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Revolución Española

Casas ViejasInsurrección! La libertad se comparte como el pan con los cercanos y se arroja al viento cual semillas.

Colectivización! Campesinos españoles “insultando” a los Estados: lo suyo es nuestro, lo mío es vuestro!

No van a pasar!... y no pudieron. De este lado de la puerta una síntesis del mundo anhelado, pensado y defendido; padre, hijo, nuera, vecino… Del otro, el viejo mundo, desafiado, encolerizado, con toda su debilidad y cobardía al descubierto.

No entra la Autoridad, no entra la conveniencia por donde pudo salir una bala.

Seisdedos. Revolucionario, testarudo, anarquista. Solo un hombre. Pequeño; gigante; como tantos otros que nos dan la mano, atravesando los tiempos nos hacen llegar una caricia, un cobijo compañero para los tiempos fríos.

Casas Viejas, uno de los precedentes de toda España 1936…

Donde mayor repercusión alcanzaría la insurrección anarquista de enero de 1933, sería, paradójicamente, en esta aldea gaditana, pedanía de Medina Sidonia, poblada por unas tres mil personas, en su mayoría jornaleros reducidos a la miseria. En ella había penetrado, como en el resto de Andalucía, el viento libertario que conmovía la atmósfera española en los años anteriores a la Guerra Civil.

El 11 de enero de 1933, al tener noticia del estallido insurreccional en Cataluña, Aragón y Valencia, un puñado de campesinos anarquistas y anarcosindicalistas que no superaría las treinta personas se aprestó a poner en práctica el plan de rebelión acordado días antes en Jerez: cortaron las líneas telefónicas y telegráficas (lo que les dejó aislados) y abrieron zanjas en la carretera para cortar las comunicaciones con Cádiz y Jerez. Armados con palos y escopetas, se reunieron en la plaza del pueblo, proclamaron el comunismo libertario, destituyeron al alcalde pedáneo e instaron a no resistirse a los cuatro guardias civiles que había en el pueblo. El sargento de la Guardia Civil se negó a entregar el cuartel, proclamando que prefería morir en defensa de la República. Entonces se produjeron los primeros intercambios de disparos. Mientras tenían lugar estas escaramuzas, los insurrectos se pertrecharon con las armas de fuego que pudieron encontrar en el ayuntamiento y procedieron a la quema de los archivos municipales (donde se guardaban los títulos de propiedad de la tierra) y de la caseta de arbitrios. De inmediato y según el plan convenido, comenzaron a organizar el racionamiento de los víveres mediante el reparto de vales. La población civil no recibió ningún daño, ni siquiera los pocos labradores propietarios y terratenientes que habitaban en el pueblo (aunque parece que alguno de éstos abrió fuego contra los rebeldes).

Alrededor de las cinco de la tarde de ese mismo día entraron en Casas Viejas los primeros refuerzos, formados por doce guardias de asalto y cuatro guardias civiles a las órdenes del teniente Fernández Artal. Éste ordenó a la gente que se dispersara y que volviera a sus quehaceres, asegurando que se había restablecido el orden. Se inició entonces el registro de las casas en busca de los insurrectos, quienes, en su mayoría, se habían recluído en el monte. Los guardias se apresuraron a retirar la bandera rojinegra del balcón del sindicato y del ayuntamiento, que sustituyeron por la republicana. En el transcurso de este primer registro los guardias de asalto mataron a tiros a un anciano de ochenta y tres años e hirieron a otros dos campesinos. Se produjo entonces la primera detención, la del sindicalista Manuel Quijada Pino, al que se acusó de haber disparado contra el cuartel de la Guardia Civil (en las horas siguientes Quijada fue asesinado por los guardias de asalto).Con el detenido maniatado, los guardias se dirigieron a la choza de

