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Figuras del movimiento libertario español: Anselmo Lorenzo. Por José Peirats

Anselmo Lorenzo Asperilia nació en Toledo el 21 de abril de 1841, de humilde familia. El fundador del sindicalismo revolucionario español vino al mundo en la misma época, casi el mismo año, que se fundaba en España la primera sociedad Obrera de resistencia. En 1840, el obrero tejedor Juan Munts fundó en Barcelona el primer núcleo obrero organizado. Hacía tiempo que los obreros españoles luchaban por el derecho de asociación. La revolución industrial había dado su primer vajido en Cataluña. Reducidos a espantosa miseria, antes pusilánimes en el pequeño taller, los trabajadores se crecieron moralmente con el número en grandes fábricas.

Pero inmediatamente empezó la reacción patronal y del Estado. En 1855, el presidente de la sociedad de hiladores, José Barceló, había sido fusilado acusado injustamente de un crimen crapuloso.

Anselmo Lorenzo contaba entonces 14 años. Hacía tres que sus padres le habían enviado a Madrid para que aprendiera oficio. Fue confiado a una familia de la capital de España. El adolescente escogió trabajar en una imprenta, y el manipular en las Cajas despertó en él la gran pasión por la lectura.

Contaba 13 años cuando tuvo lugar la Vicalvarada, la opereta del general O'Donnell con Isabel II; 15 cuando el levantamiento popular obrero en Barcelona por la cuestión del proteccionismo arancelario; 20 cuando la insurrección campesina de Loja; 24 cuando el motín de San Daniel; en fin, 25 cuando Narváez hizo fusilar a sargentos y oficiales del cuartel de San Gil.

Las primeras lecturas de nuestro joven tipógrafo fueron de Eugenio Sue, un autor francés que pasaba por vanguardista. “El judío errante” y “Los misterios de París”, donde se mezclaba el anticlericalismo con el reformismo burgués, no terminaron de convencerle. Siguió con mayor atención la polémica entre Pi y Margall y Emilio Castelar desde los órganos La Discusión y La Democracia. De las obras de Pi y Margall Anselmo Lorenzo saltaría a las de Proudhon.

Pi y Margall había estudiado la obra de Proudhon entre 1864 y 1868, cuando su emigración. Frente al centralismo de Castelar sostenía Pi que “La economía política es la fatalidad, y el socialismo una rama del derecho. La economía política el sálvese el que pueda erigido en principio de gobierno: el socialismo la síntesis de las antinomias sociales...”

Desde 1847 funcionaba en Madrid el Fomento de las Artes, centro de reunión de la burguesía ilustrada. Tenían lugar allí clases y conferencias culturales. Anselmo Lorenzo era de los concurrentes más asiduos. En las clases su inclinación predilecta fue la gramática y el francés. Como oradores el que más le impresionó fue José Serrano Oteiza, el futuro director de la Revista Social.

Leyendo los artículos de Oteiza un joven ingeniero gallego se convirtió al anarquismo: Ricardo Mella.

En el 1868 una revolución política derribó el tronó de Isabel II. A partir de esta fecha se inicia en España el despertar socialista. En el invierno de aquel mismo año apareció por Madrid un emisario del anarquista ruso Miguel Bakunin. Se llamaba José Fanelli y era diputado italiano. La inmunidad parlamentaria le servía de tapadera para la siembra internacionalista. Fanelli reunió a un grupo de obreros concurrentes al Fomento de las Artes, a quienes expuso las ideas de la Internacional. Esta se había fundado en Londres hacía cuatro años. Así nació el primer grupo intemacionalista español en el que se destacaron Anselmo Lorenzo, Tomás González Morago y Francisco Mora. Fanelli hizo también el mismo trabajo en Barcelona, en el seno del Centro Federal de Sociedades Obreras. Dirigían allí el centro los Pellicer (Rafael Farga Pellicer, Pellicer Peraire y José Pellicer), quienes serían pronto corresponsales directos de Miguel Bakunin.

En enero de 1870 apareció en la capital el primer número de La Solidaridad, dirigido por Lorenzo. Los barceloneses se habían adelantado con La Federación y en junio tuvo lugar en el Teatro Circo barcelonés el primer congreso obrero nacional. Anselmo Lorenzo, González Morago y Francisco Mora entre otros, fueron elegidos para integrar el Consejo Federal.

