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La Felguera en la Revolución Asturiana de 1934

guerrillero

Imagen: Guerrillero

Desde los primeros momentos, el guerrillero sereno y valiente, apuesto gladiador que sembrará la semilla a voleo de la nueva sociedad de activo productores que vivirán sin amos y sin tiranos, en armonía perfecta con otros productores y otros pueblos donde otros guerrilleros, gladiadores apuestos y valientes como él, habrán establecido el Comunismo Libertario como sistema superior de vida justa y digna.

Publicado y Producido por Grupo Cultural de Estudios Sociales de Melbourne y Acracia Publications

Octubre 2013

A modo de preámbulo

“Uno de los más conocidos militantes de la C.N.T. y de la F.A.I, en la Felguera (Asturias), el centro siderúrgico más importante de la provincia, nos envía el relato que sigue de lo que ha visto durante los sucesos de la insurrección asturiana de octubre de 1934. Creemos que estos breves apuntes servirán para esclarecer cosas dignas de ser conocidas.”

Ésta fue la introducción por parte de los editores de “Cultura Proletaria” de Nueva York, que originalmente publicaron el trabajo y que aquí reproducimos.

Según nuestros archivos éste relato se publicó por segunda vez a finales de 1973 como documento de la Confederación Nacional del Trabajo en una edición a cargo de Fomento de la Cultura Libertaria en París.

desde el exilio octubre 2013

La Felguera en la revolución Asturiana de 1934.

El ambiente de la Felguera era confederal (cenetista). Había allí una fuerza de 4.000 trabajadores organizados en cuatro sindicatos, el Metalúrgico, el de la Paleta (construcción), el de Mineros y el de Oficios Varios. Esos cuatro sindicatos constituían la Federación Local de la C.N.T.

Aunque en esta localidad no se aceptaba la Alianza Obrera, el espíritu de los trabajadores, animado por un ideal de redención, estaba inclinado a participar en cuantas empresas de fuerza fuesen susceptibles de desembarazar a la humanidad de obstáculos y de barreras.

Fueron varias las entrevistas que tuvieron los socialistas con nuestra Federación a fin de saber la actitud que asumiríamos ante un hecho insurreccional desencadenado por ellos. Nuestra Federación contesto que siempre que en toda empresa que se tratara del bienestar de los trabajadores y de romper las cadenas de la esclavitud no solo concurriría con la huelga general, sino que apoyaría las filas insurrectas y sus hombres acudirían a la vanguardia de todos los frentes de lucha, con las armas en la mano y las propias ideas libertarias como bandera.

Se prevenía que la Federación no aceptaría una dictadura marxista y que pondría todo su empeño en sostener en las ideas y en los hechos la idea de la libertad.

Esas entrevistas tenían lugar en el mes de agosto de 1934, antes del Pleno de la C.N.T. celebrado en Gijón, donde había de discutirse el problema de la Alianza. La Felguera se pronunció en contra de la unificación con los socialistas y demás fuerzas políticas, y quedaron bastante frías las relaciones ulteriores debido a esa actitud intransigente. No obstante, la Felguera mantenía estrechas relaciones con los sindicatos de Gijón y particularmente con José María Martínez y Avelino G. Entrialgo, que, según creemos, formaban parte del Comité de la Alianza.

Como nuestra Federación, al igual que otros sindicatos se oponía a la Alianza, quedó privada de noticias, motivando distanciamientos entre los militantes que apoyaban y los que combatían la Alianza.

Así fue hasta el cinco de octubre en que estalló el movimiento. Los acontecimientos vinieron a demostrar la esterilidad de esta unidad de fuerzas divergentes.

Llega el 5 de octubre, el día en que la confluencia de las dos corrientes, la C.N.T. por una parte, y los socialistas por otra, era necesario para contrarrestar la fuerza del Estado y del capitalismo. En La Felguera, como en todos los pueblos de Asturias, circularon rumores de que los socialistas se lanzaban al movimiento. La Federación Local de La Felguera no sabe nada, nada se le ha dicho. ¿Qué hacer? Existe una gran inquietud. Por el parque de F. Duro deambulan, a pesar del frió intenso, centenares de obreros que preguntan a los militantes lo que hay de cierto en los rumores del próximo movimiento, qué puesto se les designa y dónde están las armas. Los militantes no pueden responder nada en concrete Suponen que de llegar al movimiento seriamente, el Comité Regional lo habría puesto en conocimiento de todas las organizaciones adheridas. Un compañero propone que se desplace una comisión a Sama (localidad colindante con La Felguera, centro comercial dominado por los socialistas) a fin de buscar informes. Nuestra Federación entendía que era el Comité Regional de Asturias el que habría de informarlos; en última instancia, los mismos socialistas que querían lanzarse al movimiento si consideraban que la ayuda de la C.N.T. podía ser de utilidad. Pero la aglomeración de trabajadores, ansiosos de ir a la lucha era tan grande y la exigencia de noticias concretas fue tan fuerte, que la Federación hubo de resolverse a una entrevista con los socialistas.

