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El extremismo literario - Benito Milla (1951)

Artículo de Benito Milla, publicado originalmente en CENIT -Redacción Federica Montseny-, número 1 (páginas 17-18), enero de 1951. Prensa anarquista del exilio Toulouse, Francia. Transcrito y enviado por Corinne Flores.

La novela de hoy, como testimonio consciente o no de nuestro tiempo, es un formidable documento psicológico. Proyecta sobre el gran público con medios técnicos de difusión de los que carecieron los novelistas anteriores, la novela actual manifiesta su influencia en la escala mundial ante amplísimas multitudes de lectores; pero en su grandeza potencial esta su tragedia moral. El éxito ha corrompido los principios de responsabilidad del escritor, en la mayoría de los casos y ha puesto a este a mereced de la pasiones de su público. En estas condiciones, la novela tenía que caer, inevitablemente, en los extremos que caracterizan a nuestra época, perdiendo sus objetivos modeladores en beneficio de los desatados impulsos irracionales del público-patrón. En la medida que el novelista condiciona su obra a las exigencias de la demanda ambiente, la despoja de toda intención social saludable y de los esenciales pruritos artísticos. El novelista se convierte en instrumento de sus propios engendros literarios y su objetivo final inalterable será el existo con sus consecuencias publicitarias y financieras. En este caso, la obra literaria será una deposición contra la clase de sociedad que la propicia y la estimula y su testimonio valido como confesión de parte. Pero carecerá de objetividad consciente, y será ella misma una parte más del testimonio "Por sus obras los conoceréis" podría decirse de esta literatura y de la sociedad que la auspicia.

Caracterizándose las tendencias de la época que nos toca vivir por sus precipitaciones en los abismos de la violencia, la novela de éxito no podía substraerse a sus influencias, y en mayor o menor grado se ha plegado a ellas. Del proceso de frustración de nuestra civilización técnica se han desprendido causas diversas, reveladoras todas ellas de la ruptura de equilibrio social y armonía humana. Con la irrupción de la burguesía en el plano social y su sentido de la vida fundamentado en el éxito personal, en la competencia industrial y la lucha comercial, todas la manifestaciones universales debían saturarse de esa inmoralidad egoísta. La misma ciencia del pasado siglo exagero las tesis darwinianas sobre los procesos de selección natural para justificar el predominio de clases y la concepción de una sociedad establecida sobre la competencia, con todas las desigualdades inherentes a semejante ordenamiento. En resultado de esas formas de vida no podía ser otro que la exasperación de la desigualdad social y su evidente injusticia el crecimiento del complejo de culpabilidad en las clases dominantes, el inevitable reforzamiento de los recursos regresivos y la aparición de un técnica de la mixtificación moral que desviara todos los descontentos hacia zonas menos peligrosas, para los privilegios adquiridos. La literatura primero, el cine y la radio después, han sido los grandes vehículos de esa mixtificación.

En otro orden de cosas menos aparente, las formas sociales que han ido desde la irrupción de la burguesía, por proceso de crecimiento, hasta el capitalismo y el super-Estado, con sus contradicciones económicas unas veces y sus apetitos de poder siempre, han fomentado otros géneros de violencia y mixtificación que han terminado en las terribles guerras coloniales o en las no menos horrorosas guerras por el poder. En ese proceso, que ha requerido, mucho mas que antiguamente, la intervención de una poderosa máquina de propaganda, los escritores han jugado un gran papel como instigadores. La interferencia de la política en la literatura siempre ha sido nefasta para la última, pues es evidente que nunca paso de ser un recurso de la primera. En ese sentido, los escritores que consciente o inconscientemente se plegaron a no importa que política de poder... todas lo son...incurrieron en el delito de irresponsabilidad social. Aquí podrá oponerse esa idea tan vulgarizada hoy en día del "escritor comprometido", pero en el fondo esa idea no es más que una nueva mixtificación. El escritor solo puede comprometerse ante su consciencia y ser, como decía Camus, el "testigo de la libertad". La libertad es el valor humano fundamental y el escritor, como hombre, debe considerarlo antes que nada, por encima de las apariencias de partido o de bandera. Si el escritor es incapaz de considerar al hombre como valor integral, dispersado únicamente por las supercherías políticas y los simbolismos teológicos, raciales o nacionalistas, su creación será una contribución más al desequilibrio humano. Mientras el escritor no se enfrente con sus responsabilidades esenciales de cara el hombre y como hombre, antes que como escritor, es decir, sintiéndose previamente solidario del destino humano. Incurrirá en la misma falsedad que se viene repitiendo desde Platón hasta nuestros días: la justificación de un orden social fuera de la justicia y de la libertad y, por lo tanto, inicuo.