Pero estalló entonces la guerra franco-prusiana que, con la represión de la Commune, asestaría un fuerte golpe a la Internacional. Los gobiernos occidentales desencadenaron una ofensiva antiobrera. El Consejo Federal tuvo que emigrar a Portugal. No pudo celebrarse el segundo congreso proyectado para 1871, pero una conferencia designó a Anselmo Lorenzo para la conferencia universal de la AIT que había de celebrarse en Londres. Allí se hospedó Lorenzo cerca de la familia Carlos Marx. Nuestro delegado salió encantado del buen acogimiento de la familia Marx pero la impresión que le produjo aquella conferencia de Londres no pudo ser más negativa. Vio descender a Carlos Marx del pedestal “en que mi admiración y respeto le habían colocado” hasta el nivel más bajo. Nuestro joven había asistido a la histórica querella entre dos hombres, Marx y Bakunin (estando éste ausente), y a dos concepciones del socialismo irreconciliables.

Los internacionalistas españoles se habían definido netamente bakuninianos. Todo se originaba felizmente hasta que por las Navidades de 1871 apareció en Madrid Paul Lafargue con su esposa Laura Marx. La Internacional había sido puesta al margen de la ley por el gobierno de Sagasta, no obstante los bellos discursos que, en su defensa, pronunciaron Castelar, Pi y Margall y Salmerón. Pero una vez más se evidenciaría que el peor enemigo es el que está dentro. Las maniobras de Paul Lafargue no tardaron en producir frutos amargos. Lafargue, yerno de Marx, asumió la misión de implantar en España el jalón marxista. Estaba a las órdenes de Federico Engels, alter ego de Marx, y de aquél recibía secretamente las consignas antibakuninistas. No conseguiría Lafargue otra cosa que sembrar la confusión. El pequeño sector marxista que pudo animar vegetaría durante muchos años.

Sobre esta crisis ha escrito Anselmo Lorenzo: “Una divergencia doctrinal en su origen que no hubiera tenido consecuencias lamentables si la pasión, falseando los principios, no hubiera acudido a falsearla, dio lugar a que aquella organización, que en poco tiempo llegó a ser poderosa y temible, se viniese abajo”.

En este pleito Anselmo Lorenzo se encontró en una posición difícil. Por una parte la gratitud por el amable acogimiento que había obtenido en Londres; por otra parte la presencia en Madrid de Lafargue con Laura Marx. Lorenzo era demasiado honrado para sospechar el doble juego de Lafargue quien, como hemos dicho, y documentos posteriores han probado, se correspondía secretamente con Engels, secretario entonces por España en el seno del Consejo General de Londres. La excesiva buena fe de Lorenzo se revela en repetidas ocasiones. En el congreso de Zaragoza de abril de 1872, el Consejo Federal del que, como se sabe, formaba parte Lorenzo, pero cuyo secretario general era Francisco Mora, se presentó un importante dictamen sobre la propiedad, elaborado por Lorenzo con la colaboración de Paul Lafargue. Lorenzo declararía aún años después “que el inspirador y casi el autor es Paul Lafargue, si bien yo puse algún dato español y algo de mi cosecha y le di forma española porque aquél, aunque hablaba español como cubano que era, no dominaba el idioma para escribirlo por haber recibido educación francesa”.

Pero el congreso de Córdoba de aquel mismo año de 1872 lo rechazó, sin duda por llevar el sello de Lafargue.

De ahí que proclamase Lorenzo al cabo de los años que “en la actualidad para el ideal y lo que en mí reconocen mis amigos, lo debo en gran parte a lo que en su relación comprendí con el trato amable y con la ilustración de Paul Lafargue, que si en otros aspectos mereció censuras por su contacto con la Federación española, en éste concreto fue perfectamente correcto”.

El congreso de Zaragoza nombró a Lorenzo secretario general en tanto que amigable componedor, pero al mismo tiempo quedaron eliminados del consejo todos los elementos de la fracción disidente excepto Francisco Mora, quien tal vez por esto no quiso aceptar la nueva designación. Por otra parte, la sede del Consejo se trasladó de Madrid, foco de la disidencia, a Valencia.