La delegación, a la 1 de la mañana, se presentó en la Casa del Pueblo de Sama, abarrotada de trabajadores con camisas rojas. El Comité Ejecutivo socialista respondió que no sabía nada y que esperaba órdenes de Madrid.

Al recibir el informe los trabajadores de La Felguera, suponiendo que al fin de cuentas no se haría nada, resolvieron marcharse a dormir. Pero los militantes y los cuerpos responsables de la Federación, en cambio, quedaron a la expectativa, porque en los alrededores de la villa se veían grupos armados como esperando la consigna para entrar en acción.

Ante esto se conviene en preparar las armas por si fuesen precisas, y se estaba limpiando la grasa de las ametralladoras y de los fusiles cuando se sintieron dos fuertes detonaciones de dinamita que hicieron retumbar el espacio. Son las tres de la madrugada. Cinco minutos más tarde oímos nutrido tiroteo de fusilería y ametralladoras, anuncio de que las fuerzas del capital y del trabajo estaban frente a frente. La lucha se recrudece y los disparos de los fusiles son apagados por las detonaciones de la dinamita que un verdadero ejército de mineros arroja sobre las fortalezas del enemigo en Sama.

Ante este espectáculo, el proletariado de La Felguera, deseoso de participar en la contienda, olvidó recientes agravios, y aun cuando para nada se pidió su ayuda, tomó las armas y organizó a su manera el ataque con cuatrocientos hombres a las seis de la mañana contra el cuartel de la guardia civil. A las ocho, nuestras fuerzas sumaban millares. Más tarde el pueblo entero, hombres y mujeres, constituyeron un torrente insurreccional único.

Nuestro ataque al cuartel de la guardia civil

Una vez el pueblo incorporado a la rebelión, se organiza el ataque al cuartel de la guardia civil del Barrio Urquijo. Después de tres horas de nutrido tiroteo de fusil y ametralladora, se suspende el ataque para reanudarlo más tarde con procedimientos más eficaces.

Un grupo de nuestros combatientes se dirigió mientras tanto a la inspección y tenencia de alcaldía, posesionándose de todas las armas allí existentes e incendiando los archivos del registro parroquial, tomando del cura las llaves del templo y las armas que tuviese, lo que así hizo, haciéndole presente los revolucionarios que no tenía nada que temer y que su vida no corría riesgo alguno. Abiertas las puertas de la iglesia, se roció con gasolina, quedando totalmente destruida.

Esa misma mañana hubimos de lamentar la muerte de un obrero, cuyo nombre no hemos podido averiguar a causa de un disparo de la guardia civil, atrincherada en su cuartel.

Aunque la guardia civil permanecía en el cuartel, la localidad estaba virtualmente en manos de los revolucionarios, los cuales crearon al efecto un comité revolucionario. Éste comenzó a organizar sistemáticamente la lucha, apoderándose de los edificios oficiales y enarbolando en ellos la bandera roja y negra. También se posesiono de las Escuelas cristianas, estableciendo allí el cuartel general, siendo dueños también del convento de los dominicos.

Una de las primeras medidas del Comité revolucionario fue ocupar los establecimientos de la Duro-Felguera, tomando bajo su custodia al director general, Antonio Lucio Villegas, al que, con toda clase de consideraciones, se condujo a la Casa de la República, donde viven los demás ingenieros, poniéndole guardia de vista y prometiéndole respeto a su vida. Lo mismo se hizo con los demás ingenieros de la Compañía, a quienes se recluyo con sus respectivas familias, cuidando de que no les faltase nada y de que estuviesen convenientemente atendidos.

He aquí lo que decía la prensa burguesa después del rendimiento, sobre nuestra conducta: “Es de resaltar como se merece esta actitud del pueblo felguerino, ya que por dos veces otros que se llaman redentores de la humanidad y dicen ostentar ideas nobles -(nos referimos a los furibundos socialistas)- intentaron apoderarse de dichos señores para hacer justicia por su cuenta, oponiéndose a ello decidida y resueltamente los dirigentes metalúrgicos de La Felguera, que profesan ideas anarquistas, haciendo saber a los asaltantes que para darse satisfacción seria preciso que antes pasaran por encima de sus cadáveres.

Este generoso y humanitario gesto del Comité revolucionario ha sido elogiado por el pueblo y seguramente lo será por toda la región asturiana cuando de el se tenga conocimiento...”(21 de octubre).