Si enfrentamos preferentemente aquí el problema de la novela es por su amplia repercusión mundial, y porque refiriéndose casi siempre a las zonas emocionales del individuo, es más capaz de desencadenar instintos y pasiones. Sobre todo, desde que la radio y el cine se apoyan insistentemente sobre la creación literaria para sus argumentos, ofreciendo a la literatura nuevos campos de difusión por la voz y por la imagen. La ampliación de medios no hace más que acrecentar la responsabilidad moral del escritor frente al público, aunque por amarga contradicción el tipo del escritor responsable sea cada día menos reconocible ante la creciente mercantilización literaria. El dilema para el escritor que sea capaz de plantearse ciertos problemas de consciencia seria: Educar o satisfacer al público. Satisfacer al público equivale a plegarse incondicionalmente a los apetitos estimulados por et tipo de sociedad que hemos descrito, y que es la nuestra. Educar al público seria renunciar a mas serie de beneficios materiales, ante la posible inhibición de los perezosos y rezagados mentales, además de la repulsión hacia toda obra consciente de los irremediablemente intoxicados, y aceptar únicamente las ventajas de tipo moral que semejante desprendimiento puede proporcionar a toda conciencia responsable. Limitación de público y limitación de medios corren paralelamente. De ahí que ese dilema solo puede ser enfrentado apelando a la calidad de hombre del escritor, no al oficio simplemente.

El oficio ha hecho incurrir a la literatura de nuestro tiempo en el extremismo de la violencia literaria. Descontando la baja literatura de Kiosco, que representa hoy en día una verdadera infección social y un peligro inminente para el equilibrio mental de nuestros contemporáneos, la literatura de la violencia y de la locura dominan fuertemente el mercado, acelerando con su influencia el desenfreno de nuestra sociedad. El proceso es el siguiente: el novelista recoge la temática latente en el ambiente, la moldea y exagera devolviéndola con el consiguiente impacto, que no hace más que acelerar el movimiento ya existente. Violencia más violencia igual a violencia. Y así hasta el infinito. Los novelistas no ignoran la capacidad de mimetismo contenida en el tipo medio de individuo, pues de ese conocimiento se valen para moderar sus personajes intuyendo de antemano el efecto que van a causar sobre los lectores: por eso en la medida que los protagonistas responden a un tipo de hombre determinado, ese tipo de hombre poseerá innumerables posibilidades de encontrar millares de imitadores. En otro sentido, pero relacionándose estrechamente, la moda produce iguales efectos en base a esta constante capacidad de mimetismo del tipo de sociedad. Es indudable que el escritor recurre a la pintura de sentimientos mediocres, pasiones infames, instintos ruines o hazañas absurdas, las posibilidades de incrementación de la mediocridad, la infamia, la ruindad y la estupidez se multiplicaran infinitamente. Es lo que se hace. Cuando Hemingway intenta caracterizar la lucha civil española se vale de fórmulas abstractas para definir el contenido esencial de la lucha, es decir, sus objetivos sociales; en cambio, introduce toda la técnica de la salacidad y la morbidez de la sangre y el sexo para representarla. Quiere decirse que el escritor de éxito está menos preparado --por falta de interés más que de inteligencia-- para captar lo esencialmente humano, y transmitirlo multiplicado a través del lente de aumento de la literatura, que todos aquellos elementos que pueden producir el disparo nervioso y la emoción violenta. En este sentido el escritor traiciona al hombre, y más aún cuando, generalmente ese escritor extremista, condenas otros extremismos políticos que no están desacuerdo con los intereses a los que se ha sometido. Esto suele ocurrir, y el caso más típico hoy es Malraux, que paso del extremismo literario al extremismo político, y de un extremismo político--- el gaullismo.

Como el extremismo político, del que está poderosamente influido, el extremismo literario es una manifestación de la desintegración de un orden social absolutista, sostenido sobre el tinglado del egotismo capitalista, evolucionado hasta la exacerbación y de la voluntad de poder cristalizada en las formas actuales del super-Estado.

Las probabilidades de equilibrio las podemos encontrar únicamente en las tendencias sociales que se oponen fundamentalmente a la voluntad de poder y a una Economía basada en la lucha de todos contra todos. Es innegable que estas tendencias siguen latentes en amplios grupos sociales minoritarios, pero cada día mejor aleccionados y más convencidos de sus razones de supervivencia por el ejemplo de los antagonismos de nuestra civilización. Se trata, para todos, y para los escritores responsables principalmente, de dar a conocer todas esas experiencia y aunar las voluntades dispersas en una suprema integración de la cooperación, la justicia y la libertad frente a las instituciones e individuos que se oponen a la inauguración de un verdadero orden humano

B. Milla

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