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El carácter festivo de la democracia

Bueno, es que tenía un carácter festivo. Es que llevaba la falda muy corta. Es que se lo ha buscado. Es que iba provocando. Es que es mujer.

Parece que en democracia todo vale. Si eres normal claro. Se pueden aceptar informes que cuestionen éticamente a una víctima de un delito, se pueden publicar comentarios que inciten a la violación, que cuestionen incluso si ese término debería existir. Se puede decir lo que sea, hombre, que estamos en un país libre. Además, igual le gusto.

Después de la mediática violación de los Sanfermines, la justicia española vuelve a poner en evidencia que para juzgar, hay que partir de una definición de norma-lidad. El posible cuestionamiento de si fue sexo consentido o violación me parece una metáfora de una gravedad extrema acerca del sistema de significado a través del cual pensamos, y que en este caso, a través del sentido común, nos dice que una víctima de un delito tiene que comportarse como tal, y si no, ni es víctima ni es nada. El mero hecho de que se acepte un informe de seguimiento del carácter que tuvo la mujer, que, no nos engañemos, fue objeto de una violación múltiple y su posterior difusión en las redes sociales por el único hecho de ser mujer, (si no, difícilmente podríamos estar manteniendo este debate) lo confirma. También confirma la politización de dicha justicia, que no es neutra, ni mucho menos, si no que parte de una forma de mirar concreta, ajustándose a unos principios normativos que actúan a través de una legalidad incuestionable que define el orden natural de las cosas. Y esto, no nos engañemos tampoco, no es un problema relativo a individuos concretos, sino que es un problema social. Es un problema estructural que se recrea en todas y cada una de las instituciones que parecen escupir a la cara de las mujeres, que por el hecho de serlo, deberían estar dando constantemente las gracias a Dios (varón de raza blanca y heterosexual) por vivir en un país civilizado. Deberían dar las gracias por la cosificación que se hace de ellas a través de la publicidad, por poder jugar de pequeñas a las cocinitas, porque se las haya dejado acceder al sistema laboral (en puestos, por supuesto, que confirmen la definición de lo que significa ser mujer), por poder estudiar enfermería o peluquería, deberían dar las gracias por poder votar, conducir, salir a la calle solas, beber alcohol, y en definitiva, por poder tener el carácter festivo que se está poniendo en tela de juicio en este caso. Y si las matan, las violan, las maltratan, las cuestionan o las juzgan, amigo, no haber venido, que es que lo queremos todo.

Así pues, dentro de esta norma-lidad, el feminismo se reduce a un grupo de mujeres trastornada con pelos en las piernas que parecen estar cuestionando que quizás, si en pleno siglo XXI y en un Estado de derecho se permite medir el trauma de una víctima por violación a través de sus posts en las redes sociales, quizás no es tan civilizado como se pretendía. Si se pone en evidencia la violencia simbólica (y física) de la que las mujeres son objeto a través de un proceso de socialización asquerosamente machista que naturaliza su rol de género como su fuera biológico y genético el maquillarse o pintarse las uñas, el cocinar, el hacer las camas, el limpiar, el cuidar de los niños o el estar manifestando externamente su dolor si la violan para que lo sepa todo el mundo; entonces están incitando al odio, son unas exageradas o las han adoctrinado en algún colectivo feminazi. Traumatizados deberíamos estar todos ante la sola idea de que lo que se juzgue en un juicio sea el carácter de una víctima, y no el acto del verdugo. Eso sí, democrática y legalmente, como debe ser.

 Marina Sáiz Agúndez

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