Tu cuenta

Iniciar sesión Registro

Login

Usuario
Password *
Recordarme

Crear una cuenta

Los campos marcados con un asterisco (*) son obligatorios.
Nombre
Usuario
Password *
Verificar password *
Email *
Verificar email *
Captcha *
Reload Captcha

Buscar

Redes y RSS

Facebook Twitter

 RSS

Suscripción e-mail

Recibe el Boletín Diario del Portal

E-mail:

Traducir

Política de cookies

Esta web utiliza cookies propias y de terceros para mejorar la navegación de sus usuarios y obtener información estadística. Saber más

Acepto

Sobre la Autogestión durante la revolución española (1936-1939)

La España de anteguerra y las ideas de autogestión

Con nombres diferentes —revolución, comunas, comunismo libertario—, y a través de traducciones de teóricos extranjeros —Bakunin, Kropotkin, Cornelissen, etc.—, y de las obras de autores españoles —Anselmo Lorenzo, Sánchez Rosa, etc'.—, la idea de la realización práctica de «la emancipación de los trabajadores por ellos mismos» se difundió rápidamente en España, con datos prácticos y precisos: importancia de las estadísticas de producción y consumo, autonomía y federación de unidades económicas, organización colectiva de estas unidades según criterios de revocabilidad por Asamblea y rotación de trabajos.

Curiosamente, y hasta 1936, las restantes formaciones políticas —tanto si eran «científicas» como cooperativistas—, no hicieron ninguna aportación práctica. Este eRa el caso de algunos cooperativistas —con fuerza en Cataluña—, que buscaban (y no buscan en general) más que impulsar el capitalismo. Este era también el caso del Partido Socialista y su central sindical, muy potente, la Unión General de Trabajadores (UGT), pues ambos organismos estaban divididos entre fuertes corrientes de derecha e izquierda representadas por Indalecio Prieto y Largo Caballero, cuyo objetivo era eliminar la fracción rival, participando, lo más posible, en el Poder. El Poder y su color, tenían poca importancia: los socialistas habían aceptado participar en un régimen de inspiración fascista musoliniano que les permitía disfrutar de un lugar privilegiado, mientras que los anarcosindicalistas estaban en la sombra, en la ilegalidad nacional.

En efecto, hasta 1936 la izquierda no tenía claro el carácter peligroso del fascismo. Así, en Alemania, el Partido Comunista y el Partido Socialista consideraban más importante combatirse mutuamente, y dejar hacer al hitlerismo. En 1932, la delegación del PC español recibía en Moscú los siguientes consejos: «el breve período de tiempo iniciado en abril de 1931, desde que los socialistas participan en el poder, pone claramente en evidencia la fisonomía del social-fascismo español». (A. Losovski, «Anarquistas y comunistas en la revolución española», la entrevista de la ISR con la delegación sindical española en noviembre de 1932, Barcelona).

Sin embargo, a pesar del análisis de Moscú presentado por Losovski, a pesar del reformismo del PS y la UGT, quizá siguiendo una táctica simplemente provisional, el hecho es que la UGT propugnaba la formación de colectividades en la agricultura, de explotación colectiva de las tierras. Y a partir de octubre de 1934 se puede suponer —aunque esto no fue adoptado sistemáticamente—, que la UGT estaba a favor de colectivos en la industria, con milicias armadas y supresión de la moneda, si se presentaba el caso.

En cuanto al Partido Comunista, de tipo moscovita, limitado a Andalucía, donde era menos minoritario que en otras partes, tuvo un papel importante a nivel de propaganda: pues difundió la idea del soviet de obreros y de la revolución inmediata. Dejo a un lado las calumnias y los embustes del PC, para tener en cuenta lo esencial.

Como consecuencia, la propaganda revolucionaria de los anarquistas y anarcosindicalistas recibió el apoyo involuntario de socialistas y comunistas, así como de la oposición que, al criticar la idea de expropiación y revolución social, también contribuyó a difundirla.

También dejo intencionadamente a un lado las disensiones entre anarquistas, así como una cantidad de cualidades y defectos del movimiento libertario que ya he tratado en «La auto-gestión en la España revolucionaria» (la edición española es la más completa). E insisto sobre un elemento que tuvo gran peso durante la guerra: la sacralización del trabajo. Dejando aparte el famoso escrito de Lafargue «El derecho a la pereza», que los marxistas son los primeros en censurar cuando están en el poder, se encuentran denuncias parecidas en el movimiento anarcosindicalista. Tanto en Kropotkin, como en Camillo Berneri «El trabajo atrayente» (1933), y en Falaschi «El trabajo responsable» (Barcelona, 1936), se encuentra una cierta reducción del individuo a los intereses de las colectividades. Del resto, el propio anarcosindicalismo está fundado en gran parte sobre la asociación inconsciente «buen trabajador-buen sindicalista» y «perezosos-parásitos».

