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Redención y libre albedrío, la religión se contrapone a sí misma

Para nosotros, ateos, hablar de redención en términos religiosos supone hablar de la existencia de una vida extramundana, supuesto incompatible con nuestra forma de pensar y con las demostraciones de la ciencia.

Pero ya que la redención y el libre albedrío constituyen dos puntos importantes en la religión cristiana y católica (a las que los ateos tienen la guerra jurada) nos tomaremos un tiempo para hablar de estos temas, no sin antes advertir al lector que como ateos no creemos en su redención ni en sus ritos, si bien para debatir el tema hablaremos desde su terreno ideológico.

Y sin embargo existe otro tipo de redención en la que sí creemos y de la cual hablaremos al final del texto, para referirnos por ahora sólo a la redención en términos religiosos para demostrar lo que nos proponemos: Dios no existe y está en la humanidad realizar esa redención en la tierra, independientemente y comúnmente en contra de la idea de Dios. Comencemos pues.

Uno de los principales puntos que se critican de la creencia en Dios es que al prometer una vida de paz en la otra vida hace que las personas se resignen a la guerra en su contra en esta vida, a sufrir el despotismo de los poderosos y aceptar con resignación una vida de sufrimientos en la esperanza de una recompensa lejana pero segura (según ellos). Vale pues preguntarnos si el acceso a esa otra vida, si esa resurrección es algo en lo que, al margen de la crítica científica (la cual destroza la sola insinuación de la resurrección), podemos creer.

Demos un ápice de creencia en ese Dios del cual se nos habla, descendamos hasta la creencia (pues esta jamás se elevará a la ciencia) y desde su propio terreno vayamos dando hachazos a los argumentos presentados en defensa de la redención en Dios.

Dos asuntos deben ocuparnos cuando se nos habla de la salvación en Dios:

1.- La predestinación, un plan que tiene Dios para toda persona de la humanidad y del cual no se puede escapar.

2.- El libre albedrío, es decir, la capacidad de la personas para decidir hacer el bien o el mal.

 

1.- Predestinación

Comencemos por desmenuzar la idea de la predestinación, y se enlazará inmediatamente con la idea del libre albedrío, de lo cual prometemos al lector llegar a la conclusión de que Dios no existe, y que de existir para nada es necesario a la humanidad.

Se nos dice comúnmente que Dios tiene un plan para nosotros y este plan no puede ser otra cosa que una predestinación, algo ya planeado y marcado de manera inmutable en el curso del destino, del cual no podemos escapar. Inmutable por cuanto es una característica del acto a realizar… antes de que este se realice.

Algo marcado ya en el acto que no podrá separarse del mismo por cuanto constituye parte de la misma existencia del acto. Por poner un ejemplo: la existencia de una persona no podría ser posible en tanto que no tuviera un plan destinado con anterioridad a su existencia y que daría sentido mismo a esa existencia.

Sin este plan, sin esta predestinación, su misma existencia no sería posible en tanto que no podría generarse así misma por generación espontánea, por decisión propia o por acción independiente de Dios; Dios no puede sino ser absoluto y no admite la posibilidad de algo existente al margen suyo. Ninguna voluntad ni acción puede ejercerse si no es por mediación suya.

Antes de proseguir con el tema es preciso que hablemos de esta característica de Dios: ser absoluto.

Dios no puede ser relativo. No cabe en su naturaleza serlo. Si Dios lo es todo, si él lo creo todo, cualquier cosa que se salga de su jurisdicción le contradice, le niega. La más mínima cosa realizada al margen suyo supondría la existencia de otro creador, menor, igual o superior a Dios, pero creador al fin y al cabo. Y esta dualidad de divinidades sería incomprensible con la existencia de un todopoderoso.

Porque todopoderoso significa que contiene en sí todo el poder; no a medias, no una cierta cantidad, todo el poder para el eterno.

De Dios deviene pues absolutamente todo. No tuvo antes ni después de su existencia, no tuvo inicio ni fin, no tiene algo que lo limite, porque este límite significaría una autoridad superior a la suya que no puede superar, con lo cual cesa de ser el todo del universo para ser uno más. Un ser limitado es un ser inferiorizado ante este límite, y en Dios no puede caber la inferioridad ante nada, so pena de verse reducido a súbdito, perdiendo su calidad de todopoderoso, de Dios en una palabra.

