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Recordando a Federico Arcos, por David Watson

Nos hemos reunido aquí hoy para recordar y honrar a nuestro querido amigo Federico Arcos —Fede, como le conocíamos muchos de nosotros—. Ayer 18 de julio hubiera sido su noventa y cinco cumpleaños. Es también el aniversario del levantamiento militar que en 1936 en España hizo saltar la chispa de la respuesta de los pobres y las clases obreras en Barcelona y otras partes del país y que se convertiría en la Revolución Española.

Durante años, un grupo de amigos, compañeros y admiradores de Federico, nos hemos reunido en esta época del año para felicitarle, para brindar y para reafirmar los ideales anarquistas y humanistas que él defendía. Así pues, aquí estamos hoy reunidos una vez más para homenajearle y honrarle y para homenajear y honrar los ideales de libertad, solidaridad y amor. Brindemos por nuestro amigo, hermano, compañero, padre, abuelo, yayo. Si no tienes una copa, levanta los brazos a la manera del viejo saludo anarquista, con un puño cerrado y la otra mano sujetando la otra muñeca, gesto que hacía a menudo, con lágrimas en los ojos, cuando nos alejábamos de su casa en el coche. ¡Viva!

Cuando algunos de los que vivimos a este lado del río conocimos a Federico a principios de la década de 1970, no bebía nada, o casi nada. Era muy severo y un poco puritano, al estilo de muchos de los viejos anarquistas, que se abstenían de fumar, beber y blasfemar. Llegaba a ser muy moralista sobre esos asuntos. Pero a lo largo de los años se fue ablandando, y se tomaba un pequeño vaso de vino para el brindis. También su lenguaje se fue soltando y volviéndose más picante, y más divertido.

Federico era un compañero entregado; desaprobaba el llamado ritmo latino y normalmente llegaba antes de la hora cuando trabajaba en algún proyecto o visitaba a sus amigos. Nunca sugirió dejar para mañana lo que podía hacerse de forma inmediata. Pero era divertido, y le gustaba la diversión, y a veces también un erudito. Siempre nos obsequiaba con una profusión de refranes, expresiones y trabalenguas en español y catalán, poemas, chistes (cada vez más procaces según pasaba el tiempo). Creía en el poder de la palabra, recitaba un montón de poemas de memoria —algunos del siglo xix muy romanticones, sí, pero maravillosos oídos de sus labios—. Hablaba español, catalán, francés, inglés, italiano y un portugués de uso; y hubo una época en que se defendía en árabe. Se le saltaban las lágrimas con la buena música, la poesía, el arte y con las historias de valor, altruismo y sufrimiento humanos, así como con sus recuerdos.

Se emocionaba mucho cuando recitaba poemas o cuando reflexionaba sobre su propia vida. Esto no se debía a la edad, aunque fue incrementándose con los años. Su amigo y compañero de Los Quijotes del Ideal, Diego Camacho (Abel Paz), me dijo una vez que Federico fue «siempre un poco llorón», un romántico empedernido que lloraba fácilmente, incluso cuando era joven, cuando se emocionaba con los dolores de la vida o con su belleza.

En esos momentos, cuando recordaba a sus amigos caídos, Federico repetía que todo lo importante para él —quién era y en quién se había convertido, la perseverancia en sus principios, su esperanza en el futuro— se lo debía a ellos. Y añadía que también nos lo debía a nosotros, su comunidad, sus compañeros de ahora. Se refería a la comunidad anarquista y radical de aquí, pero también a la gente del sindicato y de los proyectos en los que colaboraba en Windsor.

Para nosotros, Federico parecía haber arribado a estas orillas tras un terrible naufragio, tras la destrucción de un mundo y una visión que solo florecieron un instante debido a la maldad de los hombres. Pero su energía, su esperanza y los recuerdos de ese sueño tuvieron su efecto sobre todos los que le conocimos. En su biografía de Emma Goldman, Rebelde en el paraíso, nuestro amigo Richard Drinnon cita varias veces la observación de Goldman de que «si no sientes algo, nunca llegarás a entender su significado». Los profundos sentimientos de Federico le conectaban a su ideal y nos ayudaba a nosotros a conectar; llegó a encarnar a su humilde manera casi todo lo que realmente nos importaba.

