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Sindicalismo y anarquismo (1925) - Malatesta y López Arango

En 1925, Errico Malatesta escribía para Pensiero e Volontà sobre la actitud de los anarquistas hacia el sindicalismo. Un par de meses más tarde Emilio López Arango respondía a las opiniones de, en sus palabras, el "viejo maestro" en el Suplemento La Protesta de Buenos Aires. Reproducimos aquí ambos textos igualmente titulados: primero, Malatesta; luego, López Arango.

* La "nota final" de Malatesta a la que se refiere López Arango en su artículo no aparece en el texto disponible y puede haber sido reproducida originalmente en el periódico. 

** Gran parte del texto de Malatesta aparece en la compilación de Vernon Richards, "Malatesta, pensamiento y acción revolucionarios" (pág. 119-122), pero hemos completado y corregido la traducción por no corresponder fielmente a la versión de "The Method of Freedom: An Errico Malatesta Reader" y puesto que varias frases de esa primera traducción parecen desorientar el sentido del texto.

Transcripción, traducción, revisión y edición: @rebeldealegre

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Sindicalismo y Anarquismo - Malatesta1

El tema de la relación entre el movimiento obrero y los partidos progresivos es antiguo e interminable. Este asunto aun es, sin embargo, y seguirá siendo de interés mientras exista, por un lado, una gran porción de las masas atormentadas por necesidades insatisfechas e incitada por aspiraciones, a ratos ardientes, pero siempre vagas e indefinidas, a una mejor vida, y, por otro, personas y partidos políticos que, teniendo una visión particular de una mejor forma de sociedad y de los mejores medios para establecerla, se esfuerzan por obtener el consentimiento de las masas, cuyo apoyo es necesario para la realización de sus proyectos. Este tema es de mayor importancia todavía ahora que, tras las catástrofes traídas por la guerra y sus secuelas, todos se preparan, aunque sea sólo espiritualmente, para un resurgimiento de la actividad que ha de seguir a la caída de tiranías aún beligerantes aunque ya inestables.2

Es por esto que trataré de mostrar con claridad cuál, en mi opinión, debiese ser la actitud de los anarquistas hacia las organizaciones obreras.

Yo no creo que, hoy, exista aún entre nosotros alguien que niegue la utilidad y necesidad de la organización obrera como un medio de mejoramiento material y moral de las masas, como un fértil campo para la propaganda y como una fuerza indispensable para la transformación social a la que apuntamos. Ya nadie duda de la importancia de la organización obrera, que nos importa a nosotros los anarquistas más que a nadie, pues nosotros creemos que el nuevo orden social no debe y no puede ser impuesto a la fuerza por un nuevo gobierno, sino que debe necesariamente resultar del esfuerzo libre y concertado de todos. Más aún, el movimiento obrero es hoy un hecho poderosa y universalmente establecido; luchar contra él sería darle la mano a los opresores, ignorarlo sería quedarse fuera de la vida del pueblo y condenarse por siempre a la impotencia.

Aún así, aunque todos, o casi todos, concordamos en cuanto a la utilidad y necesidad de que los anarquistas asuman una parte activa en el movimiento obrero, actuando de iniciadores y de soporte, sin embargo, no concordamos en cuanto a la forma, las condiciones y los límites de dicha participación.

Muchos compañeros aspiran a fusionar el movimiento obrero y el movimiento anarquista; y donde pueden, como por ejemplo en España y en la Argentina e incluso un poco en Italia, en Francia, en Alemania, etcétera, intentan dar a las organizaciones obreras un programa netamente anarquista. Son los compañeros que se denominan “anarco–sindicalistas”, o aquellos que, uniéndose con otros que en realidad no son anarquistas, toman el nombre de “sindicalistas revolucionarios”.

Es necesario explicar qué se entiende por “sindicalismo”.

Si se trata de la "sociedad futura" deseada, es decir, si por "sindicalismo" se entiende la forma de organización social que ha de sustituir a la sociedad capitalista y al Estado, entonces, o "sindicalismo" es lo mismo que "anarquía", y no es más que una palabra que confunde, o es algo distinto a la "anarquía" y, por esta misma razón, no puede ser aceptado por los anarquistas. De hecho, entre las diversas ideas y planes respecto a la sociedad futura, como son expuestas por este o aquel sindicalista, hay algunas ideas y planes auténticamente anarquistas, pero otras están simplemente duplicando, bajo distintos nombres y con distintas modalidades, la misma estructura autoritaria que hoy causa los males que deploramos; y, por lo tanto, no tienen nada que ver con la "anarquía".

