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Milicianos, sí ¡Soldados, jamás! La estrategia militar anarquista en la Guerra Civil

Durante el primer año de la Guerra Civil española, las milicias libertarias, formadas por voluntarios y voluntarias de la C.N.T., F.A.I. y P.O.U.M., tuvieron un papel determinante en lo que concierne a la guerra –y revolución- contra el “alzamiento nacional”. Las calles de Barcelona habían sido invadidas por toda la masa obrera que, rebosante de valentía e ímpetu revolucionario, deseaban partir hacia el frente aragonés para asestar un golpe mortal a la hidra facciosa. Todos estos libertarios se negaban a integrarse en los cuerpos oficiales del ejército republicano. En Barcelona se organizó una enorme asamblea de 10.000 voluntarios que votaron el siguiente orden del día:

“Nosotros no nos negamos a cumplir nuestro deber cívico y revolucionario. Queremos ir a liberar a nuestros hermanos de Zaragoza. Queremos ser milicianos de la libertad, pero no soldados de uniforme. El ejército se ha erigido en un peligro para el pueblo; solo las milicias populares protegen las libertades públicas. ¡Milicianos, sí! ¡Soldados, jamás! La CNT hizo suya la causa en Madrid y en la Generalidad catalana. Las declaraciones de los nuevos reclutas se tradujeron pronto en actos: millares vinieron a inscribirse espontáneamente en las milicias. Y la movilización sin distinción de clase o de voluntad revolucionaria fue abandonada en lo concerniente a la lucha contra los facciosos”. 

Pero tanto Madrid como Barcelona cometieron un tremendo error de análisis. No se trataba de una simple represión por parte de un movimiento militar y faccioso. Esa cruenta guerra que se iba a librar durante tres años en suelo español iba más allá, era un “fenómeno social” perpetrado contra la clase obrera por parte de la vieja oligarquía española, que vio peligrar su dominación y sus privilegios ante el ascenso del Frente Popular en las elecciones de febrero de 1936. Fue por tal error de análisis por parte de la burguesía republicano-liberal y del marxismo-socialismo mayoritario del momento (PSOE-PSUC-PCE) que, al creer que era una ‘simple’ guerra contra unos militares fascistas, no consideraron la opción de convertir la guerra civil en una guerra revolucionaria. La dicotomía latente a elegir entre guerra y revolución se vio traspasada a la estrategia a seguir para luchar y la forma de cómo se llevaría a cabo tal lucha, esto es, a elegir entre ejército regular o milicias libertarias.

Los expertos militares del momento estaban totalmente divididos sobre la estrategia militar a seguir. En cambio, los políticos, se inclinaban en su totalidad por la conformación de un ejército regular, temiendo probablemente aparecer insuficientemente imbuidos por del espíritu revolucionario y poco conscientes de las necesidades del momento. Parecía cada vez más necesario  preguntarse si el militarismo recalcitrante del bando sublevado llegaría a imponer sus propias formas y estrategias de lucha a los revolucionarios comunistas y anarquistas o si inversamente los camaradas revolucionarios conseguirían romper el militarismo oponiéndole nuevos métodos estratégicos y extendiendo por toda España la revolución social.

¿Cuáles eran los elementos de éxito de los que disponían los fascistas? Abundancia de material, disciplina draconiana y rígida, una gran organización militar y grandes ‘dotes’ para aterrorizar a la población con ayuda de formaciones parapoliciales aun existentes. ¿Y qué elementos de éxito teníamos del lado ‘popular’? Todo lo contrario: Abundancia de hombres y mujeres, una rebosante iniciativa revolucionaria y una agresividad apasionada de individuos y grupos revolucionarios, simpatía activa de todas las masas trabajadoras del Estado, huelga revolucionaria como arma arrojadiza y el sabotaje clandestino en las zonas ocupadas por el fascismo. La plena utilización de estos elementos físicos y morales, en sí mismas muy superiores a las del adversario faccioso, no podían más que realizarse –y triunfar- mediante la guerrilla extendida por todo el país.

El problema esencial no recaía en transformas la milicia en un ejército regular. El quid de la cuestión estaba en la de elevar la tecnicidad misma de las formaciones milicianas, dándoles material bélico apropiado. Actuar del modo que pregonaba el republicanismo liberal y el marxismo mayoritario significaba esperar la consecución de una batalla napoleónica, cuyos los instrumentos para tal estrategia aun estaban por llegar. Esta última estrategia conllevaba a eternizar la posición actual, dejando el resultado de la guerra en manos del azar, un resultado que de antemano podía ser favorable a la clase trabajadora, si se hubiera sabido utilizar plenamente sus armas propias.