Antes de que empecéis a pensar que estoy inmortalizándole, dejadme deciros que Federico era un hombre humilde, sencillo en algunos aspectos, complicado también. Era imperfecto. Como todos nosotros, tenía sus momentos de vanidad y de ira. Estaba orgulloso de sus colaboraciones y con la edad sentía algo de vanidad. Podía mostrarse malhumorado con sus amigos y otras personas por diferencias de opinión, y también como un padre tiránico cuando su hija no siguió sus pasos en la lucha por el Ideal.

Pero normalmente la vanidad procedía de un comprensible orgullo por haber resistido, en general si no completamente, a la corrupción de la sociedad moderna y todo su despliegue de mercancías y consumo; y por haber contribuido a la lucha por la libertad humana de manera, como él mismo insistía, modesta. Siempre decía que no era lo «suficientemente bueno» para ser un revolucionario o un anarquista porque, como lo expresó él mismo en «Carta a un amigo», ensayo publicado en Fifth Estate, para que alguien pudiera merecer esa designación «sería necesario alcanzar el punto extremo de sacrificio y dedicarse sin reservas a hacer el bien, sin límite y sin cesar».

Podríamos sentirnos tentados de ver esto como más «romanticismo», sin embargo él luchó en una revolución y fue testigo de su fracaso, fue testigo del sufrimiento y la desesperanza inevitables que siguieron; vivió con el hecho, nunca olvidó el hecho de que varios de sus más íntimos amigos y compañeros en la Revolución y en la clandestinidad murieron durante la guerra y la posguerra. Recordaba a José Gosalves, un joven Quijote que murió de enfermedad en un campo de refugiados en Francia. Recordaba a José Sabaté y Francisco Martínez, asesinados por la policía franquista. A José Pons y José Pérez Pedrero, apresados y ejecutados en las cárceles de Franco. Y luego estaba el brillante Raúl Carballeira —al que puede que quisiera más que a ninguno y por quien redactó un panegírico en verso en su libro Momentos—, quien en 1948, a la edad de treinta años, herido en un tiroteo y acorralado por la policía en Barcelona eligió acabar con su vida antes que rendirse. Había romanticismo en la negativa de Federico a considerarse un revolucionario, sí; y en las lágrimas que derramaba por sus amigos caídos, por un sueño roto; pero no era solo eso, la suya era una experiencia histórica auténtica, preñada de coraje, humanidad y verdad.

También podía ser excesivamente crítico, pero mayormente su ira estaba dirigida a una falta que percibía en la gente, entonces y ahora, al olvido de las más importantes verdades de la vida. Como lo expresó Tolstoi, uno de sus héroes, «la suprema ley de la vida es el amor», y Emma Goldman decía que «la vida sin un ideal es la muerte del espíritu». Le gustaba citarlos a los dos. Su impulso era siempre existencial y ético. Nunca sucumbió a la muerte espiritual. Se sentía renovado por El Ideal, un eterno renacer, hasta el final. Nunca perdió la esperanza en la posibilidad de la libertad y la solidaridad. En una entrevista de Pacific Street Films en 2003, dijo: «Quizá la humanidad nunca llegue a alcanzar la verdadera libertad, pero mientras un único ser humano esté soñando con la libertad y luchando por ella, habrá esperanza. Eso es lo que me mantiene vivo.» (Véase https://youtu.be/qHHchKNfgM4)

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Nació en Barcelona en 1920 en una familia inmigrante anarquista que había llegado a esa ciudad desde el interior de Castilla para trabajar. Federico se crió en el Clot, un barrio obrero y mayoritariamente anarquista. Un barrio que ha seguido representando a su manera la famosa Barcelona rebelde, incluso recientemente, con la asambleas de los últimos años y los indignados, que han servido de inspiración para nuestro movimiento okupa.

Tenía dos hermanos y dos hermanas, que habían nacido en Uclés, provincia de Cuenca. Federico visitó el pueblo en 1988 y le contó al historiador Paul Avrich en una entrevista para el libro Voces anarquistas, que hacia el final de la guerra civil, Uclés, donde había habido un hospital republicano, cayó en mano de las tropas franquistas y fue convertido en un campo de concentración. Allí sigue la fosa común de los presos, muertos de hambre o asesinados.