Otro elemento particularmente olvidado es un reconocimiento de las raíces del Estado capitalista. Todas las organizaciones revolucionarias españolas, a pesar de llamarse todas internacionalistas, actuaban como si la explotación pudiera desaparecer por el simple hecho de la desaparición del capitalismo en España. Además, la mayoría preveían un bloqueo, una intervención del capitalismo extranjero, pero esta eventualidad (prevista por el congreso de la FAI de febrero de 1936), estaba prácticamente descartada por el heroísmo que desplegarían los trabajadores y la solidaridad proletaria internacional. Pero la otra cara del problema, la explotación de otras poblaciones por el capitalismo español, ni siquiera se atisbaba. Sin embargo, Kropotkin los había mencionado en el prefacio de la edición rusa de 1921 de «Palabras de un revolucionario» (pág. 277, en la reedición Flammarion, 1978), pero, aparte de una traducción francesa, no parece que los militantes españoles lo conocieran. Por eso, a pesar de que la Semana Sangrienta de 1909 en Barcelona y la ejecución de Ferrer Guardia tuvieron sus causas en la cuestión marroquí, a pesar de que el congreso de la FAI de febrero de 1936 encaraba tímidamente una propaganda en árabe (signo de que anteriormente no existía), el problema de los marroquíes se dejó abandonado y, como es sabido, fueron enteramente manipulados por la derecha española. Ciertamente, con el paso de los años, puede constatarse que socialistas y comunistas franceses no lo hicieron mejor en Argelia, y que los soviéticos recogen ya los fracasos con los, y sus, musulmanes; pero los anarcosindicalistas debían ser más evolucionados.

La aplicación de la autogestión durante la guerra de España

García Oliver

He explicado que hubo una cierta cantidad de colectividades agrícolas e industriales del POUM (marxistas no moscovitas), del PC y de la UGT. Se puede destacar que, a partir de 1939, ninguna publicación de estas organizaciones ha sido dedicada a la experiencia. Aparte el hecho de que un estudio completo de la autogestión no es global y exhaustivamente posible, esto de-muestra que ninguna de las organizaciones mencionadas apoyaba la autogestión. Lo que no quiere decir que en la base, los militantes, no actuaran de forma relativamente idéntica a los cenetistas, pero las direcciones políticas les ponían trabas.

Se sabe igualmente que los anarcosindicalistas, tanto la central Confederación Nacional del Trabajo (CNT) como los grupos anarquistas de la Federación Anarquista Ibérica (FAI), frenaron el movimiento de colectivizaciones. Las recientes memorias de García Oliver (de finales 1978) lo confirman. Se podría establecer, en apariencia, el paralelismo entre el testimonio de Anton Cilige en 1936 sobre la URSS (reeditado en 1977 «Diez años en el país de la mentira desconcertante»), que subrayaba que ni Stalin ni Trotski apelaban en su polémica al criterio de la base, y la actitud de García Oliver, oponiéndose al resto de sus compañeros en el pleno del 21 de julio de 1936 en Barcelona, sobre comunismo libertario o simple lucha antifascista, sin que nadie soñara con consultar a la base.

En efecto, la comparación es falsa, porque enseguida llovieron las críticas de todos lados: «Nunca hubiéramos creído que sería precisamente el periódico anarquista «Tierra y Libertad» quien dejaría caer una ducha fría sobre Aragón, como ya lo había hecho el compañero Marianet en el pleno de Caspe. Es fácil (decir), que los confederales de Aragón, Rioja y Navarra, hemos olvidado las tácticas confederales. No hemos olvidado y no olvidamos que vivimos una realidad que nadie puede negar. Después de tanta propaganda sobre el hecho de que era posible implantar en España un reino de Libertad y de Justicia, nosotros creemos firmemente que ha llegado el momento de demostrarlo. Y esto es lo que hacemos, ni más ni menos» (Julian Floristán, Valderrobles, provincia de Teruel, t-IX-1936, «Solidaridad Obrera», 9-XI-1936, pág. 3, literalmente «echar jarros de agua fría», es decir «desalentar»).

Las discusiones en los plenos fueron apasionados (véase los textos que cito en la antología de mi libro), las reacciones a los obstáculos también (La Fatarella, Vilanesa, mayo 1937...). Y lo que resulta más interesante es el arraigo de las colectividades económicas hasta el fin de la guerra, así como su desarrollo, cuando la victoria franquista parecía cercana (una adhesión a Villacañas, provincia de Toledo el 26-XII-1938; otra a Campo Leal, provincia de Ciudad Real, el 26-1-1939).