Dios no tiene competencia, ni límite, ni nada por encima de él. Absolutamente perfecto y eterno, todo está bajo su mano.

Por esto Dios debe ser absoluto, total, inconmensurable, inevitable, eterno, perfecto, único, sin parangón, incuestionable, ilimitable, insoslayable, incensurable, en una palabra, inmutable.

Evitaremos al lector abundar más en el tema. Sebastián Faure en su excelente texto “12 pruebas de la inexistencia de Dios” ha tratado el tema de la inmutabilidad de Dios, obra a la cual referimos al lector para evitarle más explicaciones, además de que creo que en los renglones pasados hemos demostrado que Dios es absoluto y nada ni nadie le puede levantar la voz o contradecirle (1). Sigamos.

Todo bondad, todo justicia, eterno e inmortal como ya hemos demostrado, no puede Dios sino ser absoluto, único; luego, este ser absoluto no podría convivir con una voluntad ajena a él que hiciera que un acto, como el nacer, se hiciera sin su conocimiento, sin su deseo y complacencia. De Dios emana, pues, todo acto realizado en la vida desde su nacimiento hasta su muerte. Dios ejecuta el plan del nacimiento de cada persona, y no contento con esto imprime en su vida una serie de actos que veremos a continuación.

La existencia de una persona contiene, por los argumentos antes dichos, la predestinación como parte esencial de su propia existencia.

Un niño nace según los designios de Dios, y desde el nacer tiene ya un plan en la vida diseñado por Dios.

Sus dolores, sus alegrías, sus tristezas y placeres, todo ha sido ya predeterminado por el ser supremo.

El mismo pecado original con el cual nace sobre su frente no es más que un síntoma de su predestinación. No tuvo participación alguna, no supo del evento, no conoció los detalles, pero el pecado yace sobre él desde que nace.

El mismo hecho del nacimiento, el despertar de una conciencia, de un pensamiento, de una infinidad de actos realizados en su vida y con variables infinitas, el mismo hecho de la existencia de esa persona ha sido (siempre según la religión) una predestinación emanada de Dios. Nace porque Dios tiene un plan para él.

Dios guía nuestros destinos, cada paso que damos está determinado por él.

Si el niño muere es porque “así lo quiso Dios”; si nace con un defecto de nacimiento “estaba en los planes de Dios”; si es de mayor un obrero empobrecido “Dios lo pone a prueba”; si es un rico magnate “Dios ha sido generoso con él”. Ninguna incógnita aparece en este terreno, todo tiene una respuesta única y unánime que dan los creyentes: “solo Dios sabe”

Hasta en su propio hijo se manifiesta la predestinación, el plan divino.

Los actos de Jesucristo sobre la tierra fueron predichos por los profetas, inspirados a su vez por Dios.

Si nace en un pesebre; si nace bajo 3 estrellas que se alinean para indicar su nacimiento; si tres reyes acuden a adorarlo; si es perseguido por Herodes al nacer; si a los doce años se entrevista con los doctores; si tiene doce discípulos; si una mujer le lava los pies; si revive muertos; si cura enfermos; si hace milagros; si es traicionado; si muere; si resucita a los tres días; si, en fin, realiza tal o cual acto o dice tal o cual palabra, cada paso de su vida está predeterminado. Es para que se cumplan las profecías.

Y como Dios hace para Jesucristo (omitiendo las muchas pruebas en contra de su existencia) hace para el resto de la humanidad.

Criaturas suyas, define cada paso que damos.

La bondad que nos otorgaría la salvación, y la maldad que nos condenaría, no son en absoluto méritos de la persona que los realiza, por cuanto esta persona solo ejecuta actos que ya estaban planeados.

Ninguna virtud ni acto condenable es atribuible a esta marioneta que es la humanidad según el plan divino, en el cual cada persona solo ejecuta lo que ya estaba planeado con anticipación.

La predestinación, el plan divino, nos revela una humanidad carente en absoluto de voluntad, que nada decide sobre su vida que ya ha sido planeada por su creador.

Si, en fin, somos condenados o salvados del infierno, también es Dios quien determina eso. ¿Quién, si no él, que tiene cada paso que damos ya destinado con anticipación?

Dios predice la condena o la salvación de la persona. Siendo absoluto, el ser humano nada puede interferir en las decisiones de Dios.