Su padre, Santos Arcos Sánchez, y su madre, Manuela Martínez Moreno, habían sido campesinos; su padre era analfabeto y su madre leía y escribía solo un poco. Federico aprendió a leer enfrente de su casa, en la Academia Enciclopédica, una de las escuelas anarquistas y librepensadoras que proporcionaba una experiencia educativa más amplia que la mayoría de las escuelas españolas de la época, las cuales, por lo general, estaban bajo la tutela de la iglesia católica. Uno de sus primeros recuerdos era de cuando leía los periódicos obreros a su padre y a los vecinos reunidos a la puerta de casa al final del día. Dejó la escuela a los trece años y empezó a trabajar con un ebanista, fue  aprendiz a los catorce. Luego asistió a la escuela de oficios, donde se hizo mecánico especialista, trabajando con tornos, fresadoras, cizallas, embutidoras…, trabajó en este campo el resto de su vida. A los catorce años se afilió a la Confederación Nacional del Trabajo (CNT), el sindicato anarquista. Su padre, sus hermanos y su cuñado eran todos miembros de la CNT.

Federico hablaba con gran emoción de la comunidad de clase obrera en la que creció. En 1997, en una entrevista para el documental Vivir la utopía, recordaba: «Bueno, los vecinos eran como una gran familia. Allí, pues, en aquellos tiempos, no había seguro de paro, ni seguro de enfermedad, ni nada de nada. Cuando alguien caía enfermo, un vecino que hubiese tenido algunos ahorros, lo primero que hacía, los ponía encima de la mesa y allí los dejaba…, sin que hubiese ningún papel ni un apretón de manos. “Cuando vuelvas a trabajar y cuando puedas,  me los devuelves”, y el afectado, cuando empezaba a trabajar, peseta por peseta, poco a poco, lo devolvía, era una cuestión de principios, de moralidad.» [https://youtu.be/p6RFro3dk78] Así, para nosotros, Federico sirvió no solo de enlace con los días gloriosos de la revolución, sino también con la vieja sociedad de pueblo y con la ayuda mutua, con la comunidad descrita por Kropotkin, el terreno en el que la ética comunitaria revolucionaria cobró vida.

En 1936, el pueblo de Barcelona se levantó espontánea y rápidamente para sofocar el golpe fascista. Hubo algunas escaramuzas con un puñado de rebeldes franquistas, se lanzaron algunas bombas, los obreros empezaron a tomar las industrias, a gobernar la ciudad, y se formaron brigadas para defenderla. En Vivir la utopía Federico recordaba: «Era como si toda Barcelona latiese con un solo corazón, algo que solo se vive, quizá, una vez en un siglo. Y si algo puedo decir, que eso marcó mi vida y vivo con esa emoción siempre.» Federico se unió a las Juventudes Libertarias de Cataluña y se presentó voluntario para luchar (al principio no le aceptaron debido a su corta edad). Recordaba que cuando vio a unos anarquistas quemando el dinero, decidió guardar unas cuantas pesetas para enseñárselas a sus hijos y poder decirles: «Imaginad, la gente solía matarse por dinero.» Acababa de cumplir dieciséis años. Él y otros jóvenes formaron un grupo, Los Quijotes del Ideal, llamado así por el mayor idealista de la literatura, y empezaron a publicar El Quijote, que fue censurado por el gobierno republicano por sus tercas posiciones anarquistas. Él y otros jóvenes criticaron a la CNT por entrar a formar parte del gobierno; admiraban a la Columna Durruti, en la que todos, incluido Durruti, recibían la misma paga y los oficiales eran electos.

En abril de 1938, Federico fue enviado al frente cerca de Andorra, junto a su cuñado y mentor Juan Giné. Durruti había muerto, y todo iba en la dirección opuesta, pero Federico no le dio la espalda a la lucha. Recordaba que cuando llegó al frente, se encontró con un viejo amigo que no tenía zapatos, y le dio su par de alpargatas de repuesto. Fue nombrado miliciano cultural, encontró una pizarra y un Quijote ilustrado en dos volúmenes, y con eso enseñaba a las tropas a leer y escribir. Le asignaron un rifle y una bayoneta, hacía guardias de noche y dormía con el uniforme puesto. «Los ratones me roían los pantalones. Nuestro equipamiento y nuestra indumentaria dejaban mucho que desear», le contó a Avrich

Pienso en esas alpargatas regaladas, en la pizarra recuperada, en la bella edición ilustrada del Quijote y en los ratones royéndole la ropa, como los ratones de la celda de Diógenes, como ilustrativos de la lucha de la cultura y la vida contra la terrible inhumanidad. Federico llevaba en sí ese mundo —el tremendo dolor, pero también la fraternidad y la belleza—. Con su testimonio y con su calidez humana nos hizo a nosotros partícipes de él.