Juan Silva, apodado Seisdedos, carbonero y militante anarquista de más de sesenta años que había tomado parte en la insurrección. Junto al Seisdedos, se encontraban en el interior de la choza sus hijos, Pedro, Francisco y María Cruz, llamada La Libertaria, su nuera Josefa Franco, sus dos nietos de corta edad y dos vecinos, Francisco Lugo y su hija Manuela. Los guardias de asalto trataron de forzar la entrada de la choza. Dos disparos a bocajarro hechos desde el interior mataron a uno de los guardias e hirieron a otro, cuyo cuerpo cayó dentro de la corraliza, mientras sus compañeros corrían a parapetarse detrás de una tapia cercana. Los guardias conminaron a los de dentro a salir con los brazos en alto. De nuevo se produjeron disparos, de los que resultó herido otro guardia. El teniente Fernández Artal envió entonces a Manuel Quijada para que parlamentara con los de la choza, haciéndoles saber que no tenían escapatoria. Sin éxito. Hasta la diez de la noche no se produjeron nuevos incidentes. A esa hora entraron en Casas Viejas más efectivos de la guardia de asalto procedentes de Cádiz y pertrechados con bombas de mano y una ametralladora. Los de la choza volvieron a abrir fuego, a bulto seguro, hiriendo a otros dos guardias. La caída de la noche y la falta de órdenes hizo que el teniente al mando decidiera posponer el asalto hasta el amanecer del día 12.

En torno a las dos de la madrugada llegaron nuevos efectivos de guardias de asalto, al mando del capitán Rojas, quien llevaba órdenes contundentes de la Dirección de Seguridad de "arrasar" la choza donde se habían refugiado los insurrectos. Rojas ordenó que se emplearan trapos y pelotas de algodón empapadas en gasolina para incendiar la choza lindante con la del Seisdedos. El fuego se extendió rápidamente a ésta, cuya techumbre era de paja. De ella salieron entonces María Cruz Silva, los dos niños y otras dos personas que fueron de inmediato abatidas por las ráfagas de la ametralladora. María Cruz Silva consiguió escapar corriendo, al igual que, al parecer, los niños. Los guardias rescataron a su compañero herido que había quedado tendido en el corral de la choza y se replegaron hacia la plaza, mientras las llamas consumían la choza y a sus ocupantes.

Al amanecer, el capitán desplegó a sus hombres por todo el pueblo y dio orden de emprender el registro de las casas, de detener a todos aquéllos que tuvieran armas escondidas y de disparar contra quienes se resistieran o se negaran a abrir sus puertas. Fueron arrestados catorce jóvenes, a pesar de que en ese momento, según todos los indicios, los implicados en la insurrección se habían ido a los campos. Los detenidos fueron fusilados.

Ganar la guerra

Cuanto pensamos -y hasta dónde hoy es posible escribirlo- es para ganar la guerra. Perderla es morir. Pero hay algo más aún: ganarla contra nosotros como anarquistas, es suicidarnos. Al frente o atrás, en el posibilismo político o en la posibilidad revolucionaria, hay igual amenaza: la muerte.

Ni suicidas ni mártires, miramos la disyuntiva serenamente. Sin fanatismo ni miedo. Y vemos que la salvación está en nosotros. No la física, que en la guerra es problemática; la moral, que es la vida para siempre.

Y nos quedamos con ésta. No para perder la guerra, si no se puede ganar para la anarquía; esto es estúpido y puede ser también cobarde. Para perderla o ganarla fieles a nuestro anarquismo; esto es coherencia y coraje. La realidad extraída de todas las realidades que nos han dado a elegir los que se dicen realistas.

Ganar la guerra desde la revolución. Pudo ser; no fue. Puede ser todavía. ¿Cómo? Volviendo a la revolución.

Contra Mussolini y Hitler: la revolución. En frentes y retaguardias: la revolución. En nuestra vida de lucha y de relaciones: la revolución. Para que los obreros del mundo, los hombres libres del mundo trabajen y vengan, como al principio venían y trabajaban por la revolución en España: ¡ La revolución! Nos jugamos la cabeza a que todavía ganamos esta guerra desde la revolución. A que de este punto muerto, en que ahora ha caído todo, aún es tiempo de saltar a la victoria. ¡Desde la revolución!

Rodolfo González Pacheco

Extraído de “Carteles”, tomo II

A la huelga, compañero;

no vayas a trabajar.

Deja quieta la herramienta

que es la hora de luchar.

A la huelga diez, a la huelga cien,

a la huelga, madre, yo voy también.

A la huelga cien, a la huelga mil,

yo por ellos, madre, y ellos por mí.

Contra el gobierno del hambre

nos vamos a levantar

todos los trabajadores,

codo a codo con el pan.

Desde el pozo y el arado,

desde el torno y el telar,

¡vivan los hombres del pueblo,

a la huelga federal!

Todos los pueblos del mundo

la mano nos la van a dar

para devolver a España

su perdida libertad.

Canción de las barricadas

Publicado en "La Protesta"

N-8260 Julio-Agosto 2012 115 Años en las calles, Argentina. Mail: Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.

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