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Las razones económicas de la renta básica universal

Sucede en el siglo XXI, aunque también en épocas precedentes, que la humanidad puede permitirse una amplia exención del trabajo fatigoso, peligroso, insalubre y rutinario pero que las instituciones financieras y de negocios impiden ponerla en práctica. Es indiscutible, y de hecho nadie lo discute, que las condiciones técnicas y los progresos científicos y tecnológicos alcanzados y aplicados a las actividades productivas permitirían minimizar gran parte del trabajo alienante, tanto en el plano de la energía física e intelectual cedida a otros para fines ajenos a quien la ejerce, como en el de sustracción de tiempo de vida y actividad creativa o agradable y en cualquier caso correspondiente a finalidades, exigencias y propensiones de quien realiza el trabajo. Quizá por ello, quienes propugnan la introducción y aplicación a gran escala de instrumentos como la renta básica universal son vistos y presentados como soñadores utópicos que están fuera de la realidad.

Se define la renta básica universal como una asignación de fondos cuyo único fundamento es la existencia con vida del sujeto perceptor. No es una retribución por la prestación de una actividad laboral ni una indemnización por la pérdida de un trabajo o por la imposibilidad de desarrollarlo por causas de orden individual o general, ni tiene naturaleza asistencial ni de previsión, ni se puede incluir entre las instituciones propias de la ley y de la lógica del cambio y del capitalismo. Tal forma de renta, en fin, supera las reglas del cambio y niega el fundamento mismo del capitalismo moderno, que ve en el trabajo la justificación moral del derecho de propiedad.

Es comprensible que una entrada concebida no como compensación por haber hecho o dado alguna cosa o por estar imposibilitado para hacerla o darla por causa de fuerza mayor, sino como derecho fundamentado sobre el mero hecho de existir como ser humano, pueda parecer a los guardianes de las esencias del capitalismo, más que radical y revolucionaria, destructor por antonomasia del orden establecido.

De hecho, al negar el principio del cambio, fundamento principal del capitalismo, pero también cualquier obligación o motivación de orden moral en la base del derecho a percibir una renta, rechaza los principios sobre los que se rigen las sociedades del capitalismo moderno surgidas de las revoluciones industriales y políticas que han aupado al poder a las clases negociantes y financieras.

Cuantos quieren parecer menos indispuestos respecto a la institución de la renta básica universal nos dicen que su práctica no es realizable todavía debido al ingente empleo de recursos que su adopción generalizada implicaría, mientras que su aplicación a escala limitada, circunscrita a alguna categoría con exclusión de las demás, implicaría una violación patente de cualquier principio elemental de igualdad.

Si bien parece fundada la objeción puesta a la introducción de privilegios reservados a algunas categorías sociales, que debe absolutamente ser evitada, no puede decirse lo mismo del argumento relativo al gasto que implicaría la adopción de la innovación institucional en cuestión.

No se puede negar que la renta básica universal, aplicada de forma generalizada y necesariamente también globalizada, es cosa del todo extraña al capitalismo moderno; pero esto, por suerte o por desgracia, según los puntos de vista, no significa que sea una amenaza para el capitalismo moderno.

En muchas ocasiones, la Historia ha demostrado, como en la crisis de 2007-2008, que ha sido necesario salvar el capitalismo de los capitalistas, pasando por encima de los principios y fundamentos morales puestos en discusión por la renta básica universal.

Por otra parte, no solo los salvamentos y las políticas gubernamentales y monetarias en tiempos de crisis ignoran la regla de la equivalencia del cambio y la del trabajo como fundamento del derecho de propiedad, sino también la habitual conducción de los negocios en tiempos considerados normales evidencia la incompatibilidad del fin de la magnificación del beneficio y de los réditos con el respeto a los principios considerados sagrados de la competencia, de la libertad de iniciativa y de la soberanía del mercado.

Todavía es más reseñable cómo la consecución del fin de la magnificación del beneficio y de los réditos implica despilfarro y uso antieconómico e irracional de los recursos controlados por las clases negociantes y financieras.

Todo lo despilfarrado y destruido para aumentar los beneficios y los réditos no sería con toda certeza inferior a la acumulación de los recursos si se emplearan para la creación de la renta nacional.

La diferencia estribaría en que lo despilfarrado para replicar dañina e inútilmente las capacidades productivas destinadas a quedar inutilizadas y sin demanda para los bienes producibles queda perdido para siempre, con el corolario de desgaste de los suelos y de destrucción y envenenamiento medioambiental, mientras que las rentas creadas en la peor de las hipótesis se traducirían en incremento de la demanda de bienes y servicios.

La introducción de la renta básica universal implicaría, no un aumento sino una minimización del despilfarro propio y natural del capitalismo, es decir, un cambio de destino sobre todo en sentido de prodigalidad y del consumo destructivo, contaminante e irreversible.

El cambio institucional inscrito en la inserción de un elemento no capitalista o incluso anticapitalista en las sociedades capitalistas modernas no constituiría por sí una fuente real de problemas e inquietudes.

El capitalismo siempre ha convivido con instituciones y organismos sociales extraños y contrarios y siempre ha encontrado la manera de servirse de ellos o de fagocitarlos, incluso de modificarlos para su propio beneficio.

Es más que probable que incluso la introducción de la renta básica universal acabe por revelarse como una innovación para nada revolucionaria, sino como el enésimo proyecto útil para perpetuar y aumentar réditos y beneficios.

Hay que subrayar que tal innovación institucional permitiría la liberación de facultades creativas e imaginativas no expresadas por falta de recurso y del tiempo indispensable para dedicar al ocio, a la reflexión, a la contemplación y a la elucubración, en apariencia sin importancia, de donde se deriva gran parte de las conquistas científicas y tecnológicas de la humanidad.

No es posible dudar de que de tales progresos las clases negociantes y financieras sabrán extraer oportunidades de expansión de sus beneficios y réditos.

Francesco Mancini

Publicado en el Periódico Anarquista Tierra y Libertad, Junio de 2016

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