En noviembre de 1938, fue desplazado a Tortosa, una bonita ciudad en la desembocadura del Ebro que ahora yacía en ruinas. Los fascistas estaban ganando la batalla. La comida escaseaba, aunque había naranjas en los huertos de los alrededores. Pronto las fuerzas republicanas fueron aplastadas por las tropas franquistas y huyeron en desorden hacia Tarragona. Luego cayó Tarragona.  Y fue la desbandada, los aviones enemigos bombardeaban a las columnas en retirada; los muertos —hombres, caballos y mulas— yacían esparcidos a lo largo de la carretera. «Mis compañeros morían a mi alrededor», recordaba. Él resultó levemente herido por la metralla. (Parte de la historia del colapso del frente republicano, la caída de Tarragona y Barcelona y la huida a Francia se narra en Voces anarquistas, de Paul Avrich, ampliado con más detalle en la edición española, traducida por Antonia Ruiz Cabezas, una buena amiga de Federico y nuestra.)

En febrero de 1939, Federico y algunos de sus mejores compañeros consiguieron salir de España y cruzar a Francia en una horrorosa travesía por las montañas. Fueron enviados a una serie de campos de refugiados, donde la gente se apañaba como podía, organizaban actos culturales y crearon una escuela para enseñarse mutuamente, él aprendió francés y matemáticas, lo que le serviría con posterioridad. Sus compañeros Quijotes más allegados —Germinal Gracia, Liberto Sarrau, Diego Camacho, Raúl Carballeira— fueron a parar allí también. En la edición española, dice de aquel tiempo en el campo: «Formábamos una verdadera comunidad, unida por el Ideal y el afecto. Aquellos momentos forman parte de algo muy intenso que perdura a través de los años.»

Federico dejó el campo de refugiados en noviembre de 1939 para ir a trabajar a una fábrica de aviones de Toulouse, donde permaneció hasta la derrota de Francia en junio de 1940, momento en el que regresó al campo de Argelès. En 1941 se escapó del campo; el gobierno de Vichy estaba deportando a los refugiados españoles a campos de trabajo de Alemania, donde morirían miles de personas; y en 1942 las tropas alemanas ya controlaban directamente la región, apresando y deportando a la gente a los campos. Se escondió en Toulouse, y trabajó en una fábrica, cuyo dueño era un hombre compasivo. En 1943 la situación se había vuelto tan peligrosa que él y otros decidieron volver a España, que estaba haciendo un llamamiento a los exiliados para que regresaran y se incorporaran al servicio militar. Tras su regreso, fue encarcelado y obligado a realizar el servicio militar. Le enviaron a Marruecos, a Ceuta, a los mismos barracones en los que su padre y sus hermanos habían hecho la mili. Estuvo allí dos años.

Federico tuvo suerte en Marruecos. Aprendió algo de árabe y leyó mucho. Una vez le dijo al comandante que no asistiría a misa ni tomaría la comunión; el hombre se portó bien, le asignó guardia los domingos por la mañana y más tarde le ofreció trasladarle a un puesto de control de las montañas, lejos de los barracones y donde había mucha tranquilidad y aire puro. Pensó que Federico era el mejor para ese puesto ya que se necesitaba a alguien en el puesto de control que no tuviera miedo de exigir a los oficiales que cumplieran los protocolos como todo el mundo. El atrevimiento de Federico jugó a su favor. También le gustaba contar la historia de cómo el retrato de Franco que colgaba en el barracón desaparecía continuamente de forma misteriosa, para consternación del comandante. Nunca consiguieron atrapar a nadie y finalmente dejaron de colgarlo allí.