Escribió Lorenzo: “Si en el seno de la Federación española no hubiera habido antagonismos y si mis nuevos compañeros (se refiere a los ortodoxos) no hubieran sido tan sectarios, o partidarios de una de las fracciones en lucha, mi estancia en Valencia hubiera sido agradable y mi trabajo en el Consejo provechoso. Por desgracia mis ilusiones se desvanecieron pronto al recibir las primeras comunicaciones de Madrid y Barcelona, y al ver la actitud de desconfianza que contra mí se suscitó en el Consejo”.

Los disidentes de Madrid le pedían cosas que no podía otorgarles, y asimismo los integristas de Barcelona. Y a sus compañeros de Consejo, ortodoxos, les preocupaba la correspondencia que sostenía con Madrid. Algunas de estas cartas le fueron abiertas, seguramente que por error. Sospechaban, dice el interesado, “que yo era una especie de espía al servicio de Lafargue”. Huelga decir que a Lafargue se le tenía por espía de Marx. Pero aparte las cuestiones personales, en las que tanto insiste Lorenzo, ¿cómo nacieron las diferencias en el plano internacional?

Al fundarse oficialmente la Internacional en 1864 no se tenía contacto, ni se tuvo inmediatamente después, con el movimiento obrero español. Sabemos que éste estaba organizado desde 1840 e incluso había celebrado un congreso sindical-cooperativista en 1865.

En el Consejo General de Londres a nadie se le ocurrió el dirigirse a los trabajadores de Cataluña que sentían una inclinación especial por las soluciones federalistas de Pi y Margall. ¿Fue acaso por esto que se interesó Bakunin, quien no pertenecía aún a la Internacional? Este, con enviar a España a su emisario Fanelli corrigió una grave falta del Consejo General y del propio Marx.

Pero Fanelli era portador, al mismo tiempo que de los estatutos de la Internacional, de los estatutos de la organización secreta internacional fundada por Bakunin con el nombre de Alianza de la Democracia Socialista. Casi todos los internacionalistas españoles aceptaron ser miembros al mismo tiempo de la Alianza, lo que originó el órgano específicamente anarquista. Pero la Alianza, en diciembre de 1868, estando Fanelli en España, pidió el ingreso en la Internacional. Hasta marzo del año siguiente, después de algún regateo, el ingreso no fue concedido. Lo fue a condición de que la Alianza se disolviera. Se explica, pues, que entre los documentos que entregó Fanelli a los madrileños figurasen los estatutos de la Internacional al mismo tiempo que la declaración de principios de la Alianza. No hubo, pues, acto de suplantación como más tarde se pretendió. La acusación de los marxistas contra Bakunin de que había fundado en España la Alianza encubiertó por la Internacional, carece de peso. Es más, existen documentos de que Bakunin reprochó a Fanelli que por error hubiese fundado la Internacional con los estatutos de la Alianza. Entendía el revolucionario ruso, que un enfoque específicamente ideológico, perjudicaría la labor proselitista entre los obreros no determinados políticamente.

La crisis de la Internacional española no es sino el reflejo de la crisis de la Internacional en el exterior. Lorenzo, a su paso por Londres, llegó a creer de buena fe que se trataba de un problema personal entre dos hombres y sus corifeos. Pero el problema era más hondo.

Las acusaciones marxistas de que los bakuninistas al ingresar en la Internacional no habían disuelto la Alianza, como habían prometido, y que ésta continuaba funcionando clandestinamente, tenía un cierto fundamento. Es normal que los hombres que tenían constituido un movimiento aparte bajo unas coordenadas afines, al pasar a formar parte de la Internacional no renunciaran fácilmente a su afinidad. Bakunin y sus amigos de toda Europa formaban de hecho una organización internacional antes de la fundación de la AIT propiamente dicha. Antes de que la Alianza solicitase formar parte de la Internacional, aliancistas de varios países pertenecían ya a ésta. El conflicto estalló cuando las federaciones más influidas por la Alianza desarrollaron, contra la política centralista del Consejo General, su acción descentralizadora y federalista.

“Marx, escribió más tarde Anselmo Lorenzo, se sintió superior y fuerte; consideró aquella grande y poderosa asociación como cosa suya; se creyó obligado a ser autoritario por necesidad y quizás hasta de buena fe, porque se juzgó el único capaz de dirigir el pensamiento y la acción de aquella conglomeración de hombres, y sin reparar de que caía de ese modo en la contradicción de negar el aforismo La emancipación de los trabajadores ha de ser obra de los trabajadores mismos, de que era autor... se empequeñeció al obrar por envidia y por despecho”.