Pero no pretendo ocuparme aquí del sindicalismo como sistema social, puesto que, como tal, no puede tener valor en determinar la acción actual de los anarquistas respecto al movimiento obrero.

De lo que nos ocupamos aquí, es del movimiento obrero bajo un Estado y un régimen capitalista; y, bajo el nombre de "sindicalismo" se incluyen todas las organizaciones obreras, todos los sindicatos creados para resistir a la opresión de los patrones y disminuir o, si es posible, acabar con la explotación del trabajo humano por parte de quienes detentan las materias primas y los instrumentos de trabajo. 

Ahora bien, yo digo que esas organizaciones no pueden ser anárquicas y que no es correcto pretender que lo sean, porque si así fuese no servirían a su fin y ya no podrían utilizarse para los fines que los anarquistas tienen al participar en ellos.

Los sindicatos están hechos para defender, hoy, los intereses actuales de los trabajadores y para mejorar su situación tanto como sea posible hasta que estén en condiciones de hacer la revolución social que transformará a los actuales esclavos del salario en trabajadores libres, libremente asociados en beneficio de todos.

Para que el sindicato pueda servir a su propio fin y, al mismo tiempo, ser un medio de educación y un campo de propaganda que tienda a causar una transformación social futura radical, es necesario que incluya a todos los trabajadores, o por lo menos a todos los que aspiren a mejorar sus condiciones de vida y que les permita ofrecer alguna forma de resistencia contra los patrones.

¿Hemos de esperar a que todos los trabajadores se vuelvan anarquistas antes de invitarlos a organizarse y antes de aceptarlos como miembros de las organizaciones, invirtiendo así el orden natural de la propaganda y del desarrollo psicológico de los individuos — organizando la resistencia cuando la resistencia ya no es necesaria, porque las masas serían ya capaces de hacer la revolución? 

En este caso un sindicato sería lo mismo que un grupo anarquista y seguiría sin poder ya sea obtener mejores condiciones ni de llevar a cabo la revolución. ¿O queremos un programa anarquista escrito en papel y estar satisfechos con una adhesión formal e inconsciente a sus principios, y reunir así gente que seguiría como un rebaño a los organizadores, dispuesto a dispersarse o pasarse al enemigo cuando surja la primera ocasión de mostrar que son anarquistas en serio?

El sindicalismo (me refiero al "sindicalismo práctico" y no al "sindicalismo teórico", del que cada uno tiene una concepción distinta) es reformista por su misma naturaleza. Todo lo que se puede esperar de él es que las reformas que pretende y consigue sean tales y que las obtenga de modo que sirvan para la educación y la preparación revolucionaria y dejen la puerta abierta a demandas cada vez mayores.

Toda fusión o confusión entre el movimiento anarquista y revolucionario y el movimiento sindicalista resulta en volver impotente al sindicato para su finalidad específica, o en atenuar, falsear y aniquilar el espíritu del anarquismo.

Un sindicato puede fundarse con un programa socialista, revolucionario o anarquista y, de hecho, las diversas organizaciones obreras generalmente nacen con esos programas. Pero permanecen fieles al programa mientras sean débiles e impotentes, es decir, mientras sean grupos de propaganda iniciados y animados por unos pocos individuos entusiastas y convencidos en vez de organismos aptos para una acción eficaz. Luego, a medida que logran atraer a las masas a su seno y adquirir la fuerza suficiente para exigir e imponer mejoramientos, el programa original se transforma en una fórmula vacía de la cual ya nadie se preocupa; las tácticas se adaptan a las necesidades contingentes, y los entusiastas de la primera hora se adaptan ellos mismos o deben ceder su lugar a los hombres “prácticos”, que se preocupan del hoy sin que les interese el mañana.