En 1945 le licenciaron del ejército y regresó a Barcelona, donde se reunió con algunos de sus antiguos compañeros. Empezó a trabajar en la clandestinidad, incluido un periódico clandestino. En 1948 se fue a Francia tras la muerte de Raúl Carballeira, posteriormente cruzó a España con otros militantes para robar en una fábrica en los Pirineos y entregar los fondos al movimiento. Estuvo a punto de ser capturado y casi muere de congelación en las montañas antes de regresar a Toulouse.

Sus amigos íntimos Liberto Sarrau, Diego Camacho y Germinal Gracia fueron finalmente hechos prisioneros. Diego, a quienes los nazis habían internado en un campo de trabajo en Francia, acabó trabajando para la resistencia francesa y luego en la clandestinidad en España. Fue detenido y encarcelado dos veces, de 1942 a 1947 y casi inmediatamente después de ser liberado, de 1947 a 1952. Se refugió en Francia hasta 1977, y regresó tras la muerte de Franco. Con el nombre de Abel Paz, escribió muchos libros sobre anarquismo y otros temas; murió en Barcelona en 2009. Liberto fue detenido en 1948 y sentenciado a veinte años de prisión, pero fue liberado tras haber cumplido diez. Se fue a Francia y se mantuvo activo hasta su muerte en 2002. Germinal, que utilizaba el pseudónimo de Víctor García, había escapado de un camión de ganado que transportaba prisioneros españoles a Dachau en 1944, fue detenido en 1946 y se las arregló para salir de la cárcel con papeles falsos. Y luego, tras un tiroteo con la policía, huyó a Francia. En 1948 se marchó a Venezuela, donde editó la publicación anarquista Ruta; desde allí viajó por todo el mundo, ganándose el apelativo de «Marco Polo del anarquismo». Murió en Francia en 1991.

Federico estuvo siempre en estrecho contacto con ellos, su amistad era profunda e inquebrantable. Estos hombres, como tantos hombres y mujeres de la comunidad anarquista, eran seres humanos extraordinarios y admirables. Nos consideramos especialmente afortunados por saber de sus vidas y por haber llegado a conocer personalmente a algunos de ellos.

*******

En 1952 Federico emigró a Canadá y comenzó a trabajar en una fábrica de coches de la Ford en Windsor, como mecánico especializado. En 1958 se convirtió en ciudadano canadiense y se reunió con su compañera, Pura Pérez, que había estado en el grupo Mujeres Libres, y que llego con la hija de ambos, Montse, a Windsor. Federico trabajó la mayor parte de su vida en la Ford y fue militante de base del sindicato; participó en la histórica huelga de los 110 días, que realizaron los trabajadores del automóvil en Windsor en 1955. Aportó su experiencia y gran entendimiento a la fábrica, al sindicato y a la comunidad. Era muy respetado por su sus compañeros no solo por los ideales que defendía, sino también por su humanidad cosmopolita, sus principios cotidianos, su compromiso y su trabajo. Era bien conocido por señalar, con cierta ferocidad, que el sindicato era una institución humana creada para proporcionar ayuda mutua a los trabajadores y apoyar la causa de la internacional que es el género humano,  no un gremio de oficio creado para sacar una mayor tajada del supuesto cinismo y la supuesta corrupción de todos. De igual modo, no perdía ocasión de recordar a los poco informados o a los mentirosos, en mítines y conferencias, las historias de la guerra de España, que en España primero había habido una revolución y luego una guerra civil; y que mucha de la supuesta buena gente de la leyenda de Hemingway y otros cuentos sobre la guerra civil, no era tan buena como se suponía.

Cuando se jubiló en 1986, Federico fue un voluntario comprometido en la Clínica Ocupacional de Salud para los trabajadores de Ontario y el Servicio de Información Ocupacional de Salud de Windsor durante más de veinte años, recogiendo información e instruyendo a los trabajadores sobre los peligros de las sustancias químicas industriales para los mismos trabajadores y la sociedad en general. En estas organizaciones hacía uso de su español para ayudar a los inmigrantes mexicanos que trabajaban en la agricultura en Ontario. Como con su trabajo en el CAW, demostró que podía superar las diferencias ideológicas a favor del bien común, trabajando de forma práctica a favor de la gente necesitada con personas que no compartían necesariamente sus ideas anarquistas; incluso, Dios me libre, con un hombre que, según me dijo, era cura, y no obstante un buen hombre y un verdadero ser humano. Algunos de nuestros amigos anarquistas españoles han bromeado con nosotros sobre la vieja generación, que «se les pararon los relojes al cruzar el río Ebro», pero en el caso de Federico, esto no es cierto; las antiguas verdades seguían vivas en él, pero permitió que estas evolucionaran con su experiencia según avanzaba su vida. Por este motivo, también, era la voz de la razón —sin éxito, finalmente—, cuando la CNT se colapsó debido a las luchas internas y el gangsterismo político.