Organización del trabajo y proclamación del Comunismo Libertario

Otra de las labores inmediatas del Comité fue la organización del trabajo en los talleres que así lo requerían por ser continuos, procediendo a seleccionar al personal entre los combatientes para completar una brigada para cada uno de los talleres siguientes: Altos Hornos, Hornos de Cok, Hornos de Acero y Cooperativa eléctrica. Todos estos trabajos, a excepción de la cooperativa, funcionaron durante quince días bajo la dirección de los mismos obreros. En la tarde del viernes, 6 de octubre, el Comité revolucionario lanzó un manifiesto anunciando la iniciación de la revolución social en toda España y alentando a los trabajadores para que se entregasen animosamente a la lucha por el comunismo libertario.

En una nota adicional se aconsejaba a los vecinos del Barrio Urquijo que antes de las seis de la tarde abandonasen sus viviendas. Esto último se indico por ser el lugar donde se encontraba el cuartel de la guardia civil, al que se comenzaría a atacar a esa hora si no se rendía, pues cortaba el paso a la carretera de Gijón y estación de la Vega.

Antes de iniciar el ataque el Comité revolucionario envío una comunicación a las fuerzas para que se rindieran, comunicación que no fue atendida. A las ocho de la noche, en consecuencia se dio comienzo al asalto, primeramente por un frente mientras otros grupos con dinamita le acometían por otro lado. Al cabo de seis horas de lucha encarnizada, el silencio de los disparos en el cuartel nos indicó que todo había terminado. La gran fortaleza de cemento armado se desplomó por dos frentes.

Durante el bombardeo a este cuartel ha muerto Florentino González, de 26 años, a quien estalló una bomba de gran potencia que le dejo horrorosamente destrozado.

Vencidos ya todos los obstáculos con la destrucción del cuartel, los rebeldes procedieron al desarme de los particulares no afectos a la revolución.

Una vez en nuestro poder todos los elementos vitales del pueblo, el Comité revolucionario lanzó el día 7 de octubre un manifiesto proclamando el triunfo de la República social en La Felguera. Se convocó para las tres de la tarde a una asamblea popular para que los mismos trabajadores dijesen como había de organizarse la nueva sociedad.

Reunido el pueblo en pleno en el parque, un miembro del Comité revolucionario dirigió la palabra a la gran muchedumbre desde el kiosco de la música. Comenzó deplorando la necesidad que hubo de emplear la violencia contra la guardia civil, violencia que se habría podido evitar con el rendimiento. Pidió la opinión del pueblo sobre el camino a seguir. Otro miembro del Comité advierte que la insurrección no había terminado, pues se oían explosiones en otros pueblos, anunciando que duraba la lucha, y sosteniendo que era nuestro deber acudir a fortalecer las filas de los combatientes en las localidades donde no se había triunfado todavía. Termino haciendo sugestiones sobre la lucha y sobre el racionamiento de los víveres.

Terminada la asamblea, miles de obreros felguerinos se distribuyen por los diferentes pueblos para participar en la lucha.

El pueblo se pronunció en favor de un régimen comunista libertario, y el Comité, ciñéndose a sus postulados, declaró abolido el dinero, proporcionando el abastecimiento de la población por medio de bonos, extendidos por el Comité de distribución fraccionado por barriadas para mayor facilidad de la labor a realizar. La gente se adaptó pronto a ese sistema de racionamiento, y más teniendo la facilidad de recoger lo necesario para vivir en el mismo barrio, donde el comercio distribuía según sus disponibilidades. Las panaderías continuaron fabricando el pan.

Los revolucionarios crearon un Comité de abastecimiento, y una brigada se encargaba de hacer provisión de víveres para el avituallamiento de la población. EL depósito general de la producción y de toda clase de artículos fue el centro “La Justicia”, desde donde se surtía el comercio de barriada para su reparto al pueblo.

El Comité revolucionario llamó a todos los médicos y practicantes y a cuantas personas ejercían la profesión de la Medicina, creando así el cuerpo sanitario que empezó a cumplir de inmediato su misión. Los integrantes de este servicio llevaban el brazalete de la Cruz Roja y disponían de medios de locomoción especiales con dicha cruz en lugar visible. Esa misma cruz, de mayor tamaño, se colocaba en Hospitales, Casas de Socorro y farmacias.

Como en Oviedo y en Gijón aún no estaba dominada la fuerza gubernamental, sino que al contrario, arreciaba en sus combates con la ayuda de la aviación, los revolucionarios de la Felguera idearon un arma eficaz y de posibles resultados inmediatos. Construyeron varios tanques blindados, utilizados en varios ataques de resultados satisfactorios. Han circulado por los frentes más peligrosos de la lucha con las iniciales visibles

C.N.T. - A.I.T. - F.A.I.

Después del asalto y destrucción del cuartel de la guardia civil, se apoderaron los rebeldes de la caballería de la misma, creando una brigada de vigilancia por los montes al servicio de la revolución. Esta brigada montada tenía la misión de recorrer los puntos que podían ofrecer peligros de invasión de fuerzas enemigas.