Ciertamente, hay compañeros que, aun estando en las primeras filas del movimiento sindical siguen siendo sincera y entusiastamente anarquistas. Así como hay organizaciones obreras que se inspiran en las ideas anarquistas. Pero sería una crítica demasiado fácil ir buscando los mil casos en que aquellos hombres y organizaciones actúan, en la práctica cotidiana, en contradicción con las ideas anarquistas. Una necesidad lamentable, ¡lo admitimos! No puede uno actuar puramente como anarquista cuando se está obligado a negociar con los patrones y las autoridades; no puede uno dejar que las masas procedan por sí mismas cuando se rehúsan a hacerlo y piden, exigen jefes. Pero ¿por qué confundir el anarquismo con lo que no es anarquismo; y por qué asumir nosotros, en cuanto anarquistas, la responsabilidad de los compromisos vueltos necesarios justamente por el hecho de que la masa no es anarquista ni siquiera aunque haya escrito un programa anarquista en la creación de sus organizaciones?

* * *

A mi parecer los anarquistas no debiesen querer que los sindicatos sean anarquistas; pero deben actuar en su seno en favor de los fines anarquistas, como individuos, como grupos y como federaciones de grupos. De la misma manera en que existen, o en que deberían existir grupos de estudio y de discusión, grupos para la propaganda escrita u oral en medio del público, grupos cooperativos, grupos que actúan en las oficinas, en el campo, en los cuarteles, en las escuelas, etcétera, también se deberían formar grupos especiales en las diversas organizaciones interesadas en la lucha de clases.

Naturalmente, el ideal sería que todos fueran anarquistas y que las organizaciones funcionaran de una manera anárquica; pero está claro que entonces no sería necesario organizarse para la lucha contra los patrones, porque ya no los habría. Vistas las circunstancias tal cual son, visto el grado de desarrollo de las masas en medio de las cuales se trabaja, los grupos anarquistas no deberían pretender que las organizaciones actuaran como si fueran anarquistas, sino que deberían esforzarse para que éstas se aproximaran lo más posible a la táctica anarquista. Si, por el bien de la vida y las necesidades de la organización, encuentran que es realmente necesario transigir, ceder, y tener contacto impuro con la autoridad y con los patrones, que así se haga; pero que lo hagan otros y no los anarquistas, cuya misión es la de mostrar las insuficiencias y la precariedad de todas las mejoras que se pueden obtener en el régimen capitalista y de impulsar a la lucha hacia soluciones cada vez más radicales.

Los anarquistas en los sindicatos deberían luchar para que éstos permanezcan abiertos a todos los trabajadores, cualquiera sea su opinión y partido, con la sola condición de la solidaridad en la lucha contra los patrones. Los anarquistas debiesen oponerse al estrecho espíritu corporativo y a cualquier pretensión de monopolizar las organizaciones y el trabajo. Debiesen prevenir que los miembros de los sindicatos sirvan de instrumentos en manos de los políticos para fines electorales u otros propósitos autoritarios; debiesen predicar y practicar la acción directa, la descentralización, la autonomía, la libre iniciativa; debiesen esforzarse por que los miembros de los sindicatos participen directamente en la vida de las organizaciones sin necesidad de líderes ni de funcionarios
permanentes.

Debiesen, en síntesis, seguir siendo anarquistas, mantenerse siempre en contacto con los anarquistas y recordar que las organizaciones obreras no constituyen el fin sino simplemente uno de varios medios, por importante que sea, para preparar el advenimiento de la anarquía.

Notas:

1 The Road to Freedom (Stelton, NJ) 1, no. 12 (octubre de 1925). Originalmente publicado como "Sindacalismo e anarchismo", Pensiero e Volontà (Roma) 2, no. 6 (16 de abril-16 de mayo de 1925). Al castellano: traducción completada y revisada desde "Malatesta, pensamiento y acción revolucionarios" (Vernon Richards, p. 19-122)

2 Se ha de recordar que Malatesta escribe bajo el yugo del fascismo. Varios de los números anteriores del periódico habían sido incautados. Por ende está forzado a usar un lenguaje vago y evitar toda referencia directa al fascismo. 

Sindicalismo y Anarquismo - López Arango

Suplemento semanal La Protesta, 13 de julio de 1925

Traducido de Pensiero e Volontá, de Roma, se publicó en estas mismas columnas un artículo del compañero Malatesta que trata de la relación, que en la teoría y en los hechos, pueda existir dentro del anarquismo y el sindicalismo. El referido camarada plantea una cuestión de contrasentido entre esos dos términos, explica a su modo la función del movimiento obrero y la actividad de los anarquistas fuera y dentro de los sindicatos y, en una nota final, sutiliza sobre palabras que dice haber recogido de La Protesta. El artículo de Malatesta generaliza sobre un problema aun no suficientemente discutido y aclarado.