Durante su vida en Windsor, Federico descubrió lo que quedaba de una vibrante comunidad anarquista en la otra orilla del río Detroit, españoles, europeos del Este e italianos, gente que llegaríamos a conocer gracias a él. En la década de 1970, conoció a Fredy y a Lorraine Perlman, apoyó y colaboró con su editorial Black and Red, y nos conoció a los del Fifth Estate, periódico del que fue un activo colaborador. Federico había sido uno de los miembros más jóvenes de la comunidad anarquista inmigrante europea. Tras conocernos, se convirtió en uno de nuestros más queridos mayores, nuestro abuelo, nuestro yayo.

Cuando le conocimos, ya estaba recopilando el que sería uno de los más importantes archivos anarquistas de Norteamérica; en realidad, del mundo, en su modesto hogar de Windsor. Muchos eruditos, la mayoría próximos al anarquismo, iban a la Biblioteca Labadie de la Universidad de Michigan a investigar, y luego cruzaban el río para visitarle y seguir con su investigación allí, en el archivo que tenía en el sótano. Multitud de historiadores y activistas radicales le dan las gracias en numerosos libros, artículos y blogs. Gente que llegaba hasta allí para trabajar o simplemente para conocerle a él y a su compañera, Pura. Los visitantes eran siempre bienvenidos y alimentados al típico y amable estilo español, a menudo con una deliciosa paella que él te diría que era originaria de Cataluña y Pura, que valenciana. Nosotros también pasamos muchas tardes fascinantes y agradables alrededor de su mesa. Estimábamos su romanticismo y también cómo ella lo templaba con algún sarcástico comentario sobre las debilidades del anarquismo español. Él nos contaba alguna anécdota heroica de Durruti y ella le recordaba que mientras los hombres de la CNT y de la FAI estaban en la sala comiendo y dando discursos sobre el ideal libertario, las mujeres estaban en la cocina (donde generalmente, dada la ampulosa retórica que se gastaban, preferían estar).

Pura había sido enfermera en España, pero como a menudo pasa con los inmigrantes, solo llegó a trabajar de auxiliar de enfermería en Windsor. Federico casi no tenía una educación formal, solo sus estudios de formación profesional y los ateneos y las academias anarquistas, que abandonó con trece o catorce años, y luego sus lecturas y voluminosa correspondencia. Y sin embargo eran personas muy cultivadas, los dos grandes lectores, prolíficos poetas y activistas que amaban las artes y abrazaban ideales humanos perdurables. Pura dejó cuadernos de notas de bella caligrafía copiadas de libros de arte, hacía preciosos arreglos de flores secas y escribía poesía. Fede leía y escribía poesía, amaba la música y el arte, el cine y la historia.

También sabía ser divertido. Te ponía un dedo en el botón de la camisa y cuando bajabas la vista, subía la mano y te daba en la nariz. Si alguien le soltaba alguna tontería, podía salirle con una de sus famosas frases, «los vagones de tus necedades resbalan por los raíles de mi indiferencia». Levantaba los brazos en cruz y te invitaba a que le hicieras cosquillas en los costados, y si lo hacías, te pegaba en las orejas. Esto lo hacía con los hombres y los niños. Con las mujeres era algo distinto. Incluso estando enfermo en el hospital, conservaba su modo de coquetear con las enfermeras sin ofenderlas, mientras que a los visitantes varones nos chinchaba.

Federico escribió muchos artículos para la prensa anarquista en español y francés, y en inglés para el boletín de su sindicato. Escribió una monografía sobre Tolstoi y otros ensayos sobre diferentes temas, entre los que se incluyen dos breves pero perdurables reflexiones sobre el anarquismo y la condición humana: «El hombre y su juez» y «Carta a un amigo». Mantuvo una constante correspondencia y redactó muchos panegíricos a compañeros. Encontré dos de ellos, que fueron publicados en el Fifth Estate:  «José Peirats: A Comrade, a Friend», en el número de invierno de 1990, para uno de los mentores y amigos mas íntimos suyos, autor de Los anarquistas en la Revolución Española y de muchos otros libros; y «Germinal Gracia: the Marco Polo of anarchism», en el número de invierno de 1992, que contiene no solo información importante sobre Gracia, sino también vívidos recuerdos de los campos de refugiados en Francia y del movimiento clandestino libertario antifranquista.