A la hora de partir al frente desde Barcelona, cada columna tenía su fisionomía particular. Los destacamentos comunistas y socialistas se distinguían por una cierta rigidez militar, la presencia de caballería y de armas especiales. Las fuerzas del POUM, las de la Guardia de Asalto y las de los catalanistas se caracterizaban por la belleza y riqueza en sus equipos. Por otra parte aparecen, y no dejan indiferente a nadie, los militantes de la CNT y la FAI, en tres filas separadas, irregulares, esparcidas a lo ancho de la calle y de longitud interminable. A la cabeza de las tres filas se encuentra el estado mayor de las milicias libertarias. Se componía de sindicalistas de la CNT conocidos por ser hombres de acción. En Barcelona mismo, los camaradas que controlaban la economía del país durante el día, empuñan por la tarde el máuser o la mítica pistola ‘Star’. En las filas revolucionarias anarquistas no existe división entre los que llevan la política y los que disparaban la ametralladora contra elementos facciosos. No había “jefes” profesionales. No había especialización burocrática, sino militantes completos, revolucionarios las veinticuatro horas del día.

¿Mando único o coordinación?

Las milicias libertarias aprobaron una moción en Valencia por la cual se consideró necesaria la creación de un organismo de enlace entre las fuerzas que luchan en Teruel y el resto de Aragón, y se constituyó la formación de comités de guerra y de comités de columna, para formar por vía de delegación el comité de operaciones, compuesto por dos delegados civiles y un técnico militar como asesor, por cada columna, y por el delegado de guerra del comité ejecutivo popular, que debe servir de enlace entre las columnas de Teruel y las de otro frente. Por tanto, las milicias revolucionarias y anarquistas estaban en contra de lo que se conocía como “mando único”. No podían aceptar la imposición de un estado mayor, un ministro de guerra que desconoce la situación del terreno bélico ni ha participado en la guerra, que dirige desde el despacho y “da ordenes la mayoría de veces insensatas”. Se proponía, desde la CNT-FAI, la creación de un comité de operaciones, compuesto por representantes directos de las columnas libertarias, y no, como querían los marxistas del PSCU-PCE, de representantes de cada central de organización; querían representantes que conocieran bien el terreno y no cayeran en los mismos errores que el estado mayor (republicano) de Valencia (desorientación a la hora de avanzar, bombardeos y demás ataques que no sabían desde donde procedían y desconocimiento de la actividad del resto de columnas).

La comisión de comité de guerra fue aceptada por todas las milicias confederales. Se partía del individuo y se formaban grupos de diez, que entre sí realizaban las más pequeñas operaciones militares. La reunión de diez grupos formaban las centurias, que nombraban a su vez un delegado para representarlas. Treinta centurias formaban una columna, la cual estaba dirigida por el comité de guerra en que los delegados de centurias tenían voz. Otro punto fue el de la coordinación de todos los frentes. Este se realizaba por los comités constituidos pro dos delegados civiles y un técnico militar como asesor, junto con la delegación del comité ejecutivo popular. Así pues, aunque cada columna conservara su libertad de acción, se llegó a la coordinación de fuerzas milicianas, que no es para nada lo mismo que la unidad de mando. El marxismo mayoritario y el republicanismo liberal se oponían a esta coordinación confederada, decían que las columnas no tenían nada que discutir y que debían acatar, sin opción a réplica, lo que ordenara el estado mayor. De tal modo, más les valía un fracaso con el estado mayor, que cincuenta victorias con cincuenta comités.

¿Federalismo o jerarquía militar?

En cuanto al tema de la militarización, el sector anarquista y revolucionario, dejó patente desde el mismo inicio de la guerra que los militares estaban mejor preparados en la táctica bélica, y que por tanto se aceptaba de buen grado sus consejos y colaboración. En muchas de las columnas cenetistas participaban de forma voluntaria militares republicanos que brindaban sus conocimientos tácticos y estratégicos para avanzar en el Frente y afianzar el proceso revolucionario. Pero lo que las milicias no iban a acatar, bajo ningún concepto, era pasar de una estructura federalista a una disciplina cuartelaria.