Expone su punto de vista, que nos merece el mayor de los respetos, a pesar de no compartirlo, ofreciéndonos algunas sugestiones que nos apresuramos a recoger con la intención única de esbozar a la vez nuestra tesis sobre el mismo asunto. Pero la nota que agregó al final de su artículo el compañero Malatesta, nos obliga a aclarar el valor de algunas palabras que posiblemente tengan distinto sentido en Italia y en la Argentina, ya que ciertos términos muy en boga ahora se prestan a frecuentes y lamentables confusiones.

Cuando nosotros nos referimos a la labor culturalista del anarquismo político, no queremos decir que las organizaciones anarquistas específicas (como la italiana y, la francesa, por ejemplo) se limiten a realizar propaganda por medio del libro, el folleto y el periódico, o a conquistar prosélitos dando conferencias en los centros de estudios sociales, ateneos, etc. Tampoco incurrimos en el error de atribuir a esos militantes la intención de esperar capacitar antes a todos los obreros para que la revolución social sea posible.

Señalamos, sí, la existencia de un movimiento cultural diluido en el ambiente, impreciso en sus formas de actividad, con tendencia a abarcar a todo el conjunto humano con los ideales redentores. Y como no creemos en la eficacia de ese medio, que por su misma imprecisión pasa desapercibido para los mismos trabajadores, oponemos la propaganda sistemática en los sindicatos y el objetivo anarquista en las organizaciones económicas que Malatesta y otros compañeros consideran como campo neutral en la lucha de tendencias que dividen al proletariado. De esta interpretación del movimiento obrero, particularmente sostenida por nosotros en este país, deduce Malatesta que nuestra oposición al anarquismo político — de partido o de centro cultural— se inspira en el punto de vista anarcosindicalista. Y he ahí precisamente su error. El anarcosindicalismo, aun aceptado como una conjunción de las tendencias anarquistas y sindicalistas, es un producto híbrido de este período confuso.

Disfraza ese compuesto gramatical, la vieja tendencia reformista aplicada al movimiento obrero, y es, en cierto modo el fruto de la prédica de los defensores de la neutralidad ideológica en los sindicatos. Y, sin que esto sea una ofensa para el viejo maestro, declaramos que Malatesta como Fabbri — el teórico de la unidad de clases y de la prescindencia doctrinaria en el movimiento obrero — está más cerca que nosotros del anarco-sindicalismo. 

Las palabras no tienen el mismo valor de expresión en todas partes, máxime cuando se trata de rótulos agregados como una novedad a viejas teorías. En Alemania, por ejemplo, el anarcosindicalismo constituye una forma de expresión nueva: es, según Rocker, el sustantivo de la tendencia revolucionaria, lindante con el anarquismo, difundida después de la guerra en los medios obreros para oponer nuevas tácticas de lucha y nuevas conclusiones teóricas a la social-democracia y buscar, en consecuencia, el medio de provocar la quiebra de las organizaciones centrales del proletariado alemán. Pero en los países latinos, de tradición libertaria y federalista, donde la palabra anarquía no causa espanto a nadie, ¿qué necesidad hay de emplear esa etiqueta ambigua? Definidos teóricamente el anarquismo y el sindicalismo, su unión no es posible ni en las palabras. De ahí que únicamente interese a los partidarios de la neutralidad doctrinaria, a los sindicalistas llamados apolíticos y a los que desenvuelven sus actividades en dos planos distintos: en los sindicatos, como asalariados, y en los partidos, como adeptos de una determinada creencia social o política. 