De nada valen reclamos o críticas, Dios está por encima de todo y de todos. Sus decisiones son incuestionables.

Tenemos solo dos caminos que seguir en la vida, la condena o la salvación, de los cuales no somos siquiera capaces de decidirnos por uno. Esa opción ya ha sido prevista por el creador.

Pero ¿en base a qué nos manda a la condena o a la salvación?

¿Depende de la voluntad de Dios?

¿Cómo define quien merece ser condenado y quién salvado? Pongamos por ejemplo un hombre llamado Pedro.

Pedro apena nace, no ha realizado ningún acto en su vida más que lanzar su primer grito al mundo.

Pues bien, para Pedro ya tiene Dios un destino hecho. Sus actos buenos o malos no definirán su salvación o su condena. Esta ya existe incluso anteriormente a su nacimiento. Y es así definitivamente, porque si tan solo Pedro puede determinar en un 1% su destino, estas decisiones pueden generar una infinidad de variables que podrían cambiar el curso de su vida y con ello Pedro rompe con el plan divino, despedaza la idea de una predestinación, Dios y sus planes se vienen abajo cual castillo de naipes.

No es así en la religión, por cuanto Dios determina todo. Todo poderoso, nada hay que pueda contradecirlo.

Si Dios destina a Pedro a ser condenado, pero Pedro hace uso de ese 1% donde él puede decidir, las variables de sus actos pueden ser tan infinitas que podrían hacerlo una excelente persona en la vida, con lo cual, o Dios manda a una persona buena a la condena, y entonces es injusto y por lo tanto se niega a sí mismo, pues Dios es todo justicia; o salva a Pedro, con lo cual su plan de condenarlo se contradice a sí mismo. Ese 1% de libertad para decidir de Pedro contradice con su misma existencia a Dios.

Absoluto en sus actos, inmutable en su existencia, infinito en su conocimiento, nada ni nadie hay que pueda contradecirlo como hemos ya demostrado antes.

Su designio se impone, y Pedro está destinado a ser salvado o condenado aún sin realizar ningún acto en la vida, y para más “INRI”, Dios lo mandará al mundo ya con su primer pecado… el cual ni siquiera es capaz de comprender.

No existe, pues, ninguna justificación para que Pedro sea salvado o condenado por Dios.

Nos encontramos entonces ante un niño con la tómbola de nuestros destinos, porque a unos injustamente los marca para el sufrimiento y a otros para la más lujosa de las dichas; a unos los salvará y a otros los condenará… independientemente de sus actos.

¿De qué depende entonces la salvación, cuando todo acto independiente es imposible, cuando está salvación o condena ya está determinada con anterioridad?

¿Depende del amor que la humanidad le tenga a Dios?

¡Imposible! Decimos nosotros. El amor es un sentimiento que se siente hacia la persona con quien se convive, determinado por reacciones químicas o de convivencia consuetudinaria con la persona.

En el caso de Dios no hay convivencia puesto que no se revela ante la humanidad, no es más que una idea, ni siquiera un objeto por cuanto Dios carece de materia (2) y por lo tanto ese sentimiento de amor a Dios puede ser solo un acto de la determinación, de la voluntad de una persona. Es decir, solo puede ser una decisión. Decisión, es verdad, no siempre tomada con conciencia de ello, es imposible creer en Dios apenas se le cuestiona un poco.

Esta decisión se toma basada en lo sentimental, no en lo cerebral. Y puesto que no se toma con una conciencia analítica de aquello en lo que se cree, sino en lo que la persona siente, la decisión de creer en Dios, aunque es una determinación, no es una determinación pensada y analizada. La religión no está basada en el análisis, sino en los sentimientos. Por eso es que ante las miles de pruebas en contra de la existencia de Dios y aún de Jesucristo, los creyentes no cambian de opinión, porque aman, creen en su Dios basados en lo sentimental.

Y sin embargo, para hacer caso omiso a las pruebas requieren un mínimo de decisión para cerrar los ojos. Esa decisión es una acción independiente de la persona, porque puede decidir poner a Dios en duda y analizarlo o seguir empeñada en su creencia. Se deciden comúnmente por lo segundo, eso no nos interesa demasiado. Nos interesa ver que esta toma de decisión revela la independencia de la persona del plan divino, esta decisión, buena o mala, es un acto independiente.

Solo puede ser fruto de ese 1% de determinación que tenga la humanidad independientemente de Dios.