Pero Lorenzo no era hombre de dos pesas y dos medidas. Encarándose con los bakuninistas decía de Bakunin que “confiaba en la libertad y en su propia energía. Incapaz de crear una fuerza como la que representaba la Internacional, viendo su objetivo revolucionario, se adhirió a ella y aplicó su criterio eminentemente ácrata a combatir el autoritarismo, la reglamentación y la sumisión en ella dominantes”.

Y prosigue: “Los que siguieron a Bakunin distaban mucho, por lo general, de elevarse a su concepto de la libertad. Bien pude observarlo en las reuniones de las secciones de la Alianza socialista en Madrid, Valencia y Barcelona, donde los aliancistas practicaban la propaganda por la imposición hábil más que por la persuación y la convicción ilustrada”.

En España, con todo y la pretendida confusión, involuntaria, de Fanelli, la Internacional y la Alianza se formaron al mismo tiempo, y los componentes del núcleo organizador, los de la primera generación y los de la segunda, que tan sañudamente la combatieron, pertenecieron también a la Alianza. Permanecieron en ella Mesa, Mora y Pablo Iglesias cuando la denunciaron públicamente, lo que les valió el calificativo de informadores del gobierno.

En los primeros años la Internacional y la Alianza estuvieron mezcladas. Sobre el primer congreso dice Lorenzo que “en el seno de la Alianza de la Democracia socialista... se elaboraron los admitían como normal el procedimiento, incluso el propio Lorenzo, que nunca atacó el principio de la Alianza aunque sí sus procedimientos. “Y, sin embargo, tal vez fuera una cosa la causa de la otra. Lo incuestionable es que tampoco podía aquí ser aplicado el aforismo La emancipación de los trabajadores ha de ser obra de los trabajadores mismos”.

Este aspecto, al que nadie había dado importancia anteriormente, se convertiría en detonante de la crisis. Tras la confusión creada con el paso de Lafargue, la Alianza devino, sin que los aliancistas se lo hubieran propuesto, en arma secreta eficacísima para quien tuvo la suerte de tenerla en sus manos. Es más, la Alianza se convertiría, ¿cómo no?, en arma decisiva en las querellas entre los propios aliancistas. El mismo Lorenzo sería la gran víctima.

Si en el seno de la Federación Regional Española hubo incompatibilidad de caracteres, como entre Mora y Morago, no fueron nunca un peligro real hasta que un hombre, no pudiendo salirse con la suya francamente, explotó a fondo pasiones y vanidades. Este hombre fue Lafargue.

Tras el paso de Lafargue hubo síntomas que produjeron sospechas, sospechas que produjeron reproches, los reproches trajeron consigo discusiones, disputas, agravios. Las nuevas querellas evocaron las antiguas. González Morago abrió el fuego 1872 cierta apertura al partido político federal. El Consejo Local de la Federación Madrileña trató de desautorizar a La Emancipación y a sus redactores mediante una nota de inserción. Los redactores no sólo no publicaron la nota sino que defendieron su posición, también, en tanto que miembros del Consejo Federal. La Federación Madrileña dispuso la expulsión de los redactores. Estos, como miembros del Consejo Federal, alegaron estar por encima de la jurisdicción madrileña. Este es el pleito que tenía que zanjar el congreso de Zaragoza y no lo hizo.

El nuevo Consejo Federal, en Valencia, se declaró incompetente para intervenir, y el 8 de julio de 1872 los expulsados anunciaron la fundación de una nueva Federación Madrileña. El Consejo Federal, que presidía Lorenzo, no pudo reconocerla. Pero sí lo hizo el Consejo General de Marx. Lorenzo había obrado con los estatutos en la mano; Marx obró por encima de todos los estatutos, y Paul Lafargue representó a la Federación apócrifa en el congreso universal de La Haya (septiembre del mismo año) donde la propia Internacional se escindió.