Nosotros, como ya hemos dicho, estamos muy lejos de esa tendencia que ahora rotulan anarco-sindicalista. Hemos definido nuestra propia situación en el movimiento obrero, no porque eso nos imponga nuestra condición de trabajadores — por el vínculo económico que señala Fabbri como imprescindible para asegurar el éxito de las organizaciones proletarias y evitar el quebrantamiento de la unidad de clase —, sino porque en los sindicatos hemos visto un medio eficaz de propaganda, y la práctica de las luchas diarias nos demuestra que no es posible capacitar al proletariado desde un plano situado al margen o por encima del mismo proletariado. El anarcosindicalismo pretende ser una teoría revolucionaria situada entre el reformismo sindical y el anarquismo doctrinalista; toma del primero los medios de acción, directos o indirectos según los casos, se apropia de sus prácticas corporativistas, de sus fórmulas económicas, conformándose con adornarse con las palabras del segundo, tanto más sugestivas cuanto más empíricas sean. Y el "compuesto" resulta una verdadera ensalada rusa: algo que tiene apariencias apetitosas, pero que a la postre resulta difícil de digerir.

Podrá alegar Malatesta, y con él todos los defensores del anarquismo político — de las organizaciones específicas, al margen del movimiento obrero y en oposición a los partidos electorales— que la aceptación del rótulo anarquista en los sindicatos supone el embanderamiento en una tendencia exclusivista y que por ser tal rechaza a los que previamente no acaten su programa. Pero esa imposición, que por otra parte se manifiesta en todos los órdenes de la actividad humana, a pesar de nuestras prédicas libertarias, no ejerce en el movimiento obrero funciones violentas. Nosotros no forzamos a los obreros de un oficio o de una industria, por el hecho de tener idénticos intereses como asalariados, a plegarse a nuestras organizaciones. Preferimos prescindir del vínculo de clase para unir a los trabajadores de acuerdo con sus ideas. De ahí que propiciemos la división de las corporaciones improvisadas sobre bases económicas y sometidas a una rígida disciplina, organizando en su lugar tantos movimientos obreros como tendencias dividen al proletariado. No hay nada más absurdo que la unidad de clase, propiciada por los partidos políticos para consolidar su propio poder sobre los trabajadores. Sin participar de esos propósitos, por una falsa interpretación del movimiento obrero —según nuestro modo de ver — Malatesta y Fabbri propician también esa unidad, y, para dar el ejemplo, comienzan por renunciar a toda propaganda que responda a fines escisionistas.

Al obrar así, Malatesta y Fabbri se reconcilian con su propio pensamiento. No podían seguir sosteniéndose en la posición contradictoria, de una falsedad evidente, que mantuvieron en los últimos años. Si propiciaban la neutralidad doctrinaria en los sindicatos y la unidad de clase como medio para hacer posible toda acción de conjunto contra la burguesía, no era lógico que al mismo tiempo apoyaran a la Unión Sindical Italiana, producto de la escisión, como entidad proletaria opuesta a la C.G.T., que además de contar en su seno con la mayoría de los trabajadores organizados representa el papel de campo neutral abierto a todas las tendencias... a condición de que las no oficiales acepten el programa de la camarilla dirigente. En realidad, es el anarquismo político el que propicia la conjunción de esos dos términos antitéticos "anarcosindicalismo", que nada expresan como doctrina, pese a los esfuerzos de ciertos teorizadores de la ambigüedad. ¿Acaso necesitamos nosotros unir esas dos palabras para calificar nuestra conducta de militantes y exponer la orientación del movimiento que impulsamos dentro del conjunto proletario? No sostenemos el equívoco de los que son anarquistas en el partido o en el grupo y sindicalistas en el sindicato. De la misma manera que rechazamos las subdivisiones que especifican una especialidad de la propaganda: la de los antimilitaristas, de los racionalistas, de los antialcoholistas, de los vegetarianos, de los esperantistas, etc., etc., y creemos que el anarquismo es uno solo en toda la infinita variedad de actividades revolucionarias, así combatimos la caprichosa división de los anarquistas en el campo económico y en el terreno político. Y no damos valor al alegato de los que, para justificar su especialidad declaran que las demás especialidades son erróneas o peligrosos semilleros de corrupción.

Se nos dice que el sindicato es, por su naturaleza, reformista. Pero es necesario explicar el alcance de esa palabra. La conquista de mejoras económicas, la diaria lucha contra el capitalismo, la resistencia a los abusos del poder, ¿es labor de reformistas? ¿Supone el deseo de conquistar algo que quede definitivamente consagrado por las leyes, en oposición a futuras conquistas? En la esfera del salario, toda conquista es transitoria, perecedera, puesto que está sujeta a contingencias económicas que no puede regular el mismo capitalista. En consecuencia, no hay reforma legal, sino modificación constante en el valor de los medios de cambio y en la equivalencia del trabajo que el obrero realiza, cuyo trabajo mide la burguesía con su cartabón económico.