Pero esta decisión contradice el plan divino, en el que la humanidad no puede decidir nada, porque si decide un mínimo, este mínimo negaría al Dios absoluto. La humanidad, si puede decidir, se erige en Creadora de sus actos, un nuevo Dios que contradice al Dios todopoderoso y absoluto.

No es entonces en base al amor que la humanidad le tenga a Dios que se define su condena o su salvación.

No hay, pues, nada que determine de manera lógica la condena o la salvación. Dios actúa como un demente jugando al azar con los destinos de las personas.

Ahora bien, si desde que existimos está determinada nuestra salvación o nuestra condena (más bien nuestra condena debido a la existencia del pecado original) ¿de qué sirve hacer el bien o el mal?

Si Dios nos predestina a ser salvados, nada ni nadie lo podrá evitar. Ni nuestras obras buenas o malas podrán hacerlo. En palabras más claras: la salvación no depende de nosotros, por cuanto ya estamos o salvados o condenados según el plan divino. A la humanidad no le corresponde intentar salvarse, pues de nada serviría contrariar el plan divino. Ni tampoco le sería posible contrariar al Dios absoluto y sin parangón.

Ser una buena persona o ser el peor de los criminales nada cambia: aun siendo un multihomicida o violador, si el plan de Dios es salvarte (y se puede juzgar por esto la criminalidad mental de semejante teoría) serás salvo.

Si eres una buena persona pero sobre ti pesa la condena, de nada valen tus buenos actos.

La Biblia misma está plagada de historias en las que se salva a hombres malvados que creen en Dios, y se condena a buenas personas por adorar a otros Dioses.

 

2.- El libre albedrío

“Pero los actos malos en la vida –se nos dirá- no son sino pruebas que el señor pone, dejando al hombre la capacidad de decidir si actúa bien o mal. La salvación, pues, está en uno mismo”

Y es aquí donde el argumento de la predestinación falla, pues deja al ser humano la capacidad de decidir sobre sus destinos. Otorga a la humanidad ese 1% de decisión individual que comentábamos antes. Este un 1%, aun cuando fuera tan mínimo, es una afrenta al Dios absoluto, a sus planes, a su creación.

Si Pedro tiene un cuchillo en las manos (3) y decide en lugar de matar personas prepararse de comer, entonces existe una acción en el ser humano que determina sus actos a cada momento; Pedro decide ser buena persona en lugar de usar el cuchillo para convertirse en multihomicida.

Aunque sabemos que a Pedro lo determina también la sociedad de la que forma parte y en la que creció, así como otros factores económicos, políticos y sociales, Pedro puede decidir también luchar por la transformación de su entorno y las condiciones que lo rodean. Pedro es, también, parte de esa sociedad e influye a su vez en su entorno.

Si, Pedro tiene capacidad de decidir, y es sólo él quien determina su forma de vida. Pedro posee un grado de decisión en su vida, y es ese grado de decisión lo que contradice al plan divino, lo que echa por los suelos la predestinación.

Y si está en las manos de Pedro y de toda la humanidad acceder a esa salvación ¿De qué sirve Dios?

Podemos pasar por encima de sus mandamientos, de sus anatemas, de sus órdenes, de su vigilancia.

Siendo buenos tendremos ganada la redención, y Dios pasa a ser un adorno en todo esto, del cual no depende nada, ni es nada, ni le debemos nada.

Ahora bien, seamos más estrictos, y veremos que no es un 1% lo que tiene la humanidad de voluntad para actuar conforme lo determine su pensamiento y su sociedad. Es mucho más el porcentaje.

Cada vez que una persona decide si actúa bien o mal está contradiciendo el plan divino, está negando ese Dios absoluto del que nos hablan, comete la peor de las herejías contra su Dios, lo niega, aplasta su pretendida existencia. Y lo que es mejor, esa decisión de sus actos es parte de su naturaleza, no podría vivir sin decidir aunque fuera los aspectos íntimos de su vida.

Y la humanidad ejerce diariamente cientos, miles de actos en su vida diaria donde decide conscientemente sus actos.

Estos propios actos nos prueban una cosa: Dios no es absoluto, y al no ser absoluto no existe.

La humanidad niega el plan divino constantemente. Y al negar el plan divino, la predestinación, niega también que exista otra vida después de la muerte. Su vida es un infierno o un paraíso en la tierra conforme sepa luchar (voluntad, determinación consciente) por ese mundo nuevo de hermanos libres.