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El amor de Federico por la poesía le llevó a publicar en 1976 Momentos, una pequeña colección de sus poemas, con elegías a sus compañeros caídos y meditaciones sobre la condición humana. Los poemas son modestos y, a veces, demasiado sentimentales (creció leyendo poesía romántica, y puede sentirse ese efecto). No obstante, en sorprendentes momentos de simplicidad y franqueza, podemos sentir también la influencia y la profundidad emocional de la poesía de principios del siglo xx —los hermanos Machado, León Felipe, cuyo trabajo admiraba; la generación del 27 y, quizás, también las antiguas tradiciones orales y romances—. En su práctica de la poesía a la vez sencilla y reflexiva, era típicamente español.

En la poesía de Federico uno siente, inevitablemente, la pena, los sueños rotos, el empuje y la atracción de la esperanza y la desesperación, y el sentido de humildad y el asombro ante las incertidumbres propias de la vida.

No se puede contar

el infinito

ni concebir

la eternidad;

pero hay realidades

intangibles

que no podemos

ignorar.

Simple, sí, pero también admirable que en su poesía una pregunta valga más que una respuesta. O donde tiene una respuesta, es existencial y personal:

¿Qué es un día?

¿Qué es un año?

¿Qué es una vida?

Nada.

¿Qué es un recuerdo?

Toda una vida.

Quizás porque le conocí, estos poemas significan más para mí que para un extraño. No tendrían mucho peso a escala académica, pero para mí son profundos. Federico era profundamente espiritual; aceptaba las «realidades intangibles» —un ideal de solidaridad humana, el amor al prójimo, el sacrificio, morir por algo que parecía imposible—. Y un recuerdo, para un hombre que vivía en y con sus recuerdos de la revolución, de la solidaridad, del sacrificio valiente y que con gran devoción recopilaba documentos de recuerdos para que otros pudieran conocer estos ideales humanos. ¿Qué es un recuerdo? Toda una vida.

Muchas de las persona que conocieron a Federico o que sabían de su existencia han escrito sobre la admiración que sentían por él. Por poner un ejemplo, el poeta Phil Levine, uno de los más queridos hijos de Detroit (y simpatizante anarquista —véase su estupendo libro The Bread of Time, donde escribe sobre anarquismo y España—.) Hace unos años, después de que Levine leyera su obra en Ann Arbor, le regalé un ejemplar del Fifth Estate con la «Carta a un amigo» de Federico. Después, Levine me escribió, calificando el ensayo de «extraordinario» (lo que sugiere que si un poeta de la estatura de Levine vio poesía en el escrito de Federico, no pueden ser solo mis sentimientos operando cuando yo le leo). Añadió que «verdaderamente se siente la profundidad de la bondad de este hombre y por qué ha alcanzado una visión en la que las cosas de la tierra son compartidas por todos. Se lo mostré a mi esposa y le pareció abrumador. A diferencia de Pedro Rojas en el poema que leí de César Vallejo —durante la lectura de poesía en Ann Arbor—, este Federico ha llegado al significado de las cosas. (Vallejo describe a Pedro apresado por los asesinos ‘justo cuando estaba llegando al significado de las cosas’.) La mayoría nos quedamos cerca, Federico llegó.»

Muchos de los que le conocieron, tanto poco como mucho, han escrito sobre él con admiración y afecto. En un homenaje a Federico, Anatole Dolgoff, hijo del respetado anarcosindicalista ruso-americano Sam Dolgoff, escribió que lo último que hizo su padre antes de morir fue llamar a Federico para despedirse y decirle que siguiera adelante. Dolgoff hijo (que fue un buen amigo de Federico por derecho propio) añade: «Russell Blackwell, un buen amigo de mi padre y figura ignorada en la historia del movimiento —un hombre que había luchado al lado de la CNT durante los Sucesos de Mayo de 1937 en Barcelona, que había sido detenido muchas veces y torturado por los comunistas, que estuvo a punto de que estos le ejecutaran y escapó por los pelos, miró a Federico y dijo: “¡Este tipo es lo auténtico!”» Anatole añadió: «¿Hay algún ser humano que haya tenido el honor de conocer a Federico que crea otra cosa?»

