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Guerra y anarquismo. Durruti y el laberinto bélico

Muchas veces, los anarquistas han criticado el culto a la personalidad común a las dictaduras de signo diverso, pero coincidentes en la exaltación paroxística del jefe. Si “Mussolini siempre tiene razón” era el eslogan que identificaba en el Duce al régimen fascista, otras frases similares rodeaban a las figuras de Hitler o de Stalin. En tiempos recientes, se recuerdan los casos de Kim Il-Sung en Corea del Norte, y de Fidel Castro en Cuba. Por no hablar del Papa, único jefe de un reino declaradamente de origen divino, que se considera superior a todos los demás seres humanos. Pero también Estados con imagen democrática (pensemos en varios países de Oriente Medio o excomunistas) han producido una atmósfera de adoración hacia sus líderes indiscutibles. Y quien se atreve a expresar disenso a esta deprimente realidad conoce las atenciones represivas.

Para la óptica libertaria no puede haber jerarquía entre los compañeros sino que tiene que reinar una igualdad de principio, tanto ético como organizativo. Igualmente sería irreal atribuir, en el pasado e incluso en el presente, a cada militante la misma capacidad de promocionar el movimiento a través de acciones y escritos, luchas y pensamiento. Existe en la realidad humana quien es más dado a estimular participación y conciencia y quien, por naturaleza o por educación, se mueve sobre todo en un terreno menos protagonista, más en consonancia con las propias inclinaciones y con los propios deseos. Se debe tomar nota de que algunos compañeros, por una serie de circunstancias que dependen solo en parte de sí mismos, han desarrollado o desarrollan una actividad que pesa significativamente sobre todo el movimiento.

Con toda seguridad, no hay necesidad en las filas anarquistas de héroes ni de santos ni, esperemos, de mártires sino de personas libres que se esfuerzan, con sus cualidades y sus límites, en la construcción de un movimiento de libres e iguales para preparar la sociedad del mañana, orientada en la misma dirección. Al mismo tiempo es necesario reconocer que la actividad de quien ha combatido, de diferentes maneras pero durante toda una vida, por los ideales libertarios ha proporcionado un ejemplo y un acicate muy útil en el curso de un desafío que el anarquismo ha lanzado contra toda forma de dominio. El esfuerzo antiautoritario, está claro, no tiene muchas posibilidades de vencer, pero contiene en germen una gran propuesta para la humanidad oprimida, al menos para aquella que quiere emanciparse completamente.

En esta marco, recordamos la personalidad de Buenaventura Durruti (1896-1936), que ha dejado una herencia amplia entre todos, y no son pocos, los que se identifican con la “utopía hecha historia” de la Revolución española. La España de 1936 ha conocido una revolución con muchos aspectos positivos (colectivizaciones, milicias, liberación de la mujer, difusión cultural…) y alguna faceta problemática (militarización de la lucha libertaria, burocratización del mayor movimiento del mundo, aceptación del compromiso político en nombre de la urgencia bélica y del antifascismo…).

Dentro de este laberinto, Durruti se ha mostrado intentando conducir una lucha armada contra los generales reaccionarios lo más coherente posible con los valores de referencia ampliamente perseguidos en los enfrentamientos, violentos o sindicales, con los varios regímenes españoles de los primeros años veinte en adelante. Sus aspiraciones revolucionarias y, si queremos, humanitarias (en el buen sentido del término) han tenido que considerar el contexto, casi siempre desfavorable, en el que se situaban, y no precisamente en la propia responsabilidad. El golpe de Estado de los generales el 18 de julio de 1936, en parte fallido, había producido efectos paradójicos. Como recordaba a menudo Abel Paz, la sublevación militar quería erradicar de España la planta maléfica de la revolución social pero, en realidad, había interrumpido el control de las instituciones republicanas, incluso de las dedicadas a la opresión de los proyectos libertarios. Indirectamente resultó favorecida la organización de formas de lucha paritarias y autónomas como la de las milicias. Mientras tanto se desarrolló un movimiento campesino y obrero que autogestionaba la producción y los servicios mientras se difundía por cada región no conquistada por los generales (y poco controlada por el aparato republicano) una fuerte tendencia a fundar una nueva sociedad basada en una cultura generalizada que proporcionase instrumentos eficaces para una verdadera reconstrucción económica y moral.

La aceptación de Durruti de abandonar el frente aragonés, donde las fuerzas revolucionarias constituían la mayoría de los combatientes, a primeros de noviembre de 1936, constituye todavía hoy un punto de reflexión sobre los brutales condicionamientos de la guerra en las actitudes libertarias. En Aragón se estaba llevando a cabo una experiencia rural muy avanzada, basada en la autonomía de los diferentes pueblos dentro de un programa federal. Esto permitía proyectar una vasta región, con Cataluña y Levante, donde se podría haber constituido una sólida base para una autoorganización relativamente independiente del gobierno de la República. Este, tras el inicial marasmo y la ineficacia de julio-agosto de 1936, buscaba recuperar la autoridad institucional ya vacía de contenido e inútil. El enfrentamiento bélico, interpretado por el Estado republicano según una lógica tradicional de ejércitos jerárquicos, disciplinados y subordinados a los altos mandos, favorecería la centralización del poder y el enderezamiento progresivo de todas las organizaciones antifascistas. Incluso la CNT-FAI, más o menos voluntariamente, en esta lógica debería abandonar los ambiciosos programas revolucionarios para someterse a una línea de obediencia a las decisiones de las cúpulas políticas y militares.

En base a este nuevo clima de restauración, el mismo Durruti, que estaba al mando de una columna semiindependiente, acabó obedeciendo la orden de trasladarse a Madrid, casi completamente rodeada, para contribuir a su defensa. Madrid no era Barcelona, donde prevalecía la tensión antiautoritaria, sino una capital que, abandonada por el Gobierno, que encontró oportuno refugiarse en Valencia, constituía un símbolo además de un frente de combate. Por supuesto que la Unión Soviética había decidido intervenir en un conflicto tan delicado, mientras los generales rebeldes anunciaban que, en breve, “estarían tomando café en la Puerta del Sol”. Objetivamente, los centenares de aviones soviéticos constituyeron una eficaz barrera para el asalto a Madrid de los ejércitos franquistas.

Sobre el terreno bélico y en la óptica militarista cuenta más quien dispone de una gran potencia de fuego, y esto ocurrió también en la España de la guerra civil. La muerte de Durruti fue también una señal de que los esfuerzos generosos e idealistas de los anarquistas podían vencer en las calles de Barcelona, pero estaban destinados a ser sustituidos por otras estructuras militares dotadas de enormes medios de combate, por así decir, “industriales”.
Es una observación que no solo sirve para el pasado español, sino que creo pueda valer incluso hoy en situaciones difíciles aunque sean muy diferentes. Hay territorios donde se alimenta, justamente, la esperanza emancipadora y autogestionaria; pero hay que tener presente que el conflicto atrae los intereses y los planes de las grandes potencias, regionales o mundiales.

Claudio Venza

P.D. Pienso, igual me equivoco, en el norte de Siria. Allí, la admirable resistencia de Kobane inflama, también entre nosotros, las esperanzas en una nueva experiencia de federalismo, autonomía y autogestión.

Publicado en el periódico Tierra y libertad núm.320 (marzo 2015).

Tags: guerraanarquismoDurrutibélica
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