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«Destruirlo todo» | Libro maldito de la anarquía

  [EXTRACTO DEL CATECISMO REVOLUCIONARIO: EL LIBRO MALDITO DE LA ANARQUÍA]

Próximamente, estará disponible tanto en formato digital como físico. 


parablogCATECISMO

«Al abandonar Rusia, decidió fabricarse un retrato a medida de los históricos conspiradores al estilo de los carbonarios o los jacobinos franceses. Casi todo era fruto de una gran falsificación; aseguró que provenía de una familia de intelectuales, pero en realidad su padre era camarero y pintor de brocha gorda y su madre hija de campesinos siervos. Tenía la fuerza y la arrogancia, pero carecía de ejército. El clima en San Petersburgo debió parecerle insuficiente y sin el ardor guerrero con el que soñaba: ¡Después de los decembristas todos se abandonaron a las teorías!, afirmó más tarde. Además, antes de partir hizo correr el rumor, gracias a una nota escrita de su puño y letra (que dijo haber sido arrojada desde un vehículo policial, algo por supuesto falso, de que había sido detenido, acusado de actividades conspiradores y conducidos a una cárcel secreta. Nechayev, de este modo, se forjaba en su país una reputación de peligroso líder de la facción más extremista de la juventud revolucionaria. Su intención, sin embargo, era llegar hasta Ginebra rodeado de este halo de secretismo y notoriedad para conocer al gran líder del anarquismo, el hombre considerado como príncipe de la bandera negra, Mijaíl Bakunin.

«¡Y empezará la revuelta! Se armará un follón como todavía no se ha visto en el mundo... Se cubrirá de tinieblas Rusia, llorará la tierra por los antiguos dioses... Bueno, nosotros pondremos en su lugar... ¿a quién?... ¡A usted (Stavrogin), a usted!»

Su fama le precedía. Bakunin, tras pasar doce años en cárceles de Austria, Rusia y Siberia, había logrado escapar y alcanzar territorio japonés. Allí, tras una odisea en la que vivió escondido y fue socorrido por sus contactos, viajó hasta San Francisco, donde llegó en el otoño de 1861. Nada más pisar suelo americano, escribió a su gran amigo y colaborador Herzen, que vivía en Londrés, anunciándole que lo más rápidamente que le fuese posible iba a encontrarse con él. Allí estaba otro de sus fieles amigos, el incansable Ogarev. No había tiempo que perder y Bakunin, una vez que desembarcó en el puerto de Liverpool, tomó el primer tren hacía la capital, irrumpiendo en la casa de Herzen justamente una noche del año nuevo, cuando todos estaban cenando. «¿Qué? ¡Os estáis convirtiendo en unas otras!, exclamó Bakunin nada más hacer su aparición y contemplar la tranquila escena. Es malo estar echado. ¡Arriba! Tenemos mucho trabajo», concluyó. Herzen, en Mi pasado y mis pensamientos, recordó la impresión que le produjo el reencuentro con el gran luchador anarquista: «En nuestro seno, Bakunin se recuperó de nueve años de silencio y soledad. Discutía, predicaba, daba órdenes, chillaba, componía, organizaba, exhortaba, el día entero, la noche entera, las veinticuatro horas. En los breves momentos de reposo se abalanzaba sobre su escritorio y, tras limpiar de ceniza de tabaco un pequeño espacio, empezaba a escribir cinco, diez, quince cartas Semipalatinsk y Arad, a Belgrado y Constantinopla, a Besarabia, a Moldavia y a la Rusia Blanca. A mitad de una carta tiraba la pluma para refutar a un reaccionario dálmata y, sin terminar su discurso , la cogía nuevamente para seguir escribiendo. Esto le era, naturalmente, más fácil cuando escribía sobre un mismo tema. Su actividad, su ocio, su apetito, como todas sus demás características -tales eran su gigantesca figura y su continuo sudar- eran de proporciones sobrehumanas, e incluso, ya viejo, se conservaba como un gigante de leonina cabeza y despeinada melena».