En el resto de la zona

Una vez hecho todo esto, los revolucionarios de La Felguera se lanzaron en busca de noticias a Oviedo y a Gijón, dispuestos a acudir con refuerzos donde fuese preciso. Vieron sobre el terreno que en Oviedo la situación empeoraba por falta de orientación en las filas de los combatientes, pues no se veía a ninguno de los elementos significados aportando soluciones y alentando a los núcleos dispersos para encauzar su acción debidamente. Únicamente uno de los frentes, el que comandaba Ramón González Peña, se mantenía unido y avanzaba ganando posiciones. Se dispuso que varios elementos de La Felguera se trasladaran a Oviedo con el fin de influenciar las filas revolucionarias y cambiar la táctica.

Entre los compañeros más significados de La Felguera se pusieron en marcha cuatro camiones con treinta hombres cada uno, nombrando en cada uno a un camarada de los más capacitados para dirigir los ataques. Uno de esos camaradas orientó la lucha en las calles de Oviedo con unos seiscientos hombres, otros fueron a engrosar las filas de los que atacaban la fabrica de armas de La Vega y otros frentes.

Salió también con esa expedición un camión blindado dirigido por otro compañero, el cual antes de entrar en acción, recorrió bajo una lluvia de balas todos los frentes con el objeto de cerciorarse de su posición y ver donde era más necesaria su ayuda.

En ese recorrido, al llegar a la comandancia de Carabineros, tropieza con una multitud de obreros que abandonaban a toda prisa sus posiciones, cediendo al embate de las fuerzas enemigas. Ese desbande fue aprovechado por los carabineros para reconquistar posiciones, causando algunas bajas entre los camisas rojas. Constatando la desorientación y el peligro, los camaradas del camión blindado comprendieron que estaba allí su puesto. El carro avanza hacia las filas enemigas, logrando sin necesidad de disparar un solo tiro que las fuerzas de carabineros retrocedieran y se refugiasen en su cuartel.

Hecha esta operación, el camarada que llevaba la dirección de las operaciones saca del camión una ametralladora y la emplaza en la ventana de una casa vecina que dominaba por completo el cuartel de la comandancia. Quedan dos compañeros al servicio de la pieza y el aludido exhorta a los trabajadores replegados a volver a sus puestos. El carro blindado inspiró en seguida confianza y, tornados los puntos estratégicos, nuestro camarada pronunció una arenga a cinco metros tan sólo de la puerta del cuartel, invitando a los carabineros a rendirse, ya que la resistencia era inútil. Como respuesta se oyó una descarga cerrada desde el cuartel. Nuestra ametralladora entró en acción con tiro certero y el enemigo calla, continuando la arenga e invitándole nuevamente a deponer las armas en el término de cinco minutos, bajo la promesa de que se les respetaría la vida.

Transcurren los cinco minutos en medio de un silencio sepulcral. Se espera un momento más y suena otra descarga desde el cuartel. Entonces se ordena abrir el fuego de fusil y ametralladora contra puertas y ventanas, lanzando bombas por el techo. A los dos minutos de acción comenzó a desplomarse la cornisa de la casa y por una de las ventanas se vio aparecer una bandera blanca en la punta de un sable. Se ordena suspender el fuego. Aparece entonces el teniente coronel, haciéndose responsable de la resistencia y prometiendo entregarse siempre que se les perdonase la vida, si no a él, por lo menos a sus tropas. El compañero a cargo del camión promete respetar la vida de todos y con esa promesa comienza a salir la fuerza del cuartel. El primero es el teniente coronel, seguido de un comandante; después otros, oficiales o soldados. A los cinco minutos el cuartel quedó totalmente en poder de los revolucionarios, que encontraron en él buen armamento.

Los compañeros de la C.N.T. dispusieron que los prisioneros fuesen metidos en una casa próxima y que se les atendiera en todo lo necesario, nombrando una guardia para que no se les molestara. Hecho esto surge inesperadamente un grupo que nos pareció de camisas rojas, socialista o comunista, puesto que ambas tendencias se hermanaban en la manera de vestir, y sin esperar razones ni explicaciones hacen una descarga que hiere de muerte a dos hombres. El compañero que había pronunciado la arenga antes de la toma del cuartel censuró esos disparos, poniendo de relieve la improcedencia de lo hecho, pues en nombre de un ideal noble y generoso no se debía ensañar nadie con los vencidos. La revolución persigue fines más altos, y los cartuchos gastados allí inútilmente hacían falta donde aún se mantenía la resistencia. Nuestra revolución no debe ir contra los hombres, sino contra las instituciones, y si no respetásemos la vida de los vencidos haríamos lo mismo que las hienas del capitalismo.

Hechas esas y otras consideraciones oportunas desde lo alto del camión, ante una gran muchedumbre de hombres y mujeres, un ¡Viva la C.N.T. y la F.A.I.! resonó espontáneamente en todos los labios.

