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Propuesta antirreligiosa

Esclavos de Dios, los hombres deben serlo también de la iglesia y del Estado, en

tanto que este último es consagrado por la Iglesia

Mijial Bakunin. Dios y el Estado.

México es un país profundamente creyente. Es algo que todo aquel que viva en este país puede ver sin mucho esfuerzo.

Están los que creen únicamente en los límites del miedo que les han infundido desde pequeños; aquellos que van a misa por costumbre, y aún aquellos que van por una creencia sincera (no así consciente) en dichas creencias.

Hay los que piensan hacer un bien propagando la palabra contenida en la Biblia, aunque sea esta una palabra de odio.

Hay los que piensan también que por medio de la religión se puede llegar a cambiar al mundo, que puede haber relación alguna entre la religión y una lucha revolucionaria.

Entre los dos últimos ¿Quién es el más perjudicial?

A nuestro juicio lo son ambos.

El uno propaga la palabra de Dios por ignorancia; el segundo, que debería ser una persona más estudiada, la propaga por miedo, por necedad o por una ignorancia todavía superior a la del creyente.

“La Religión ha fundado al Estado” dice Bakunin en sus “Escritos de Filosofía Política”

Efectivamente, sobre la ignorancia del pueblo es que se erigieron las creencias, y estas a su vez fundaron y justifican ahora mismo los privilegios de la burguesía.

El Estado para ejercer su función de explotador precisa para dicha tarea ante todo de una completa sumisión del pueblo. La sumisión la consiguen ya sea por medio de las armas, ya por medio del hambre.

Sin embargo estas dos últimas formas tienen el riesgo de que pueden romper con la paciencia del pueblo y que los alzamientos aparezcan.

¿Qué mejor forma entonces de obtener la sumisión del pueblo que aquella impuesta desde la niñez, aquella que enseña que este es un mundo de sufrimientos, pero que será todo compensado en un paraíso futuro? ¿Qué método más efectivo que aquél que aconseja que a los golpes del poderoso no se oponga una resistencia revolucionaria, sino la resignación, la oración y poner la otra mejilla esperando no volver a ser golpeados?

Aquellos que proclaman la existencia de un ser superior proclaman de la misma forma la existencia de unos seres inferiores, léase La Humanidad.

Porque si hay un arriba existe un abajo; y si Dios lo es todo, el ser humano es la nada; si Dios es la salvación, nosotros debemos arrodillarnos para merecer el perdón.

Jesucristo, se dice, proclamó la igualdad, la fraternidad y la justicia, y esto es lo que hay que propagar, sea en forma cristiana o en forma revolucionaria.

Pero preguntamos ¿De qué clase de Igualdad, fraternidad y justicia hablaba este personaje?

Igualdad dicen. Igualdad pero dentro “de los límites y la obediencia en su Dios”. Si su Dios es el amo, los demás somos los esclavos. Dios es quien manda, y los demás deben solamente de obedecer. Por lo tanto, al proclamar la igualdad no se refiere a otra cosa que todos seamos esclavos “Por igual”. No se trata de otra cosa que todos obedezcan sumisos por igual. Ni rebeldía ni justicia, esclavos por igual. Y si su Dios nos quiere de esa forma “igualitaria”, los gobiernos proclaman a su vez la “Igualdad ante la Ley”. Habiendo fundado la Religión al Estado, el paralelismo entre el uno y la otra no podía sino ser similar en grado tan extenso.

Fraternidad dicen, cuando prometen el paraíso para después de la muerte y resignación en la vida. En otras palabras, no organizarse, y si se hace que sea en forma “fraternal” sean fascistas, autoritarios o socialistas, poco importa, debemos ser “fraternales”; en otras palabras, nada de revolución social, nada de guerra de clases… reforma y solo reforma es lo que puede salir de semejante forma de entender la organización, y de esta forma es nuevamente engatusado el pueblo para seguir siendo esclavo de una reducida minoría de explotadores. Ni guerra entre clases ni revolución social, pretenden solamente la pasividad y la impotencia ante las injusticias sociales. “Libertad y no violencia” como proclaman a veces, no significa otra cosa que la aceptación pasiva de las condiciones actuales. A este lema nosotros oponemos este otro: “Libertad, pero por medio de la revolución social”

Justicia dicen. Y mientras se proclama la justicia proponen precisamente que el ser humano se arrodille ante un ser inexistente de cuya creencia proviene precisamente el órgano más injusto: el Estado.

A todas estas cosas, compañeros, el anarquismo debe hacer la guerra.

En México, donde la Iglesia se inmiscuye descaradamente en asunto políticos para manipular las cosas; en México, donde precisamente la creencia en el Dios cristiano-católico fue impuesta a sangre y fuego; en México, más precisamente en Oaxaca y Atenco, donde la Iglesia ha estado siempre a lado de los asesinos de nuestros hermanos oaxaqueños y pobladores de Atenco; en México, donde la religión hace a los pobres sumisos ante las injusticias del capitalismo; en México, donde hemos llegado al extremo de que en ciertas escuelas se enseña el creacionismo; en México, compañeros, se hace sumamente necesario que se combata con todas las fuerzas necesarias la influencia de la religión.

