a esta institución en la cual la voluntad del pueblo fue escamoteada por la alquimia del sufragio universal.

El anarquista no quiere actuar en la comedia. No se pliega frente a la autoridad institucional.

“¡Los anarquistas no votan!”
Colombo, Eduardo - La voluntad del pueblo: Democracia y anarquía.

NOTAS

1 En Atenas, se levantaban las manos.

2 Véase mi escrito “De la polis et de l’espace social plébeien”. [En español: El espacio político de la anarquía, op. cit.]

3 Montaigne, Ensayos, III, XIII, “De la experiencia”. [Existen varias ediciones en español.]

4 Pierre-Joseph Proudhon, Idée générale de la révolution au XIXe siècle, París, Édition de la Fédération Anarchiste Française, 1979, pág. 119.

5 Mijail Bakunin, Étatisme et anarchie. OEuvres complètes, París, Champ libre, 1976, vol. IV, pág. 221. [Edición en español, Estatismo y anarquía, Utopía Libertaria, 2004.]

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