La gran lección de la experiencia es la validez del ejemplo: incluso en Aragón no estaban colectivizadas todos los pueblos (a groso modo, el 80% en los comienzos de 1937, el 90% en 1938), y ninguno estaba colectivizado de la misma manera. Cuando había un conflicto en una colectividad «si me enteraba de que en un pueblo la colectividad no marchaba bien, iba allí y reunía a todos en asamblea general. Me daba entonces cuenta de las razones por las cuales no andaba bien la colectividad. No había más remedio que disolverla y organizarla de nuevo (...)»

«— Si en una asamblea libre en una colectividad, la gente criticaba a un compañero de la CNT, ¿qué hacías?

«— Yo no juzgaba a los individuos. Los individuos y los actos eran juzgados por los miembros de la propia colectividad. Cuando había un problema que ponía en peligro la colectividad, cuando era necesaria disolverla, yo intervenía para defender un argumento u otro. No había diferencia, porque yo no estaba solo. Íbamos en comité, y estaban los compañeros del pueblo, algunos de los cuales eran tan competentes como yo. Yo era el único del Comité Regional, el compañero del transporte era de Las Cellas, el de agricultura de Ponzan, y el de economía de Lagunarrota.» (Testimonio inédito de Eugenio Sopena, junio y diciembre, 1976.)

Evidentemente, el ejemplo no podría haber sido eficaz si no hubiera podido ser económicamente positivo. Y su validez venía del hecho de que las tierras estaban totalmente cultivadas, con máquinas, abonos, selección de plantas, de animales, etc., todo novedades para la época. En la industria, las condiciones de higiene, de trabajo, de salario, fueron profundamente mejoradas. En ambos casos, la jubilación se fijó a los sesenta años y los servicios médicos eran prácticamente gratuitos. Todas estas cosas existían y existen en todas partes —al menos según la propaganda del Este y el Oeste—, pero si al mismo tiempo los trabajadores organizan la propia base de su trabajo y elijen sus delegados, manifestando claramente sus desacuerdos, el caso cambia.

No sacaré aquí a colación los diferentes cuadros estadísticos, ni las diferencias económicas entre los sectores de aplicación. Lo que importa es destacar las capacidades de que dieron prueba los trabajadores de la industria y la agricultura, los analfabetos como los instruidos, los técnicos y los manuales, en una estructura que apelaba a sus responsabilidades, a su propia emancipación por ellos mismos. Los bien alimentados y privilegiados de las jerarquías (capitalistas y marxistas, salsas chinas, vietnamitas, etc.) no pueden reconocer la rotación de cargos y la revocabilidad por la base, la asamblea, ni mucho menos la puesta en cuestión constante de los conocimientos, los diplomas, que este sistema implica.

Es evidente que la autogestión española no es un hecho aislado, probablemente español, como la corrida, la horchata o la paella. Todo movimiento revolucionario de trabajadores ha engendrado idénticas reacciones de libre elección de delegados responsables ante sus colegas de trabajo, de organización colectiva de las herramientas de trabajo: «la autogestión de la empresa no es ni una novedad ni una particularidad de nuestro país. Es una vieja reivindicación proletaria y, en nuestro siglo, casi todos los grandes movimientos sociales de la clase obrera han desembocado, más pronto o más tarde, en un intento práctico de democratización de las relaciones sociales en la industria. Esto vale para las tres revoluciones rusas, como para la revolución alemana de los años 1918-1920, para la guerra civil española y para la resistencia de Yugoeslavia y, más tarde, para los obreros polacos y húngaros frente al estalinismo. El esfuerzo de nuestros trabajadores para constituir órganos que les permitan tomar realmente parte en la gestión de las empresas, no es más que el último eslabón de esta cadena» (Milos Barta, « Práce», Praga, 17-11-1969, reproducido en «Praga, la revolución de los Consejos Obreros», París, 1977, presentado por Vladimir Fisera, pág. 254).

Se puede señalar que el anarcosindicalismo, tal y como estaba organizado en 1936, no permitió el pleno desarrollo de la autogestión, a pesar de haberla estimulado hasta un límite que jamás se esperaba ni antes, ni después. Esto demuestra que es el camino a seguir, mejorándolo. Y se puede señalar, a este respecto, que hubo años de militantismo y diferentes generaciones de trabajadores anarcosindicalistas, desde 1868 hasta 1936.

A propósito de las interpretaciones de la autogestión en España

A mayor parte de las discusiones ignoran los problemas de fondo. Pero yo pienso que no está mal demostrar la falsedad de ciertos ataques.

Hay afirmaciones que yo no comparto, como las de los compañeros —bastante raros, al parecer—, que estiman que la autogestión fue obra de la CNT-FAI cuando estuvieron en el gobierno, o bien que gracias a la colaboración gubernamental la autogestión fue protegida y pudo resistir los ataques de otros partidos (César Lorenzo). A pesar de que en algunos casos hubo protección desde arriba, en conjunto, no he constatado esta tendencia mientras que los casos de abandono son frecuentes, tanto durante la colaboración con el gobierno central, como después.