Salvado el incidente se procede a refugiar a los restantes carabineros en calidad de detenidos, con la intención de llevarlos luego a La Felguera y preguntar al pueblo que es lo que habría de hacerse con ellos, estando nuestros camaradas seguros de que nada malo habría de ocurrirles.

Después el camión blindado, seguido de un verdadero ejército de revolucionarios de todos los colores se dirigió al gobierno civil. Antes de iniciar el ataque se ordenó a los que seguían a pecho descubierto que hiciesen alto, pues podía darse que hubiese emplazadas ametralladoras y era preciso evitar una carnicería. Nuestros camaradas querían medir por su propia cuenta el peligro, avanzando para cerciorarse de que se podía empeñar el ataque con resultados positivos. Así lo hacen, pero apenas habían avanzado cincuenta metros por la calle que da al edificio del gobierno, una lluvia de balas se estrella contra las chapas ojivales. Tres cuartos de hora dura el ataque, sin que desde el camión se pudiese romper la línea de ametralladoras en poder de la policía y de la guardia de asalto, que desde solo cuarenta metros de distancia ametrallaba intensamente.

Además no pudo romperse esa línea porque la única ametralladora que había en el camión se había inutilizado y con la fusilería no era posible desarticular al enemigo. Se decide retroceder para entrar con armas más eficientes. Apenas se había marchado veinte metros una descarga de varias ametralladoras destruye las cuatro ruedas del vehiculo. Entonces, un grupo de compañeros, dándose cuenta del peligro que corríamos, organizó un ataque por ambos flancos, distrayendo la fuerza, circunstancia que se aprovecho para abandonar el camión y salvar las armas. La operación se hizo a tiempo, pues desde la catedral comenzó entonces a abrir el fuego también la fuerza gubernamental.

Se desiste por el momento de la toma de la casa de gobierno hasta traer armamento más útil, quedando algunos compañeros como animadores de los rebeldes mientras los camaradas de la Felguera vuelven a su punto de partida para buscar otro carro blindado.

Antes de salir de Oviedo van a enterarse de la situación en que se encontraban los carabineros detenidos después de la rendición del cuartel. Todos habían desaparecido del lugar; días más tarde nos informamos que el Comité de Turón, formado por socialistas y comunistas había ordenado su fusilamiento, que se llevó a efecto en el cementerio del pueblo.

Con el consiguiente disgusto vuelven los compañeros a la Felguera con el fin de buscar un nuevo camión. Una vez allí se encuentran con una comisión enviada por Gijón, la cual expuso la situación extrema en que se hallaban allí los combatientes a causa de la carencia de municiones. Esa comisión hizo saber también que había llegado el cañonero “Libertad” y que se disponía a desembarcar su tripulación.

Este cañonero había bombardeado ya el barrio de Cimadevilla, destruyendo varias casas matando a varios compañeros. Notificó la delegación igualmente que no se había sabido nada en Gijón del movimiento hasta que se produjo el mismo, pues para nada se contó con ellos. Tampoco se preocupaba nadie de surtirles material para la defensa. Contaban con armas, pero no disponían de municiones. Oídas las razones de los compañeros de Gijón se resuelve que de la Felguera partan refuerzos para Gijón llevando municiones y bombas para fortalecer las filas insurreccionales.

Se organizaron dos camiones de fusileros y un camión blindado; la expedición se puso en marcha a las ocho de la noche, entrando a las diez en Gijón. Los fusileros tuvieron necesidad de entrar a pie porque el cañonero “Libertad” anclado en el muelle iluminaba con sus potentes reflectores la carretera carbonera. El camión blindado con los faros apagados y desafiando el peligro logró pasar. Después avanzó hasta la barriada del llano, tomada por los revolucionarios gijoneses, entrevistándose con los compañeros de la C.N.T.

Se planeó un ataque que habría de comenzar a las diez de la mañana. Juntos los militantes de La Felguera y los de Gijón recorren las posiciones tomadas, donde se hacía guardia de relevo a causa del fuerte temporal de granizo y nieve. Al advertir cualquier ruido o movimiento extraño los centinelas daban la voz de alerta. Si el que avanzaba era un revolucionario había de responder: “F.A.I.”, tal era la consigna para pasar.

Recorridas las posiciones, los Comités se refugian del agua torrencial, dejando las guardias correspondientes. Cuando se descansaba un poco, a las cuatro de la madrugada, disponiéndose para la tarea del día siguiente, se presenta al Comité revolucionario un mensaje del jefe de las fuerzas gubernativas en Gijón en donde, con graves amenazas, se ordenaba a los revolucionarios de Cimadevilla, Veriña y el Llano que se rindieran antes de salir el sol, amenazando bombardear los barrios de una manera implacable si la orden era desobedecida.