«Toda situación extremadamente vergonzosa, completamente degradante, detestable y, sobre todo, ridícula, en que me he hallado en mi vida ha despertado siempre en mí, junto con una cólera desmedida, un deleite indescriptible»

En Marzo de 1869, provisto de un pasaporte falso, Nechayev cruzó la frontera y nada más llegar a Ginebra contactó con Bakunin. «Era una abrumadora y sin par combinación de fanático, fanfarrón y maleducado», afirmó E. H. Carr. Jugaba sobre seguro; la prodigiosa habilidad para fantasear e imaginar grupos secretos inexistentes o para afirmar que se trataba de gigantescas organizaciones clandestinas potencialmente devastadoras, hizo que Nechayev, en plena confidencia entre camaradas, le confesase que había llegado hasta Suiza con una misión: en calidad de representante de lo que llamó el Comité Revolucionario Ruso, con sede en San Petersburgo, que estaba preparando los días previos a la insurrección en aquel país. (Todo apunta a que ésta potente organización era una farsa. Sin embargo, existe algún autor que sostiene que en San Petersburgo Nechayev contó con una sólida organización secreta que llegó a tener aproximadamente cuatrocientos militantes, repartido entre estudiantes de distintas facultades, lo cual desmentiría la opinión mayoritaria que sostiene que todo se debió a un deliberado fraude que tenía como objetivo ganarse ante Bakunin una reputación de revolucionario profesional) La revolución necesitaba de Bakunin. 

La impresión que le causó al mítico líder fue formidable; Bakunin, que sentía que su tiempo se consumía pero que no había perdido un ápice de su arrolladora fuerza, vio en aquel chico un heraldo, la señal de que por fin el viejo mundo se precipitaba hacia su ocaso. Bakunin, absorto y fascinado, creyó cuanto decía. En el fondo son muy similares, aunque Nechayev es mucho más joven. Se ha fraguado su carta de presentación a base de mentiras, creándose una leyenda: la leyenda de que con él la revolución es posible. Y, con ello, pide ayuda a Bakunin para hacer la revolución. Y Bakunin muy despegado de la realidad rusa le cree. Lleva demasiado tiempo e Suiza, y la gente de la que se rodea, como Zhukovski, Ogarev o Utin, ya son muy europeos. Su imaginación es tan intensa como de la que siempre hizo gala Bakunin. Pero en él esa imaginación está teñida de una sensación profunda de fraude. Ciertamente su abnegación y su ciega dedicación a la causa producen una imagen de revolucionario romántico, que ningún revolucionario contemporáneo podría soñar con poseer, con lo cual, al menos, tienen garantizado su personal Olimpo en la mística revolucionaria. En sus cartas Bakunin le llama «Boy» (aún recordaba algunas palabras en Inglés de su estancia en Londrés), firmando él mismo con el nombre femenino de Matrena (en un momento dado, Bakunin advierte:

«El Boy debe permanecer ajeno... Procurará espiarte, sonsacarte... No te dejes aprisionas en sus redes. Engañale sin escrúpulos... ¡Guárdate del Boy! […] No es un canalla, pero cuando cree actuar en provecho de la causa, nada le detiene. Introducido en tu intimidad, te espiará, te calumniará, abrirá tus cajones, leería tu correspondencia, y cuando una carta le pareciese interesante, es decir, comprometedora, no vacilará en robártela. Si le presentas a un amigo, inmediatamente se prepondrá enemistaros. Su primer móvil es siempre sembrar el odio y la discordia. Si tienes una hija o una hermana intentará seducirla, hacerle un chico para arrancarla a las leyes morales de la familia e inducirla a un protesta revolucionaria contra la sociedad, Su única excusa es su fanatismo.: ha identificado completamente su propia persona con la causa de la revolución. Es un gran ambicioso, pero no un egoísta atento al medro personal, porque lleva una vida de mártir, de privaciones, de trabajo. Cuando hay que servir a la causa, no vacila ni se detiene ante nada. Es un fanático abnegado, pero al mismo tiempo un fanático peligroso».

El revolucionario nato que siempre fue Bakunin, su llama, arde con inusitada intensidad. Ya sueña con una revolución en Rusia. El cariño y afecto que le inspiró, generó una de las alianza más célebres de toda la historias de las ideas. Ambos, metidos de lleno en un enorme frenesí, en los siguientes meses redactaron cerca de una docena de manifiestos, cartas y panfletos destinados a sus camaradas revolucionarios del mundo entero. Tan sólo un mes más tarde de la aparición de Nechayev, un exaltado Bakunin confesaba por carta a su colega Guillaume lo siguiente: «Tengo aquí conmigo a uno de esos jóvenes fanáticos que desconocen las dudas, que nada temen y que han decidido de modo absoluto que muchos, muchísimos de ellos, deberán perecer bajos los golpes del gobierno, pero que no por ello se detendrán, hasta que el pueblo ruso se rebele. Son magníficos estos jóvenes fanáticos, creyentes sin dios, héroes sin palabrerías».