En sus memorias, García Oliver afirma que él fue el iniciador de la colectivización en Cataluña, lo que es algo como decir que sin jefe, las masas no hacen nunca nada. Ahí también tengo dudas profundas y creo que él confunde entre una persona que puede encarnar en un momento las aspiraciones de un grupo numeroso, y una organización colectiva de la producción. De todas formas, se puede señalar que García Oliver reprimió una huelga en el sector de la autogestión (ver en Vernon Richards, el testimonio de Marcos Alcon), lo que limita las facultades del jefe, del que parece hacerse eco.

Los consejistas y los marxistas leninistas juegan inteligentemente con adjetivos y nombres comunes para hablar de victoria «de los obreros y los trabajadores» en julio de 1936, estigmatizando los errores anarcosindicalistas. ¡La colaboración gubernamental sería el funeral histórico del anarquismo y la reacción de los trabajadores de Barcelona en mayo de 1937 la conciencia revolucionaria de las masas!

Los historiadores oficiales no son más claros en absoluto, y se pueden observar tres tácticas. La primera es el silencio (H. Thomas hace algunos años). La segunda es abordar la auto-gestión, tratándole como un fenómeno de freno a la victoria de los republicanos (Jackson, historiadores comunistas). La tercera es abordar de frente la autogestión —en un capítulo, en general—, y el historiador utiliza tres res-puestas posibles: a) no existen cifras serias que permitan estudiarla cuestión (P. Vilar), b) las cifras que se conocen no son verificables (W.L. Bernecker) y por tanto no se pueden sacar conclusiones; c) hay muchos datos para afirmar, con toda lógica, que el sistema hubiera fracasado, incluso aunque no haya fracasado (H. Thomas, versión actual).

Si a esto se añade la versión comunista —la autogestión fue un fracaso, es evidente—, nos encontramos con tres sistemas de crítica: para el pasado, para el presente y el futuro. Pero en ningún momento se ha expresado la verdadera posición, la hipocresía con apariencia lógica es la única respuesta.

Post-scriptum

LA postura más corriente es el silencio, como «Cooperación Internacionale» que, entre 1937 y 1949, no dedica una sola línea a la experiencia española. Y ocurre particularmente entre los especialistas de la autogestión como Albert Meister en Yugoeslavia, Jaroslav Vanek en lo relativo a los casos actuales (y se podría prolongar la lista), y sobre todo entre los partidos que se dirigen hacia la autogestión.

¿Qué quiere decir este silencio?

Ciertamente no se trata de ignorancia del caso español entre los especialistas del Partido Comunista o del Partido Socialista, y de los grupos marxistas (sean del país que sean). Se trata de una voluntad de censura política. La razón puede parecer paradójica, pues las presentaciones y las descripciones de la autogestión por los autogestionarios son a menudo, parecidas y a veces idénticas, a las de los anarquistas. El desacuerdo no se plantea pues, sobre los fines. Una vez más son los medios los que difieren.

Censurando la autogestión española los partidos y grupos «autogestionarios» pretenden esconder lo absurdo de su posición que consiste en prometer la autogestión a condición de que se siga la política parlamentaria tradicional, tal y como la criticaban hace casi un siglo Kropotkin y Reclús. Como si el voto cada cuatro o cinco años, las alianzas con sectores políticos económicamente opuestos a los trabajadores, etc., pudiera cambiar el poder (limitado y frágil) de los trabajadores occidentales, cuyo nivel de vida procede de la explotación del Tercer Mundo.

Con toda naturalidad, todos los explotadores se reúnen bajo la nueva fórmula de la autogestión —«todos socialistas», escribía Kropotkin en «Palabras de un revolucionario», «todos autogestionarios» un siglo más tarde—: y no solamente el Partido Comunista (en Francia al menos) y el Partido Socialista (en Francia y, en parte, en España) hablan de autogestión, sino que incluso lo hacen la «Falange» y otros grupos fascistas. Para ellos, la autogestión es una fórmula económica futura que les permitirá conservar y justificar su jerarquía, su élite.

En esta confusión de palabras, sólo los criterios de rotación de cargos, revocabilidad permanente y discusiones en asambleas sin leyes de mayorías obligando a las minorías, permiten establecer la distinción entre explotadores y revolucionarios.

Frank Mintz
Artículo publicado en 1979 en la Revista Bicicleta
http://www.almeralia.com/bicicleta/bicicleta/ciclo/17/05.htm
Submit to DeliciousSubmit to FacebookSubmit to Google PlusSubmit to StumbleuponSubmit to TechnoratiSubmit to TwitterSubmit to LinkedIn
1 1 1 1 1 1 1 1 1 1 Rating 0.00 (0 Votes)

Comentarios

  • No se han encontrado comentarios
Añadir comentarios