Anselmo Lorenzo, sintiéndose suspecto entre sus propios compañeros, renunció al cargo de secretario y se hundió en el ostracismo. Hasta mayo de 1874, cediendo al doble tirón de la familia y de España, no regresó del extranjero. Esta vez se radicaría en Barcelona para el resto de sus días. Entretanto la Barcelona contrajo vida matrimonial con la viuda de un íntimo amigo que le había dado cobijo. Con su compañera tuvo dos hijas y atendió a la formación del hijo que el amigo le legara. “En nombre del compañerismo, escribe Lorenzo, que me había unido al difunto, y como deber de gratitud por los beneficios que de él y de ella misma había recibido, ofrecí a aquella buena mujer los recursos necesarios para su vida que yo ganaba con mi trabajo. Tuve la dicha de que fueran aceptados, y tras la aceptación... la amistad se convirtió en amor”.

No tardó Lorenzo en observar ciertas reservas en sus propios compañeros, que eran secuelas de viejas rozaduras. Él lo atribuía a su condición de extraño a la región, a su condición de castellano en Cataluña. Pero pronto se dio cuenta de que los que le trataban con desvío no eran catalanes precisamente. Se sintió espiado por los compañeros como si quisieran asegurarse de que sus relaciones con el antiguo grupo madrileño (marxista confeso ahora) habían terminado completamente.

La Internacional propiamente dicha era un cadáver insepulto desde el catastrófico congreso de La Haya y la victoria pírrica que obtuvo en él Carlos Marx. Consumada la escisión, Marx se encontró con las manos vacías, y no se le ocurrió otra cosa que hacer emigrar el Consejo General a América donde encontró oscura sepultura. Los bakuninistas no fueron mejor afortunados; Bakunin había muerto en 1876, dos años antes de que sus discípulos europeos enterraran en Verviers la Internacional antiautoritaria nacida en 1872 en Saint-Imier. Se había caído en la vertiente opuesta. El Consejo General autoritario lo habían convertido los anarquistas en una simple oficina para el intercambio de correspondencia. Sobre el papel esto era magnífico; pero no se contaba con el relajamiento que siempre acompaña a la inclinación por el menor esfuerzo.

En España la represión de los restauradores produjo un sobresalto de ilegalismo, sobre todo en Andalucía. Como suele ocurrir siempre en las organizaciones revolucionarias decadentes, los internacionalistas españoles radicalizaron su acción atrayendo, como consecuencia, el rayo imparable de la represión. Aquellas conferencias comarcales que sustituyeron a los congresos a partir de la restauración borbónica, no hicieron más que forjar planes revolucionarios y crear “comités de guerra”.

El propio Lorenzo había incurrido en el pecado de creer en la revolución a la vuelta de la esquina. Y atacó toda idea constructiva económico-posibilista. En un dictamen anticooperativista al primer congreso, se puede encontrar esta frase: “...del próximo advenimiento de la revolución redentora infalible y su tiempo matemáticamente calculado”. Pero en sus años seniles opinaría de otro modo: “Considerada aquella época y la presente a través de la treintena de años que las separa, se adquiere clara noción de la marcha del progreso que parece muy lenta al optimista desengañado...”

Allá por el año 1880 se produjeron en el seno de la alianza barcelonesa enconadas discrepancias. La Alianza había sido una ayuda estimable para la organización obrera en sus pasos forzados por la clandestinidad. Por lo contrario era un arma peligrosa cuando se desataban las pasiones intestinas.

“Hasta entonces, escribe Lorenzo en su El Proletariado Militante, la Alianza de la Democracia Socialista había dado buenos frutos o, por lo menos, no los había dado ostensiblemente malos. Dedicada a impulsar la organización obrera en el sentido de mayor cohesión y en el de dirigirse hacia el ideal... había cumplido su propósito... Podía discutírsele la conveniencia o la inconveniencia de sugestionar las agrupaciones obreras con el fin de realizar ciertos actos no determinados por la propia voluntad... y en este sentido pienso hoy lo contrario de lo que pensaba 30 años antes y consigno aquí como descargo de conciencia...”

Y prosigue más adelante, elevando el tono: “¡Cuánto más beneficioso hubiera sido que en vez de arrancar acuerdos por sorpresa se hubiera propuesto la Alianza una obra de educación y de instrucción encaminadas a obtener acuerdos y soluciones como sumas de voluntades consecuentes!”