La confianza y fe que Bakunin depositó en él fue tal que le entregó una tarjeta que debía servirle como salvoconducto, un documento gracias al cual todos los revolucionarios del mundo deberían acudir en auxilio de Nechayev (esconderlo, protegerlo, financiarlo); la tarjeta se convirtió en uno de los grandes misterios de la historia de los grupos armados, las sociedades secretas conspirativa y el terrorismo, ya que decía lo siguiente: «El portador de éste documento es uno de los representantes acreditados de la Sección Rusa de la Alianza Revolucionaria Mundial. Num. 2771». Junto a la firma de Mijaíl Bakunin, llevaba estampado el nombre de Alianza Revolucionaria Europea. Comité Central. No existe prueba alguna de la existencia de ésta sociedad secreta, ni por supuesto del Cómite Revolucionario Ruso, pero desde entonces, escritores, historiadores e investigadores se han hecho la misma pregunta: ¿existirían acaso otros 2770 miembros que, repartidos por todo el mundo, conspiraban para la victoria final?

«Yo amo la belleza. Soy nihilista, pero amo la belleza. ¿Acaso los nihilistas son incapaces de amar la belleza? Lo que no aman son los ídolos, pero yo a un ídolo. ¡Usted es mi ídolo […] Usted es el hombre que necesitamos […] Usted es mi caudillo, mi sol, yo soy su gusano».

Nechayev era intenso, arrogante y astuto. A Herzen, que lo visitó por aquellas fechas, le causó un gran desagrado su actitud fanática y despreciativa. No todos pensaban lo mismo, Ogarev, en cambio, se hallaba completamente seducido por Nechayev. Herzen, en absoluto se sentía solidario con aquel nuevo movimiento de jóvenes nihilistas que él, indirectamente, había inspirado; su furia contra el viejo mundo era de otra clase y su famosa frase «la aniquilación de lo viejo es el engendramiento del porvenir» no tenía nada que ver con la dinamita y el terror. A los ojos de esos jóvenes, Herzen y tantos otros (Bakunin incluido) se había vuelto blandos y viejos. Los veían como un grupo de apóstoles, fanáticos y fanfarrones.212897651-a52e5

A pesar de la desconfianza que generaba el recién llegado, poseía un intenso carisma y una inusitada capacidad de convencimiento. Era taxativo, recio, sin atisbo de humor, prefigurando en sí mismo la crudeza de la revolución venidera. Junto a Bakunin, aseguraba estar sellando el futuro de la humanidad. Herzen, sobrecogido, vio a su viejo colega fuera de sí, más agitado que nunca y al borde del colapso. Muchos advirtieron a Bakunin de la vertiginosa etapa en que se hallaba y del riesgo que implicaba deslizarse por la pendiente junto a su nuevo amigo. Fue entonces cuando vio la luz El catecismo revolucionario, uno de los documentos que, a modo de manifiesto político sobre el estilo de vida del revolucionario profesional y su estrategia política, ha pasado a la historia como uno de los textos más violentos y amorales de todos los tiempos. Un libro maldito, excesivo, el texto fundacional de una nueva religión. Para el historiador libertario Paul Avrich «constituye la mayor declaración de un credo revolucionario que ha ocupado, durante más de un siglo, un puesto prominente en la historia revolucionaria». Peter Marshall, por su parte, en su libro A History of anarchism, lo califica como «uno de los documentos más repulsivos en la historia del terrorismo», sirviendo de inspiración a figuras clave en la historia del terrorismo contemporáneo como el alemán Johann Most, que lo reimprimió y difundió poco después, justo en el momento en que estaba introduciendo innovaciones a la violencia revolucionario, como la carta-bomba (Johann Most merecería un libro entero, sin duda. Most, en su perfeccionamiento y puesta a punto del terror, imaginó bombardeos contra sus enemigos desde el aire. Un puñado de activistas, a bordo de dirigibles, lanzarían bombas sobre las cabezas de reyes, zares y aristócratas. En su periódico Freiheit -5 de mayo de 1883-, aseguró que este tipo de acción podría realizarse en el transcurso de desfiles militares. Según él, sería imparable. El asesinato de Ivanov le dio también algunas ideas sobre qué hacer con los chivatos: «Cuando seamos más fuertes, actuaremos contra ellos; un partido en guerra no puede tolerar traidores en sus filas. Que se vayan al diablo las posturas pusilánimes, falsamente humanitarias. ¡ Viva el odio! ¡Viva la venganza!»).