Desde la CNT-FAI, que en su momento representaban la vanguardia revolucionaria que pretendió, hasta su último aliento, dirigir a la clase trabajadora hacia la emancipación absoluta, se pensaba que la agrupación miliciana por afinidades debía prevalecer por encima de todo. Que los individuos llamados por la revolución social debían agruparse voluntariamente siguiendo sus propias ideas y temperamento. Se aseguraba, que si las columnas se formaban de forma heterogénea, no se llegaría a buen puerto. Se instaba a no estar sometido a ningún mando militar gubernamental. Se hacía un llamamiento a la lucha para liquidar primero al fascismo, y luego por la consecución del anarquismo. La acción de las columnas no luchaba solo por acabar con “unos militares sin honor” que se habían sublevado, sino por la revolución social, que debía acabar con el capitalismo a la misma vez que el Estado.

Tal actitud por parte de las milicias libertarias hizo que se viera diezmada la dación de material bélico. Las columnas eran abastecidas débilmente por el Estado. Según“L’Espagne Antifasciste” (diario anarquista francés de la época) por cada 3000 milicianos, tan solo mil fusiles eran dados por el Estado, mientras que el resto de armamento debían ser sustraídos al enemigo faccioso.

El problema del sueldo

Uno de los problemas sometidos a discusión –y que marcaron las diferencias entre unos y otros- fue el sueldo a percibir a los que luchaban en el frente. Las comisiones de informadores aseguraban que los milicianos debían depender económicamente del Estado. A esto, la CNT, respondió que al comienzo de la contienda bélica las columnas de la Confederación se formaron de manera espontanea y partieron hacia el frente. Nadie se ocupaba del tema salarial, ya que los pueblos por donde avanzaba la revolución social, se hacían cargo de la existencia de los milicianos y milicianas. Pero llegó un momento en que las familias de los pueblos ya no podían abastecer más y las reclamaciones comenzaron. La CNT siempre fue hostil al salario de diez pesetas porque eso provocaba que el combatiente se convirtiera en un “profesional” y fuera perdiendo su espíritu revolucionario. Ese temor, por parte de la CNT, estaba justificado ya que se habían dado caso de milicianos que se habían “corrompido”. Se dictaminó que si el Sindicato podía hacerse cargo del mantenimiento de las columnas sería mucho mejor, pero que en caso contrario se seguirían recibiendo el sueldo gubernamental de diez pesetas. Lo que si estuvo claro en todo momento es que en las milicias libertarias los sueldos eran totalmente iguales entre milicianos y delegados de cualquier graduación en comparación con el sector republicano-liberal y marxista, donde los sueldos –y los permisos- variaban en función del rango dentro del ejército.

El miliciano como individuo consciente

¿Era más eficaz una unidad de mando absoluto que decidiera la función que el individuo debía asumir en la guerra, que las propias convicciones del individuo? El sector libertario del  momento asumía que el miliciano que se alistaba en la milicia ya que en ella hallaba una unidad moral, intelectual y revolucionaria. Por ello mismo, la CNT-FAI, que era la primera que estuvo en el campo de batalla luchando contra el fascismo y la burguesía, no estaba por la labor de permitir que el marxismo y el republicanismo burgués trataran de aniquilar lo mejor el proletariado catalán, es decir, ese proletariado anarquista y revolucionario que “poseían la valentía del bravo guerrillero de la independencia que hundió las pretensiones del invasor Bonaparte”. Por esto mismo tampoco se podía acatar el mando único, porque los militares republicanos y marxistas no habían hecho más que permanecer en la retaguardia, alejados de toda batalla contra el enemigo. Y la CNT-FAI, que sabían que había milicianos cien veces más validos que todos los militarizados, no querían trabas gubernamentales, ni que se invocara la falsa consigna de que sin mando único no podía ganarse la guerra. Las prácticas bélicas de los partidos políticos del régimen republicano que pretendían crear una unidad de mando absoluta para darla a su Ejército popular, para eternizar la dictadura del capital, pusieron en riesgo la revolución. Y finalmente la consiguieron socavar.

Definitivamente, y sobre todo a partir de los “sucesos de mayo” de 1937, las tácticas y estrategias de guerra anarquistas fueron liquidadas –junto a la revolución- y la táctica republicano liberal fue la que predominó el curso de la guerra en el bando republicano. La consigna marxista-liberal de “primero la guerra” no tenía ningún sentido, la única estrategia viable era la guerra revolucionaria, esto es, o revolución o desastre. Finalmente vino el desastre con la consiguiente victoria fascista en 1939 y una larga dictadura franquista de casi cuarenta años. 

Borja
http://kntrakultura.blogspot.com.es/
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