No se hizo así y, en consecuencia, “La obra desorganizadora de la Alianza fue mucho más rápida que la organizadora. Antes era necesario estar al tanto de todos los asuntos de la organización, haber preparado las soluciones en reunión secreta y trabajar en el seno de las secciones, comités, consejos, periódicos, congresos y conferencias para obtener los acuerdos deseados. Después bastó insinuar una calumnia en desprestigio de un individuo o de una entidad y servirse del correo para producir la hostilidad necesaria y conseguir el objeto deseado...”

En 1874, al regresar Lorenzo a España se encontró en las Ramblas de Barcelona con su antiguo compañero y doctor José García Viñas: “éramos jóvenes... y la amistad juvenil triunfó” por encima de las reticencias. Seis años después, durante los cuales actuó a fondo, tanto en la Comisión Federal como en delegaciones al exterior, hubo una nueva crisis de desconfianza. He aquí el parco relato que, en lo que le afectara, sin citar nombres, hace de la crisis: “Un joven estudiante de medicina, que durante el principio de la Internacional trabajaba activamente... graduado ya doctor, siempre estaba en su puesto llevando generalmente a todas partes excelentes iniciativas. Esto, con ser tan bueno, produjo deplorables efectos. Muchos compañeros le dedicaron gran afecto y llegaron a renunciar al propio pensamiento confiando en su acierto y actividad, y él mismo llegó a sentirse indispensable y a desdeñar y aún despreciar a quienquiera que se atreviera a contrariarle”.

Lorenzo, que propendía por naturaleza al papel de mediador, ganóse una vez más la ojeriza de tirios y troyanos. La historia se repetiría. Nombrado en las conferencias comarcales de 1880 para la Comisión Federal se resistió a aceptar aleccionado por la experiencia de 1872. Pero igual que entonces cedió al ruego de la mayoría previas seguridades de que las querellas no se reproducirían. No sólo redoblaron sino que el propio mediador se vería envuelto en ellas. Los mismos compañeros de la Alianza le acusaron de haber realizado en provecho propio lo que en términos castizos se denomina un pucherazo. No todo está ahí. El 7 de marzo de 1881 Lorenzo fue convocado a comparecer ante una conferencia irregular como acusado:

“Me designaron un asiento en medio del local y frente a la mesa, produciendo bien el efecto de un tribunal ésta y banquillo del acusado aquél. Se me interrogó y acusó duramente; respondí y me defendí con sencillez y sinceridad, y tuve el sentimiento de oír las más apasionadas frases y calumniosas acusaciones... Cuando los jueces de la farsa se creyeron satisfechos, sin más defensa que la que yo mismo hice con la sencillez de mis respuestas, me despidieron, y me retiré con la dolorosa sensación de ver mi entusiasmo por el ideal y mi constante trabajo recompensado por segunda vez por negra ingratitud”.

Lorenzo fue expulsado de la Federación Regional Española por aquella conferencia y también por la sección de tipógrafos “en casa de un antiguo y querido compañero cuyo nombre no quiero citar por respeto cariñoso a su memoria, quien, convertido a la sazón en mi enemigo, actuaba de presidente”.

Anduvo tres o cuatro años retirado de toda actividad hasta que en 1886 volvió a la brecha. Habían entonces desaparecido algunos hombres. El “anarquista autócrata” como le calificaba Lorenzo, había abandonado Barcelona. ¿Quién sería este hombre que su víctima no nombra nunca? Se ha sospechado del doctor García Viñas. Este abandonaría más tarde la vida militante para entregarse completamente a la medicina. En Málaga, donde había nacido, y más tarde en Melilla, siguió interesándose por el movimiento hasta el día de su muerte ocurrida en el año 1931.

Viñas fue a su vez víctima de una lamentable injusticia. Como intelectual que era, alguien dio en considerarlo indigno de actuar en los medios obreros por el hecho de no tener callos en las manos.

Aquella conferencia extraordinaria que había expulsado a Anselmo Lorenzo sería la última de la existencia de la Federación Regional Española. Pero una nueva generación de militantes saltaba a la arena. Salvo excepciones eran más bien intelectuales o que procedentes de la clase obrera habían llegado a serlo. Se trataba de José Prat, Tarrida del Mármol, Juan Montseny, Ricardo Mella, entre otros. Estos hombres sentían un cierto despego por las luchas obreras a excepción de José Llunas. Si la organización obrera de signo libertario brilló poco a fines del siglo pasado, hubo, en contrapartida, un enriquecimiento de la literatura anarquista.