Proclamamos la muerte de la idea del Dios Cristiano, Judío o cualquier otro. Afirmamos la independencia del ser humano de todo tipo de ser extra mundano creador de los destinos.

No más esclavos sumisos. No más irracionalismo. No más tibiezas cristianas. No más Iglesias. No más conventos ni más teología, ni  siquiera la llamada “Teología de la Liberación”.

La revolución que proclaman los anarquistas dará la más amplia libertad para todos de creer en aquello que prefieran, es verdad.

Pero científica y racional, la educación ha de demoler con mazo de gigante las creencias absurdas del creacionismo, de Dios y de toda idea fundada sobre la irracionalidad.

La Religión no se dirige a la mente, sino al corazón. De ahí que pese a las miles de pruebas que refutan la existencia de su Dios sigan existiendo creyentes. No creen por comprobación de las cosas, sino por sentimentalismo.

Pero la ciencia heterodoxa, implacable en sus demostraciones, ha de sustituir definitivamente el culto religioso, pues como bien dice Nietzsche: “Nada es más necesario que la verdad y, con relación a ella, todo lo demás no tiene más que un valor de segundo orden.”

Así pues, las Iglesias han de convertirse en almacenes, teatros, o escuelas… pero no más en centros de ignorancia donde se eduque a nuestros niños en lo irracional, en lo absurdo.

La moral religiosa es la moral de los cobardes, de los sumisos, de la injusticia y de la desigualdad.

Debemos luchar porque cuando el pueblo se levante los curas no puedan agacharlo. Que a la moral religiosa se oponga la ética humana, justa y racional.

Que nuestros niños no crezcan más degollados por la creencia en Dios.

La sumisión debemos dejarla a los que siempre temen ir más allá. La tibieza a aquellos que pretenden reconciliar aquello que es como el agua y el aceite.

¿Se desprende de aquí que rechazamos el humanismo?

De ninguna manera.

Pero el humanismo que entienden los creyentes es el humanismo absurdo, aquel que se derrite en ternura hacia los fascistas y la policía “Porque también son humanos”, ese humanismo cristiano y conformista que no lleva sino al absurdo, a las contradicciones y a la pérdida de la dignidad y la rebeldía. Ese sentimentalismo absurdo que tan bien conviene a los intereses de los explotadores y que tanto daño hace a la libertad.

El humanismo que deseamos nosotros es un humanismo distinto. Deseamos la fraternidad universal de todos los seres humanos sin distinción de edad, sexo o color de piel. Pero comprendemos perfectamente que para que eso suceda es indispensable que el pueblo deje de ser sumiso, callado y resignado. En otras palabras, el pueblo debe ser rebelde, revolucionario, digno y justo. Emprender la lucha a muerte contra todo tipo de gobierno, contra el capitalismo, y sobretodo, contra aquella idea nefasta que le ha cegado durante tanto tiempo: la religión. Hacer de la lucha una lucha sin ambigüedades, rebelde, revolucionaria, atea, anarquista, digna, justa, radical y fraternal entre los explotados.

Términos estos incompatibles con la religión y con la creencia en todo tipo de Dios.

Por ello es que proclamamos que paralelamente a la lucha contra el capitalismo, debemos golpear sin piedad esa nefasta creencia en la religión.

Para ser libres físicamente, debemos serlo también mentalmente y viceversa.

Pretender la libertad económica y social, pero no la libertad mental, equivale a no pretender nada.

“Pues de hecho y de derecho –dice Sebastián Fauré-, el anarquismo es antirreligioso, anticapitalista -el capitalismo es la fase históricamente contemporánea de la propiedad- y antiestatista. Afrenta el triple combate contra la autoridad. No ahorra sus golpes ni al Estado, ni a la propiedad, ni a la religión. Quiere suprimir a las tres juntas.”

Humanismo, sí, pero humanismo digno, justo y anarquista. No humanismo sumiso y cobarde.

Hace unas semanas un personaje de muy dudosa calidad moral (vinculado a la USEM –Unión Social de Empresarios-, a la Federación Católica de Guadalajara y de la Arquidiócesis de dicha ciudad, a la Universidad Panamericana, partidaria del Opus Dei y demás perlas) visitó tierras mexicanas y tuvo la genial ocurrencia de dar una charla denominada “Anarquismo sin confusión”

A personajes como este y a aquellos que le invitaron a dar esas charlas pese a saber su oscuro historial, que mientras hablan de anarquismo también son parte de órganos católicos, respondemos nosotros que el único Anarquismo sin confusión es el anarquismo sin religión.

Por todo lo antes dicho pedimos a los asistentes al Congreso (1) que se acepte como un resolutivo final del congreso una manifestación anticlerical de los asistentes a este Primer Congreso Anarquista en México, poniendo de manifiesto aquel viejo lema anarquista de que “La única Iglesia que ilumina es la que arde”

Salud y antiteismo.

Erick Benítez Martínez

1.- Se trata del “Primer congreso anarquista de México” convocado por la FLL, posteriormente FAM, en México los días 29, 30 de abril y 1º de mayo del 2011.

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