No creemos en esa redención que nos promete una vida llena de gozos en otra vida después de la muerte.

Creemos en otra redención, la que realmente nos redimirá del mal, pero en esta vida, aquí, ahora.

 

La redención

Existe ciertamente una redención y una condena para el ser humano, pero no son las mismas de las que nos habla la fábula religiosa.

La condena para Pedro, a quien hemos puesto de ejemplo simbolizando a la humanidad, y la humanidad entera, no es otra sino la esclavitud mental a la que las religiones someten a las personas de mente y reflexión débil o con temores internos.

La vida de la humanidad está condenada por la existencia de los privilegiados. Curas, ministros, policías, militares, burgueses, Estado, carcelarios, empresarios y demás gente de este tipo viven a costa del sufrimiento, la explotación y la injusticia cometida diariamente sobre la humanidad. Hacen de la vida de los pobres un verdadero infierno, en el que apenas se le otorgan algunos míseros placeres para mantenerle contento con su esclavitud.

Ellos son la verdadera condena para la humanidad, quien vive miles de privaciones (aún en plena era tecnológica de la abundancia y el consumo), un trabajo rutinario y explotador a cambio de unas míseras monedas que jamás son suficientes para suplir las necesidades de las personas.

Las guerras asolan a la humanidad.

Diariamente, a cada minuto, mientras lees esto, mueren de hambre muchos niños y gente mayor en Somalia y otros países del llamado “tercer mundo”, al que piadosamente las religiones dejan morir mirando para otro lado. Ese otro lado suele ser los bolsillos de los creyentes, a quienes se les saca lo poco que tienen para mantener en la abundancia a barrigones sacerdotes, ministros y demás funcionarios de la Iglesia.

Esa condena, ese infierno en la tierra, tiene nombre de responsables: Estado, Capital, Clero, Autoridad.

La redención para la humanidad no está en los rezos, en la Iglesia, ni en engordarle los bolsillos al cura más cercano. Tampoco está en la creencia en un Dios que no es comprobable que exista, y que de existir tampoco es útil para la humanidad cuando el hambre apremia.

Esa redención sí está en ser buenas personas, en actuar el bien aquí y ahora. No porque con ello pensemos ganarnos un paraíso inexistente, sino porque esos actos pueden convertir este mundo de lamentos en un paraíso en la tierra.

Pero al ser buena persona, no olvides que esos meros actos no transformarán las condiciones en que vive tu pueblo, tu gente, la gente de más allá de las fronteras que también son tu pueblo.

Al ser buena persona no olvides los niños mutilados de las guerras, los obreros explotados diariamente en sus puestos de trabajo, las mujeres usadas como productos por el capitalismo, los miles de personas que mueren de hambre en África o en otros lugares de la tierra; y recuerda, también, que es preciso acabar de una vez por todas con los causantes de esos males.

Estado, Autoridad, Clero, Capital, no caerán por el simple hecho de ser buenas personas.

Deberás organizarte para crear las condiciones que permitan hacerles frente y acaba con ellos y las injusticias y crímenes que realizan.

 

¡Basta entonces de rezos y lamentos!

¡Basta de ser marionetas de la Iglesia!

¡La salvación de las condiciones que te hacen la vida imposible está en ti, solamente en ti y en la gente que te rodea!

 

Notas:

1.- Trabajo un borrador de un artículo titulado “de la imposibilidad de la existencia de dos almas”, aun no publicado, donde abundaré más argumentos en este sentido para demostrar la inexistencia de Dios. Pronto se terminará y publicará también.

2.- No tiene peso, ni color, ni olor, ni forma, ni altura, ni condición alguna que lo determine. Porque la misma determinación implica un límite a su ser, y siendo Dios el todo, nada puede determinarlo, nada puede limitarlo. Pero si nada lo hace comprobable, es tan simple como definir en base a la lógica que no existe o que éste no puede ser sino una interpretación semántica naturalista del universo, pero jamás una realidad, un ente.

3.- He puesto este ejemplo en mi libro “Apuntes sobre el comunismo anarquista” al hablar sobre la bondad o maldad natural del ser humano, pero aquí se entrelaza con un texto antiteológico.

 

Erick Benítez Martínez. Abril del 2016
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