Hubo un momento en que, con aplauso del propio Lorenzo, la organización obrera se declaró netamente anarquista.

Esta nueva manifestación fue acuñada por dos certámenes socialistas, en 1885 y en 1889, en Reus y Barcelona respectivamente. El último fue en honor de los famosos mártires de Chicago. Anselmo Lorenzo contribuyó con enjundiosos trabajos al lado de Mella, Llunas, Soledad Gustavo, Tarrida del Mármol y otros más. Es también la época de las revistas ideológicas.

Pero a partir de 1892, a causa del ilegalismo andaluz, que levantó patíbulos en aquella región, se produjo en Barcelona la respuesta terrorista, produciéndose la espiral acción-represión que llenó de presos anarquistas el castillo-fortaleza de Montjuich. Los que se salvaron del fusilamiento o de la horca fueron deportados a los presidios de Ceuta o exiliados. Entre los desterrados que habían pasado por Montjuich figuraban Anselmo Lorenzo y Juan Montseny. Este escribiría de su destierro en París: “Los días de fiesta en París los pasábamos en compañía de Anselmo Lorenzo que había encontrado trabajo de su oficio de impresor, corrector de pruebas. Nos contó que le fue fácil encontrar ocupación gracias a su calidad de masón, diciéndonos que la masonería era una gran cosa para las personas que se veían perseguidas políticamente”. Lorenzo trabajaba de corrector para la casa Garnier, en una imprenta de la rué de Fremont.

En los primeros tiempos de la Internacional un amigo madrileño se acercó a Lorenzo para proponerle el ingreso a la masonería, institución muy en boga entonces, en ocasión de las luchas políticas. Rechazó entonces indignado la proposición por estimarla una traición a los principios de la Internacional. Más tarde quizá quedase asombrado al enterarse de que habían pasado por la masonería Miguel Bakunin, Elíseo Reclus y otros famosos anarquistas. Echó entonces a cajas destempladas a su catequizador pero años después, estando ya radicado en Barcelona, al volverse a encontrar los dos amigos con motivo de la exposición internacional, Lorenzo se estimó obligado a darle una satisfacción: “Y no poco se admiró de ver que por excitación suya lo que no quise hacer en Madrid, lo había hecho en Barcelona espontáneamente, y mientras él hacía ya muchos años que era masón durmiente y no había podido pasar del grado 3.°, era yo masón activo, grado 18.°, orador de la respetable logia Hijos del Trabajo”.

Mucho debió valerle esta credencial cuando su destierro en París, y muchos disgustos, también, en España. En París trabó amistad con Jean Grave, Charles Malato, cuyas obras traduciría después y, sobre todo, con Francisco Ferrer Guardia, entonces profesor de español en el liceo Condorcet. En abril de 1900 el gobierno de Silvela decretó una mal llamada amnistía por la que los condenados por el proceso de Montjuich pudieron abandonar el presidio a condición de partir a su vez para el exilio. Con todo, el rigor gubernamental se había relajado algo y los desterrados de la primera hora, que todavía no se habían autorrepatriado, lo hicieron en aquel momento sin inconvenientes. Lorenzo empezó a escribir entonces el primer tomo de El Proletariado Militante, al que siguieron otros libros y hasta una novela: Justo Vives.

En 1901 Francisco Ferrer, que había heredado una fortuna de una simpatizante francesa, abrió en Barcelona la primera Escuela Moderna. Era un revolucionario que se proponía transformar la sociedad mediante la educación racional de las jóvenes generaciones, y también mediante la organización obrera sindicalista, poseedora, según había escuchado en Francia, del arma absoluta revolucionaria: la huelga general. Con este mismo título, La huelga general, fundó Ferrer un periódico que encomendó

a Ignacio Clariá y a Anselmo Lorenzo. Este tradujo para el periódico los grandes teóricos del sindicalismo francés. El propio Ferrer escribía con el pseudónimo de “Cero”, que era su nombre masónico. Este periódico lanzó la mística anarcosindicalista en España del primer tercio de nuestro siglo. Colaboraría también Lorenzo en la revista Natura que dirigió José Prat desde 1903.

