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Dios no existe, dilo de una vez

Causas políticas, sociales, culturales, psicológicas. Las explicaciones tienen siempre alguna limitación. Podríamos decir, por último, que se trata de un error: ¿matar en nombre de una entidad que no existe? Eso, y no lo entiendo, al hilo de debates desde hace varios días. El mundo sería otro si, un día, un responsable político dijera al Consejo de Seguridad de la ONU: “Deteneos: vuestros combates por quimeras territoriales, étnicas o religiosas son insignificantes: no hay Dios”.

Pienso en algunos humanos de hace cientos de miles de años, más o menos, preguntándose si existen cosas increíbles. Empiezan a decir que el muerto está vivo, que la piedra es una persona. Se asombran de sí mismos: ¿existe “eso”? ¿Es verdad “eso”? Dudan, saben que acaban de “inventar” cosas raras. A partir de este momento, los hombres no creyeron en cosas que ellos mismos hubieran considerado increíbles, imposibles. Conservemos la duda, la vacilación de esos hombres sobre lo que acaban de inventar. Van a empezar a creerlo. ¿Obtienen de ello cierto confort psicológico? ¿Y si fuera verdad? Se dicen. “No busquemos más”. Y empiezan entonces las consecuencias de aceptar lo no comprobable. Porque aceptar esas creencias es aceptar cierto “misterio”, ¡es, sobre todo, aceptar el no tratar de comprender! El hombre homo sapiens empieza a convertirse en lo que observamos a cada instante: no buscar más, no saber más, no mirar de frente, no estar lúcido, desentenderse de los diversos desafíos de su tiempo. Eso es lo que hacemos constantemente. Es como si ese momento de duda, de interpelación, se hubiera transformado en relajación, en pasividad, sobre todo en lo relativo a cualquiera de las actividades practicadas. El creyente se convierte en soldado. Ha olvidado que su dios ha sido inventado, como el Estado y tantas otras cosas. Entonces, ¿nuestras explicaciones no dicen la verdad?

¿Qué somos? Una mezcla de actividad y de pasividad, de crítica sin duda pero también de lucidez embotada. Desde luego, la relajación es fecunda, permite el arte y la ciencia. Y también perder el tiempo en un centro comercial el sábado por la tarde y aceptar la publicidad de las cadenas televisivas… Y también matar en nombre de órdenes recibidas. El creyente convertido en soldado: esa es la marca que los homo sapiens van a dejar en ellos. El conocimiento de los comienzos, la arbitrariedad circunstancial de todos los comienzos, es necesario. Eso implica la posibilidad de, al menos, recordar que los dioses han sido inventados por los humanos, y la necesidad de que no se puede afirmar perentoriamente que los dioses existían antes de su invención porque un dios ordenara sus actos.
En el paquete de tabaco se indica que mata. Los usuarios moderados lo leen también. ¿Habría que indicar, en la cabecera de los libros religiosos y en los edificios religiosos, que dios, inexistente, puede matar?

Albert Piette
Publicado en el periódico Tierra y libertad núm.320 (marzo 2015).
Tags: ateísmodiossociedadreflexión
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