*****

Uno de los recuerdos más vívidos de Federico era de después de la caída de la República española en 1939, cuando los refugiados estaban cruzando a Francia por los Pirineos, enfermos y exhaustos, algunos, heridos; todos desanimados y preocupados por un futuro incierto. También estaban débiles por el hambre. Federico nos contó varias veces, con una especie de asombro, cómo recogían bellotas bajo las encinas para comérselas y cómo eso les daba fuerzas. Dijo también (en la edición española de Voces anarquistas): «¡Qué amargas estaban!»

Los que hayan leído El Quijote quizá recuerden que desde tiempos clásicos la encina ha sido el símbolo de la Edad de Oro. Tras el joven Fede Arcos, que todavía no había cumplido los diecinueve, yacían las ruinas de una de las breves Edades de Oro de la historia, y de uno de los sueños más sublimes que hayan soñado jamás los seres humanos. Esas bellotas eran realmente amargas. Ante él se presentaba una gran incertidumbre y —ahora lo sabemos— más violencia, más calamidades y desengaños. Pero los que habían luchado por un nuevo mundo se reunieron y comieron las bellotas y se sintieron fortalecidos. Que sus sueños nos fortalezcan a nosotros también. Federico Arcos vivió una vida de pasión y compromiso con ese nuevo mundo que llevó siempre en su corazón; recordándonos, como Rousseau señaló una vez, que la Edad de Oro no está ni ante nosotros ni detrás, sino dentro de nosotros mismos. Como tantos de su generación, demostró con el ejemplo que podemos perder grandes batallas históricas y aun así triunfar en la vida.

Parece que Federico creyó siempre que no había cumplido con los que se habían sacrificado hasta el final, pero sirvió a la causa de la libertad y de la memoria histórica honrosa y hábilmente. Su participación en la revolución y su empeño en documentar el Ideal eran logros admirables. Hacia el final de su vida, donó el fruto de tanto esfuerzo a la Biblioteca de Cataluña en Barcelona. El archivo  se compone de alrededor de diez mil libros y documentos, muchos de ellos inencontrables en España. (Véase http://antigua.memorialibertaria.org/spip.php?article1347.) Un amigo de Barcelona me escribió hace poco que la gente estaba sorprendida y entusiasmada por la riqueza de los materiales que contenía, y no solo documentos españoles, sino también americanos. Otros documentos y materiales se encuentran en la Labadie Collection de la Universidad de Michigan. (Véase http://www.lib.umich.edu/blogs/beyond-reading-room/anarchists-suitcase-honor-federico-arcos-1920-2015.)

Las últimas semanas de su vida, Federico, enfermo, desorientado y deprimido las pasó en el hospital y en la residencia de ancianos, cualquiera de ellos un lugar triste para terminar tus días. Con casi 95 años, la vida y la muerte convergieron en él, no siendo ya más que una sombra de lo que había sido; aun así luchó con coraje.

Cuando como el rey Lear en la escena de la tormenta en el brezal, ya no te queda nada y casi nada queda de ti, puedes encontrarte reducido a lo que verdaderamente fuiste una vez, y a lo que deseabas ser. Así que nos conmocionó algo que una persona de la residencia nos contó: que tarde, la primera o segunda noche de su estancia, le encontraron sentado a la cabecera de otro anciano, que estaba inconsciente. Federico le sostenía la mano y le dirigía palabras de consuelo, velaba por él como hubiera hecho por un compañero en el frente.

La suprema ley de la vida es el amor, dijo Tolstoi. Federico tenía en sí ese amor. Y su amor, como sus sueños, nos dará fuerzas y permanecerá en nosotros.

Otro brindis, pues. Federico Arcos, presente. ¡Salud y libertad!

(Este texto, revisado y ampliado, está basado en el discurso que David Watson pronunció en el homenaje a Federico Arcos en el Cass Cafe de Detroit el 19 de julio de 2015. Traducción del inglés de Antonia Ruiz Cabezas)

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