Del viejo mundo no debía quedar piedra sobre piedra. Precisamente, esta fue una de las etapas más extrañas en la trayectoria de Bakunin, quien hasta ese momento no había expresado una fe tan extrema en la violencia revolucionaria. Tres años antes de la publicación de El Catecismo revolucionario, había escrito otro catecismo, El Catecismo nacional, en que reconocía que «en el inicio (cuando el pueblo, con justa razón, espontáneamente se vuelve contra sus torturadores la revolución será aparentemente sangrienta y vengativa. Pero en fase no durará mucho y nunca degenerará en un terrorismo frio y sistemático... Será una guerra, no contra hombres particulares, sino de entrada contra las instituciones antisociales de las cuales sus poderos y privilegios dependen». En su último punto, adelantaba una de las ideas constantes en el pensamiento de Bakunin: «la sociedad secreta internacional. En el sentido de prepararse para esta revolución será necesario conspirar y organizar una fuerte asociación secreta coordinada por un núcleo internacional». ¿Fue este el antecedente de la pretendida, aunque ficticia, Alianza Revolucionaria Europea, que tenía hasta su propio (y también ficticio) Comité Central, que llegaría tres años más tarde gracias a la aparición del misterioso Nechayev? Las diferencia entre uno y otro texto son importantes; El catecismo de 1866 afirmaba que la violencia debía dirigirse principalmente, contra las instituciones y no contra las personas. Las bajas eran inevitables. Bakunin no estaba proclamando algo que no estuviera implícito en todos los manifiestos revolucionarios de la época, donde el levantamiento no podía llevarse a cabo sin una violencia organizada. El derramamiento de sangre resultaba, por lo tanto, inevitable, pero el viejo líder no justificaba el terrorismo sistemático defendido por Nechayev y, posteriormente, por los nihilistas pertenecientes a Naródnaya Volya (La voluntad del Pueblo). A pesar de que en distintos momentos de su vida Bakunin defendió al ladrón y al criminal como enemigo del orden y un potencial aliado, afirmó que la violencia debía organizarse estrictamente, ya fuese por medio de un ejército popular revolucionario (revolución de 1848) o por comités.Refusal_of_Confession_Ilya_Repin-3dc74

Pero han pasado tres años desde aquel texto. En 1869, muy influenciado por su alianza con el recién llegado, su transformación, advertida por su colega Herzen y muchos otros, resultaba evidente. En Los principios de la revolución, un texto publicado ese mismo año al calor de El Catecismo revolucionario, encontramos una cita que bien podría haber sido suscrita por Nechayev: «No reconocemos otra acción que la destrucción, aunque admitimos que las formas en que tal acción se manifieste serán extraordinariamente variadas: el veneno, el cuchillo, la soga, etc». Todo pareció venirse abajo con la aparición del intenso Nechayev; había llegado el gran momento, y sin tiempo que perder los revolucionarios debían infiltrarse entre los sectores criminales, aprender de ellos, de su estilo de vida y determinación, dirigirlos hacia la desestabilización del Estado. Hacia el deseado fin del viejo mundo.

«El Dios ruso ya se ha vendido al vodka barato. El campesinado está borracho, las madres están borrachas, los hijos borrachos, las iglesias vacías, y en los tribunales lo que uno oye es: “O una garrafa de vodka o doscientos latigazos”. ¡Oh, que crezca esta generación! ¡Lo malo es que no podemos esperar; de lo contrario habría que permitirles emborracharse aún más! ¡Ay, qué lástima que no haya proletariado! Pero lo habrá, lo habrá».

 

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 FUENTE: http://exnihilo.noblogs.org/post/2015/12/20/destruirlo-todo-libro-maldito-de-la-anarquia/ 

Tags: libroBakuninNechayevanarquíahistoria
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