Se resuelve que los compañeros queden en las barricadas a la defensiva, respondiendo solo a los ataques del enemigo, mientras el camión blindado y otro con fusileros salían a reforzar el grupo que se había desplazado por el monte con José María Martínez para cortar el paso a una columna de 500 hombres desembarcados del cañonero “Libertad” que avanzaban sobre Oviedo por la carretera de Sotiello. Una hora después se une el refuerzo a los rebeldes encabezados por José María Martínez, avanzando hasta cerca de Pinzales, donde dieron alcance a las fuerzas gubernamentales.

Los revolucionarios eran unos cincuenta y se hicieron fuertes en las alturas, para atacar desde allí la columna diez veces más numerosa. Entablose un intenso tiroteo, pero los soldados, en numerosas guerrillas, después de tres horas de combate, consiguieron cercarnos y hacernos batir en retirada. El ejército tuvo algunas bajas, y algunos revolucionarios fueron pasados a la bayoneta en la retirada. Entre ellos un muchacho de 17 años, de la Felguera, que reservó el último tiro para un sargento del tercio que le iba a hacer prisionero. El sargento quedó muerto y nuestro compañero fue atravesado por las bayonetas.

Ese mismo día la aviación se dedicó al bombardeo de los barrios que había en poder de los rebeldes, causando algunas bajas. Pero uno de los aparatos fue alcanzado por una descarga de los trabajadores y, perforado el depósito de la esencia, hubo de volar sobre el mar, donde arrojó las bombas, para hacer un aterrizaje forzado en la Playa de San Pedro.

Después de esto considerando inútil toda resistencia por carecer del mate­rial preciso, se acuerda suspender las hostilidades, regresando unos a la Felguera con el fin de cortar el paso a la columna que avanzaba sobre Oviedo por otro punto más próximo a la capital.

La lucha en Oviedo

El mismo día 10 fue tomado Gijón por las fuerzas del Estado. Los elementos revolucionarios se agregaron a Oviedo, cayendo en poder de los trabajadores la fábrica de armas de La Vega, donde se encontró mucho material de guerra, varios millares de fusiles y ametralladoras. El armamento fue trasladado en camiones a los distintos pueblos de la provincia donde se suponía que era necesario. A la Felguera se llevaron más de 2.000 fusiles y doce ametralladoras, como también un cañón de 10,05 de los que habían pasado a los revolucionarios en el asalto a la fábrica de Trubia.

Todas estas armas eran utilizadas con precisión. El día 11 había que contar los cartuchos, quedando las guardias en algunas ocasiones con cinco o diez tiros. Se fabricaba algo, pero no llegaban a 30.000 por día, lo cual no alcanzaba más que a uno por combatiente. Hubo de introducirse un racionamiento riguroso, a fin de que no faltasen en los lugares de más resistencia, como ser el cuartel de Pelayo, donde se hacia fuerte el regimiento número 3, el cuartel de Santa Clara defendido por la guardia civil y la de asalto, donde se decía que había más de dos millones de cartuchos de fusil.

También la catedral de Oviedo seguía siendo un punto de resistencia por parte de la guardia de asalto que la había ocupado.

Indignación

Los camaradas de la Felguera reunidos con algunos de Gijón para estudiar la grave situación que se presentaba vieron que Oviedo, blanco de la reacción desde hacía seis días, no podía continuar un momento más en tales condiciones de desventaja para los trabajadores. Era necesario dar otro impulse a la lucha y descartar la creencia del Comité provincial (socialista) de que el enemigo se rendiría sin emplearse en combates a fondo. Había que hacer ver a ese Comité que las notas que continuamente daba con informes de diversas provincias no podían convencer a nadie y que había que ser claros y vivir de realidades. Se había de hacerle comprender que si Oviedo no era tomado el mismo día, habría de costar mucho más trabajo tomarlo en los sucesivos por hallarse cansados los combatientes y comenzar a cundir en todos el pesimismo. Simultáneamente se le comunicaría el deseo de integrar el Comité provincial revolucionario.

Planteada la cuestión al Comité provincial, hay discrepancias en la interpretación del momento, pues nos asegura que se está mejor que nunca y que el ataque no puede estar mejor organizado. En una palabra, que no había porqué censurar la labor del Comité. Pero con frecuencia llegaban de todos los frentes delegaciones que confirmaban nuestros puntos de vista y que opinaban como nosotros que no se podía tener más contemplaciones. Nos dice el Comité en esa reunión que la aviación de León estaba en poder de los revolucionarios y que pronto comenzaría a actuar sobre las posiciones del enemigo. La comisión de camaradas de la Felguera y de Gijón insisten en sus opiniones e invitan al Comité a recorrer los frentes para cerciorarse de la verdadera situación. Los recorre González Peña con un compañero nuestro y se convencen de que no se puede continuar así. Entonces se acepta a la

