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[Libro] Las Colectividades de Aragón. Un vivir autogestionado, promesa de futuro

La historia obedece a estrictas leyes que dictan la oportunidad y actualidad de los hechos, también de los hombres; son, éstas, normas inquebrantables que sustraen de la realidad, y posteriormente de la memoria, todo aquello que según la legislación histórica vigente resulte inconveniente, por donde acaba siendo anacrónico. Así, la culminación del poder es el dominio del tiempo. Los hechos presentes son dispuestos de tal manera que pautando el ahora determinen también el después, a la vez que se acondiciona una biografía propia de ellos para, de este modo, convertirlos en señores exclusivos de un pasado en el que ya se atisbaba lo que deviene en el presente y se configurará en el futuro. Para el poder, legislar sobre el tiempo es el reto que no puede dejar de plantearse, so pena de admitir un enemigo más poderoso que él mismo, 10 cual equivaldría a reconocer sus debilidades e incapacidades. La historia coincide con el territorio del poder. Fuera, en márgenes y cunetas, han ido quedando retazos de hechos y sucesos, recuerdos de hombres como jirones prendidos en las púas de los zarzales, orillas agrestes por donde no circula el fluir histórico.

Abandonados a su suerte, los recuerdos no admitidos se hallan condenados a la pena de vivir exclusivamente en la memoria de aquellos que protagonizaron los sucesos hoy olvidados, acogiéndose fatalmente a la precaria y efímera condición que se les impone. Cuando estos recuerdos desbordan el marco de la memoria que los reconstruye en sí misma, cuando superan el ámbito de la conversación que los evoca y se convierten en letras escritas e impresas, las más de las veces aparecen ya distorsionados por el olvido y el silencio que han gravitado sobre ellos durante tanto tiempo; lo otrora vivido con pujancia arrebatadora se convierte en una mera anécdota, casi siempre desmañada e insulsa, incapaz de levantar interés en aquellos lectores de la actualidad que pasean su mirada por las tristes páginas en que el caudal desvalido de la memoria ha venido a dar.

Constituye, pues, motivo de júbilo la aparición de un libro donde se contienen recuerdos de hechos condenados por la legislación histórica y que, sin embargo, han logrado sustraerse a esta severa condena. Tal es el libro que aquí se prologa.

En este caso nos encontramos, además, con un motivo de interés añadido, que le viene de la significación que el tema adquiere para nuestro presente y como resultado de la importancia de lo narrado.

A la revolución española no le estuvo permitido elegir su momento, buscar su oportunidad. Fue podada antes de que acabara su maduración natural, y desde el primer momento tuvo que enfrentarse al estado en su forma más frenética, al estado en guerra. No obstante, irrumpió con fuerza y alimentó ilusiones utópicas y energías innovadoras. Pero antes de que las tropas franquistas vencieran, la revolución había sido ya herida de muerte por los autócratas y las institucionalizaciones burocráticas que se le impusieron para aplastarla. Tan peligroso y suicida resultó la no elección de su presente como fue, según se vio luego y en el presente libro se expone con fehacientes argumentos, el no admitir el patronazgo de vanguardia esclarecida alguna. Su espontaneidad fue su savia a la vez que su delito imperdonable De aquellos polvos, estos Iodos. La imposibilidad de fijar una identidad concisa a la revolución española, esto es, la incapacidad de ser asumida como tal por parte de los legisladores de la historia y los ideólogos, la condenó por aquel entonces y la postergó, luego, al silencio y al olvido en el que todavía hoy se halla postrada. Si tenemos en cuenta que la guerra civil española ha erigido en torno a ella unas espesas murallas bibliográficas, semejante olvido resulta todavía más escandaloso. Lo que fue cometido en su momento con la injerencia institucional burocrática y la tropa, parece haber hallado su corroboración en la tergiversación y el olvido que al respecto han cultivado los historiadores profesionales con ínfulas científicas. No deja de ser curioso que semejante «descuido» histórico no haya sido denunciado, no, ya reparado, por ningún historiador hispánico. Justamente tuvo que ser Noam Chomsky quien saliera al paso de esa «objetividad» esgrimida para asfixiar una revolución de recuerdo poco grato. En su interesante ensayo Los intelectuales liberales ante la revolución, critica la conocida obra sobre la guerra civil de Jackson, sobre la que dice: «La falta de objetividad que revela es muy significativa por ser característica de la actitud asumida por los intelectuales liberales (y comunistas) hacia los movimientos revolucionarios que son en gran parte espontáneos y organizados a la ligera, aunque tengan sus raíces en necesidades hondamente sentidas y en ideales de los más desposeídos».

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Fuente: http://bibliotecaanarquistaculturayaccion.blogspot.com.es/

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