Esa misma acción defensiva la realizan los partidos políticos en la esfera parlamentaria, dando a la reforma su verdadera expresión. Y el anarquismo político, aun cuando prescinda del parlamento y repudie la acción reformista de los grupos electorales no hace otra cosa que propiciar esos cambios en las condiciones económicas del pueblo cuando interviene en protestas contra la carestía de la vida o inicia una agitación popular tendiente a poner freno a la explotación del capitalismo. He ahí la relación que existe, en el terreno económico, entre la acción sindical y la propaganda anarquista que se inspira en mejoramientos transitorios. Todo depende, pues, de la forma en que esa lucha sea llevada a cabo. Los anarquistas que militan en los sindicatos, si saben obrar como tales y ejercen una influencia efectiva sobre sus camaradas de trabajo (¿también será perniciosa esa dictadura moral?) pueden impedir que muchas huelgas se solucionen en las oficinas gubernamentales y en las antesalas de los ministerios. Y esa sola labor, con ser de relativa importancia contribuye a combatir la fe en la legalidad y el culto a la política, que son los verdaderos fundamentos del reformismo.

Toda la propaganda revolucionaria hecha en un período no revolucionario, se inspira en propósitos inmediatos, que bien se pueden incluir en cualquier programa de reformas sociales. Pero lo que nos interesa a nosotros no es el objeto que persigue el proletariado con sus protestas y con sus acciones, pacíficas o violentas, sino la forma en que expresa su descontento contra las injusticias y los crímenes del capitalismo y el Estado y los medios de que se vale para asegurar sus propias conquistas. ¿No es absurdo pretender restablecer una equivalencia de actuaciones entre el político que aspira a la reforma del régimen social mediante leyes protectoras, y el anarquista que propicia una huelga para conquistar una mejora que contradice la legislación más avanzada y está en oposición a los planes del reformismo parlamentario? Mientras la revolución social no sea un hecho los trabajadores se verán obligados a defenderse del capitalismo mediante sus armas específicas de lucha: la huelga, el sabotaje, el boicot, etcétera. Será esa una labor reformista, fácilmente aprovechable para los partidos políticos avanzados, pero la cuestión reside en impedir que los sindicatos legislen sobre el trabajo, legalizando esa reforma, que no otra cosa es lo que persiguen los defensores de la fórmula: "todo el poder a los sindicatos" y los marxistas disfrazados con la etiqueta "anarco-sindicalista".

Lo que interesa es discutir si los sindicatos, como arma de defensa del proletariado, pueden ofrecer un amplio campo de acción a los anarquistas. Nosotros sostenemos que sí, y al afirmar esto nos atenemos a la experiencia de nuestro movimiento. Dentro de los cuadros de la F.O.R.A. la propaganda del anarquismo se desarrolla sin ningún impedimento. Y esa es una conquista más importante que todas las que se puedan realizar fuera de la esfera proletaria, en ambientes poco propicios a la difusión de ideas redentoras.

Si el anarquismo no tiene en el movimiento obrero una de sus formas más lógicas de expresión — la base principal de su actividad revolucionaria — ¿sobre qué base podemos propiciar el triunfo de la revolución y de la anarquía? Malatesta considera que los sindicatos pueden ejercer una función reformista, pero que no sirven como elementos de capacitación ideológica del proletariado. Sostiene también la necesidad del sindicalismo para hacer frente a la burguesía, recomendando a los anarquistas que aporten sus energías a esa acción defensiva de la clase trabajadora. Nosotros en cambio, sin atribuir a los sindicatos funciones post-revolucionarias, ni empeñarnos en improvisar organizaciones económicas que suplan a los órganos capitalistas después de la liquidación del régimen presente, entendemos que el sindicato ofrece a los anarquistas un excelente medio para propagar sus ideas y oponerlas a las tendencias autoritarias que prevalecen en el movimiento obrero de la mayoría de los países.

El tema se presta a muchas otras consideraciones.. Pero las dejaremos para mejor ocasión, puesto que este artículo se hace ya demasiado extenso.

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