C.N.T. para reforzar el Comité y alentar a los frentes de lucha. Tres compañeros integrarían el Comité revolucionario y otros tres orientarían la lucha en los puntos de mayor resistencia. Entre los últimos estaba José María Martínez y dos camaradas de la Felguera. En la misma noche habrían de hacerse cargo de sus puestos. Los camaradas de la Felguera se habían de trasladar a su población para notificar lo convenido, mientras José María Martínez y otro compañero de Gijón quedarían en Oviedo luchando contra las fuerzas enemigas. Pero antes de salir estos compañeros a cumplir su misión, un ruido ensordecedor de motores advierte la llegada de la aviación en gran despliegue. La multitud corre a comprobar si es verdad que está de parte de la revolución, haciendo grandes corrillos en las calles y plazas.

La aviación hace algunos vuelos en torno a los cuarteles dejando caer algunos bultos. Luego vuela sobre la capital lanzando proclamas en donde ordena a los revolucionarios la rendición, amenazando con sembrar el luto en toda la provincia si no se atiende su requerimiento. Enseguida cruza veloz otro avión seguido de una escuadrilla de 9 aparatos, los cuales desde una altura de 200 metros comienzan a arrojar bombas, causando infinidad de muertos y heridos. En la plaza del Ayuntamiento y frente al edificio donde estaba el Comité revolucionario, cayó una bomba que causo 53 bajas (16 muertos y los restantes heridos).

Se indignó el pueblo y reanudó intensamente la lucha, pero el Comité revolucionario, compuesto aun por socialistas y comunistas, sintió que la situación iba a ser insostenible.

Parte la delegación de la Felguera a las cinco de la tarde, teniendo que volver a las diez de la noche a integrar el Comité revolucionario y a reorganizar la ofensiva. Siendo las nueve de la noche y mientras se debatía en la Felguera el nombramiento de los compañeros que irían a formar parte del Comité provincial, se presentó José María Martínez con otro camarada, notificando que el Comité provincial, después de estudiar el momento y la gravedad de la situación, había dado por fracasado el movimiento, presentando informes de hallarse totalmente acordonados por las fuerzas del ejercito. En consecuencia no quedaba otro recurso que la retirada de Oviedo, para lo que era preciso desplazar hacia allí todos los vehículos disponibles en los pueblos.

Planteada la cuestión, algunos elementos de la Felguera discrepan y abrigan incluso desconfianza, entendiendo que es preciso proseguir la lucha. El resto, lo mismo que los camaradas de Gijón, sostiene que si el Comité provincial da la orden de retirada habría que retirarse, pues entre los socialistas y comunistas era mayoría el elemento combatiente y nuestra resistencia aislada sería poco menos que inútil.

Dado que una mayoría opinó en favor de la retirada, esta debía de efectuarse en la misma noche del 11 de octubre y José María Martínez fue encargado por el Comité provincial de Oviedo de llevar la orden de retirada a los pueblos poniéndose a salvo los Comités de los pueblos y el mismo Comité provincial. José María, hombre de buena fé y de absoluta sinceridad, se puso en marcha para cumplir el encargo. Pero en Sama de Langreo, pueblo de mayoría socialista, funcionaba ya otro comité provincial integrado por socialistas y comunistas y se hizo correr de boca en boca la voz de que José María Martínez era un traidor. Ocurría esto en los pueblos de mayoría marxista. Al día siguiente aparece muerto en Sotiello.

Cuando se iniciaba la retirada, los compañeros observaron que el combate era más intenso que en días anteriores y advirtieron que todo había sido una maniobra, por lo cual resolvieron incorporarse a sus respectivos pueblos. Así lo hicieron muchos de la Felguera, los cuales al llegar encontraron funcionando otro Comité formado por compañeros anónimos que hicieron entrega del mismo a los que, por hallarse más comprometidos y atendiendo a la orden de los socialistas, habían iniciado la retirada. Se publicó un manifiesto explicando la alarma y la maniobra y señalando la responsabilidad del Comité revolucionario provincial de Oviedo.

También informaron los camaradas del Comité de la Felguera que se habían presentado los socialistas de Sama para constituir allí un Comité, pero se desbarataron pronto sus propósitos.

Se vuelve al combate, quedando los camaradas de la Felguera en Oviedo hasta el día 18. Se reorganizó el comité de distribución y se continúo articulando la nueva sociedad. En esos días las discrepancias entre socialistas y anarquistas se intensificaron a raíz de la publicación de manifiestos invitando a formar el ejército rojo y a declarar la dictadura del proletariado. El Comité de la Felguera se entrevisto varias veces con el Comité provincial haciéndole ver que sus comités contribuían a dividir el movimiento, pues todos los que luchaban no compartían la idea de la dictadura y exhortándole a que cesara esa campaña para no tener la C.N.T. que salir al paso fijando su posición y señalando sus objetivos.