A Prat le escribió Ferrer el 29 de setiembre de 1900, desde París, para exponerle su plan de la Escuela Moderna: “Quiero fundar en ésa (Barcelona) una escuela emancipadora que destierre del cerebro del niño lo que divide a los hombres: religión, propiedad y familia”.

Por razones que ignoramos, Prat no pudo ofrecer a Ferrer la colaboración deseada. Entonces Ferrer se dirigió a Anselmo Lorenzo. Este había terminado el primer tomo de su gran obra en condiciones muy difíciles. Trabajaba en una imprenta 10 horas por día y dedicaba los domingos y días de fiesta a la composición de su obra.

La proposición fue aceptada sin reservas. Abandonó su trabajo y acometió el no menos ímprobo de traducir para la biblioteca de la Escuela Moderna una serie de obras científicas y didácticas. Las más importantes fueron El hombre y la tierra, de Elíseo Reclus y La gran revolución, de Pedro Kropotkin.

Pero la revolución de julio de 1909 y los trágicos acontecimientos que siguieron, interrumpieron tan prometedora experiencia. Francisco Ferrer fue declarado reo de rebelión militar, y a los fines de un proceso inverosímil, condenado a muerte y fusilado. En aquel infame proceso no se permitieron testigos de descargo, los cuales habían sido desterrados al Bajo Aragón. Fue el caso de Anselmo Lorenzo, Soledad Vilafranca, Cristóbal Litrán y otros.

Después del drama, Lorenzo quedó en una mala situación: responsable de familia y sin trabajo. Pensó en su obra interrumpida y se puso a trabajar con ahínco. He aquí su queja: “Así quedé tristemente libre y dueño de mi tiempo, en calidad de desocupado, cuando la vejez y los achaques me tenían ya inválido para el trabajo en mi oficio”.

Al serle devueltos al heredero de Ferrer los bienes de éste, Lorenzo regresó a la editorial sin dejar de ocuparse de El Proletariado Militante. Pero a la terminación del segundo tomo se sintió fatigado: “También ahora, como al terminar el primer volumen, me asaltaba la duda; no sé si podré terminar mi empeño porque las circunstancias me son notablemente adversas...” Este tercer volumen no se escribiría nunca. Se fue con el autor a la tumba.

Enfermo y achacoso, sin apenas fuerzas para salir de casa, pasaba las horas ensimismado, pues con la muerte del heredero de Ferrer la viuda había liquidado la gloriosa editorial vendiéndosela al editor Maucci, quien siguió editando los libros por su cuenta.

Cuando el congreso de la Confederación Solidaridad Obrera fundó la Confederación Nacional del Trabajo en 1910, en un saludo al congreso escribía Lorenzo: “Vais a celebrar un pacto destinado a influir en la marcha siempre progresiva de la humanidad. Ante vosotros el libro abierto de la Historia presenta una página en blanco: preparaos a rellenarla con honra para vosotros, con provecho para todos, presentes y futuros”.

Viviría todavía cuatro años. Sucumbió el 30 de noviembre de 1914. No alcanzó a ver escritas las primeras grandes páginas de la CNT que, clausurada a poco de celebrar su primer congreso, no volvió a la superficie hasta aquel mismo 1914, justo para enterrar al maestro.

Pero ¡ay! vivió lo suficiente para asistir a dos desgarramientos crueles. Primero el estallido de la Primera Guerra Mundial; segundo, el cisma que la guerra provocó en el anarquismo internacional. Para un hombre de su sensibilidad, que había asistido a la guerra franco-prusiana y a las borrascas de la Internacional, la nueva querella de familia, producida por un cierto anarquismo militarista, era la gota que hacía desbordar el vaso. La última imagen que pasó por su mente, fue tal vez aquel primer manifiesto del primer Consejo Federal de la Federación Regional Española contra la guerra franco-prusiana, que firmado por él y sus otros compañeros, proclamaba virilmente:

“¿Con qué poderoso talismán se arrastra a tantos miles de hombres contra sus propios hermanos, en perjuicio de sus intereses y en defensa de sus tiranos? Con el grito sagrado de la patria. ¡Pues maldita sea la patria! ¡Trabajadores de Prusia y Francia: aún sería tiempo... dándoos un fuerte abrazo y arrojando al Rin esas armas!”

Fuente: http://www.anselmolorenzo.es/

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