El Comité provincial prometió publicar un manifiesto recomendando abstenerse de toda propaganda divisionista, pues el momento exigía que se unieran todas las corrientes sociales hasta vencer al enemigo. Luego el pueblo aceptaría el régimen que más le interesase. Como el que esto escribe no vio el manifiesto no podría decir si ha sido cumplido o no el acuerdo. Lo que he visto después fue manifiestos en donde se amenazaba con graves penas a los que desobedecieran los decretos del Comité, y otras demostraciones totalmente autoritarias y dictatoriales.

Hacia el Comunismo Libertario

Un descontento general minaba los pueblos de base socialista, mientras que la C.N.T. extendía su radio de acción y su influencia. La Felguera era el eje que movía un buen número de pueblos cuando conocieron en detalle su forma de organización interna, su heroísmo y la audacia de sus combatientes. Pronto comenzaron a verse en todos los pueblos de base marxista nuevos defensores de los postulados de la C.N.T. y hubo localidades que reclamaron de La Felguera miembros que fuesen a ellos a constituir comités para la implantación del comunismo libertario. Entre esos pueblos puede citarse Nava, que requirió nuestra ayuda para tomar el cuartel de la guardia civil, como así se hizo, nombrando un comité similar al de La Felguera. Igualmente ocurrió en Noreña y en

Pola de Siero, cuyos comités fueron integrados por camaradas de La Felguera, en Carbayín, donde la C.N.T. contaba con una sección y un par de grupos de la F.A.I. También Infiesto se entregó sin resistencia a la C.N.T., dando todos los víveres necesarios para el sustento de los revolucionarios y aprovisionando a éstos. Este pueblo está compuesto en su mayoría de gentes acomodadas, pequeños burgueses. El número de habitantes debe ser de

2.000. Meses antes del movimiento fue tiroteado allí un camión que conducía a excursionistas socialistas, interviniendo en ese ataque casi todo el pueblo y resultando varios heridos. En el momento en que La Felguera hizo allí acto de presencia no fue molestada para nada y los cajeros de los Bancos corrieron a entregar a nuestros compañeros las llaves de los Bancos, cosa que rechazaron haciéndoles saber que no querían el dinero, sino la justicia y la libertad.

Al observar nuestro comportamiento se pusieron de nuestra parte y manifestaron la mejor buena voluntad de ayudarnos.

Nava cuenta con unos ocho mil habitantes y carece de organización de la C.N.T., teniendo muy escasas fuerzas el socialismo. En Pola de Siero tiene una influencia preponderante el socialismo; su población es de 29.000 habitantes. Noreña era católica y conservadora.

Para constatar las diferencias de la actuación de socialistas y de anarquistas y su influencia respectiva en los pueblos asturianos sería preciso copiar los manifiestos lanzados por ambas corrientes y explicar en detalle la vida práctica de las localidades en donde predominaban unos y otros.

Conclusión

Declarado el comunismo libertario en La Felguera y suprimido el dinero como signo de cambio, se dejaron intactos los Bancos y Cajas de ahorros y particulares, a excepción de la empresa Duro-Felguera que en la noche de la retirada fue asaltada sin saber por quién, perforándola a soplete y llevando unas 150.000 pesetas.

De esto no puede hacerse responsable al Comité. En cambio, donde los socialistas tenían hegemonía, lo primero que hacían era apoderarse de los bancos y llevarse el dinero que encontraban en ellos.

Otro de los factores que dio prestigio a la C.N.T. fue su conducta para con los enemigos vencidos, a quienes se procuró que no faltara nada y que se respetara por parte de los revolucionarios, sin ensañarse absolutamente con nadie. Podíamos presentar decenas de pruebas al respecto. Basta sólo mencionar el caso de los ingenieros de la Duro-Felguera y de su director, de quienes quisieron apoderarse los socialistas de Sama, en cuya ocasión los camaradas de la Felguera se interpusieron en la forma que ya ha comentado la propia prensa burguesa. Hemos hablado ya de los carabineros de Oviedo. También queremos recordar a un guardia de asalto sorprendido por una patrulla de La Felguera que, al tratar de detenerle, fue atacada por él. Reducido a la impotencia y hecho prisionero, fue llevado en presencia del Comité y allí clamando por su madre, pidió que le dejaran abrazar nuestra causa antes de morir. Como el pueblo de La Felguera no quería servir de carcelero, el guardia fue vestido de paisano para que prestase algunos servicios. Pero un grupo de revolucionarios de Sama, socialistas, advirtió que tenían allí más guardias de asalto en calidad de prisioneros y que se le podía trasladar a aquél pueblo con los demás. El guardia optó por ello y se le traslado allá.

Tags: historiaFelguerarevoluciónAsturias1934
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